martes, 23 de diciembre de 2008

Cuando todo depende de la suerte


Ayer en España se celebró el gran sorteo de la lotería de Navidad, como cada año por estas fechas. En los noticieros dedicaron más de veinte minutos a presentarnos el previsible jolgorio de los ganadores, con el consabido champán, los cantos y los saltos y los abrazos. Todo como siempre. El espectador de esta felicidad a veces mira la pantalla insensible ante el circo que se muestra o manifiesta algún tipo de empatía, acaso un asomo de sonrisa, ante la contemplación de una fiesta de tal calibre. Pero yo, como me decía Jake, estoy empeñado en ver el lado tenebroso de las cosas, que suele ser, por cierto, también el más cómico. Por eso, yo califico de tragicómica la celebración de los ganadores (y el llanto de los perdedores paralizados por su dolor).

Nos recuerdan año tras año que la suerte es de todos, que a cualquiera le puede tocar el premio. Aun más, en todas las cadenas de televisión se oía el también consabido comentario que versa así: “Han sido agraciadas personas humildes que lo necesitaban, residentes en un barrio obrero”. En efecto, es para celebrar cuando la fortuna le toca a uno, en especial a quienes más lo necesitan. Aunque hay personas que trabajan de sol a sol, sin vislumbrar una salida, sin premio alguno... pero eso también, puede pensarse, es cuestión de suerte. Y no digamos quienes por la crisis (y tengo casos conocidos) se han quedado en el paro. Aquí nuevamente es la diosa fortuna la que hace de las suyas, pues toca como quiere y a quien le place. Todo tiene el encanto de la magia. De hecho, seguro que alguno de los agraciados había puesto velas a algún santo que medió para que el Todopoderoso mirara su desgracia particular, producto también de la suerte, pero esta vez de la mala suerte. Porque ya lo decían los antiguos, la fortuna es libre, imprevisible y lo único que podemos hacer es someternos a sus designios ciegos. Así que mañana, los españolitos volveremos a conformarnos con la cara lúgubre de una diosa fortuna menos generosa, que nos acompañará todo el año. Aunque siempre podremos poner velas a los santos y realizar sortilegios el fin de año para llamar su atención. Diremos, mientras nos dedicamos a los hechizos, que todo es puro azar: la riqueza y la pobreza, que siempre han existido, y que lo sabio será conformarse con ello. Después de todo, en España tenemos tanta buena suerte que somos parte de la eufórica Europa que acaba de prohibir que la jornada laboral ascienda a las inicialmente propuestas 65 horas. Qué bien, qué suerte tenemos.

En el espectáculo televisivo de ayer había una incongruencia difícil de advertir y, por qué no decirlo, una inmoralidad.

miércoles, 17 de diciembre de 2008

La mano que mece la cuna


Cuando se leen las críticas a la democracia representativa por parte de Kropotkin, tal como las explica en Palabras de un rebelde, asombra de nuevo la frescura y actualidad de todo lo que dijo en el contexto de entresiglos. Todo se resume en la idea de que el gobierno representativo, a pesar del supuesto avance que significa frente a las dictaduras, es la mejor manera de mantener dinámicas de poder (autoritarias) en la sociedad, a favor de unos pocos contra la mayoría, porque añade el beneficio de ser un sistema político que se vende como “gobierno emanado del pueblo”, es decir, “legítimo”, éticamente irreprochable. Enumera el rebelde ruso las consabidas lacras de la corrupción, el espectáculo circense de las elecciones, las falsas promesas, la disciplina de voto en los diputados, la enorme capacidad de decidir sobre múltiples aspectos que se concentra en pocas manos (gobierno y diputados), la desactivación de la contestación social, los pactos a espaldas de los ciudadanos, etc. En suma, todo lo que sucede cuando el poder es delegado en personas que lo pueden mantener sin ser requeridos para rendir cuentas o controlados eficazmente por la mayoría (en este sentido, el voto cada cuatro años carece de eficacia). En el fondo, si aceptamos los argumentos de Kropotkin, el poder a secas, con sus parcialidades y corrupciones, continúa “haciendo de las suyas”, pero con la diferencia de una mayor legitimidad unánimemente aceptada, frente al lógico desprestigio de los absolutismos y las dictaduras.

No obstante, se puede alegar, como dijo Churchill, que las democracias representativas son “el peor de todos los sistemas políticos con la excepción de todos los demás”. Pero el caso es que no garantizan la justicia social o el poder desde la base, y ahora apelo a la mera observación de lo que hoy día ocurre en los llamados “estados de derecho”. Hay mecanismos, como señala a menudo Noam Chomsky, de férreo control de los ciudadanos que funcionan con una eficacia mayor que los burdos, aunque terroríficos, modos propios de las dictaduras. Es como si viviéramos en dictaduras sin dictador, o dictaduras anónimas, que causan la mayor indefensión en los desconcertados ciudadanos. Veamos, someramente, algunos elementos autoritarios de las democracias representativas hoy día:

1. Se cometen injusticias de las que nadie responde, porque en realidad, no hay alguien, concreto, singular, que las cometa. Esto se vive cada vez que hay que tratar con máquinas (contestadores automáticos, programas informáticos) que determinan las respuestas y los cauces de acción. En una ocasión, cierta compañía telefónica me hizo una trastada, a lo que invariablemente, respondían los operarios que era culpa del “programa”. Del mismo modo, un ciudadano puede ser requerido a pagar injustamente, con la amenaza de figurar en listas de morosos o ser denunciado (con todo el peso de la ley). Y nadie se hace eco de sus quejas.

2. La ley, que supuestamente nos protege, no resulta eficaz para evitar abusos, pero sin embargo, es aceptada irónicamente como elemento de defensa para los ciudadanos. Además de la abundancia de ladrones de guante blanco que llevan décadas actuando con total impunidad, tenemos que, si alguien pretende reclamar contra los abusos laborales o de consumo cometidos por una empresa, se interna en un largo y complejo laberinto burocrático que hace desistir a cualquiera. De hecho, uno constata que la ley protege, de múltiples maneras laberínticas, a los más fuertes. Pero la legitimidad de la misma ley que favorece abusos no queda en entredicho, pues, kafkianamente, es aceptada como moral positiva y fuente de definición del bien y del mal. Es el imperio del derecho que se confunde con la ética. A la hora de estudiar una sociedad, se estudian sus leyes, pero se elude la reflexión moral, por ejemplo. El efecto final es que uno “es ejecutado” sintiéndose, encima, culpable y merecedor de la ejecución. Es un triste sarcasmo que adopta diversas formas y que se extiende al mundo psicológico y las vivencias padecidas en la empresa, la universidad, el comercio, etc. En el caso de la universidad, que me pilla bien cercano, se trata de la emergencia reciente, en España, de una maquinaria burocrática descomunal que, con la excusa de la mejora de la docencia y la investigación, se ha erigido en una suerte de poder anónimo que “mata” haciéndote sentir, encima, culpable. Se genera un enorme stress y miedo a no llegar a los requisitos por parte de profesores, titulaciones, universidades… en las muchísimas evaluaciones que impiden que el profesor (gremio que se ha atomizado hasta la exageración) se centre en investigar y enseñar, llenándolo de ansiedad y sin tiempo para analizar críticamente todo este entramado alienante. En general, y hablo ahora de la sociedad en su conjunto, hay un ataque cada vez mayor a la dignidad personal, de manera que el poder trata paternalmente a los ciudadanos, alardeando de eficacia y de buenas intenciones. Quizás sea un buen ejemplo de esto las reiterativas campañas de la dirección general de tráfico. El poder se nos vende como benefactor y protector de nuestros intereses, pero a costa de la libertad (caso de las leyes norteamericanas para leer la correspondencia sin autorización judicial) y de la dignidad, porque los ciudadanos son infantilizados y engañados. El poderoso gusta de fotografiarse con un niño en brazos y sabe que una declaración en la tele con gesto serio y traje formal hace milagros a la hora de crear la realidad. Y si no, se repite la misma falsa verdad hasta que el ciudadano se duerme arrullado por el eco de la cansina canción.

3. Aunque suene a tópico: la gran eficacia de la publicidad para crear gustos y opiniones. Se dice no obstante, con cinismo, que el mercado obedece neutralmente a las demandas, y que consiste en la oferta de bienes apreciados por los ciudadanos. Se oculta que esta demanda es provocada con poderosos medios que juegan con el miedo o la sexualidad, entre otras cosas. Además existe una poderosa censura anónima, estudiada por Bourdieu, que tiende a desechar lo que no se acopla a los gustos del mercado, gustos que a su vez son conformados por la propia información censurada, en una especie de círculo. Un periódico que explique la verdad de las revueltas en Grecia que están ocurriendo actualmente, en un análisis neutral y objetivo, no vende, pero porque hay una audiencia que no quiere ese análisis, configurada para no demandarlo ni creérselo. De este modo, vende más que se diga que son grupos afines al terrorismo de Al Qaeda, en una evidente exageración fuera de lugar y tendenciosa. Y esto es así porque es lo que “gusta” y “atrae” la atención de la gente asustada por las imágenes de caos en las ciudades. Así también, puede meterse en el ominoso saco del terrorismo diversos grupos anarquistas no violentos, feministas, de liberación del Tercer Mundo, de obreros y parados, de estudiantes ninguneados, etc.

4. El imperio de un mercado, con su ley de la oferta y la demanda, que se erige en la norma suprema, pero olvidando que no se dan las mismas condiciones de partida para todos y que la satisfacción de la demanda se hace a costa de la carencia de lo mínimo sufrida por dos tercios de la humanidad. La oferta, que requiere una forma injusta de producción, no es inocente. Nace con las manos ensangrentadas.

En Estados Unidos, siendo el país más rico de la Tierra, 40 millones de ciudadanos carecen de cobertura sanitaria. Cuando el mercado regula desde el egoísmo, en lugar de generar riqueza y felicidad para todos, produce concentración y acaparación de la riqueza por unos pocos, junto con enormes bolsas de pobreza. En el caso de la sanidad en EEUU, el dato que acabo de proporcionar (extraído de Le Monde Diplomatique, edición de diciembre de 2008, pag. 1) es suficientemente elocuente. El mercado de la ley de la oferta y la demanda no da abasto para todos. No todos cabemos en él.

5. Aunque parezca oportunista, y ya lo dijeron Kropotkin o Marx: las crisis cíclicas producidas por la especulación y la economía fantasmagórica son propias del capitalismo. De esto, en la actualidad, sí se habla.

6. El fin del pensamiento utópico, de las visiones críticas y alternativas, de la reflexión filosófica, que son tachadas de no científicas o acordes con los tiempos. O, como dijimos en entradas anteriores, mercantilizadas, convertidas en modas u objetos de consumo. De esta tendencia fatal del capitalismo de consumo se viene escribiendo décadas. Y respecto a la utopía que se nos vende (en España es la utopía comercializada del antifranquismo), incluso cuando se habla de “memoria histórica”, la memoria es selectiva y olvida ciertos momentos como el verano libertario en la Barcelona de 1936. Porque lo que vence, en definitiva, es el sentido común y el pragmatismo. Se llama moderación y prudencia a lo que no es sino aceptación sumisa del statu quo, es decir, una simple adaptación irreflexiva a lo que hay.

7. Diversos mecanismos burocráticos por los que se ha impuesto un control del conocimiento y la producción científica desde la sacralización del mercado y la estadística. La estadística es un excelente y útil instrumento, pero no un rasero para medir incontestablemente la realidad. Se olvida el carácter provisional del mismo, de las hipótesis científicas, el necesario tanteo lento y gradual que supone el verdadero conocimiento. Se fuerza constantemente a la realidad. El resultado es una ciencia inútil o con una utilidad ya determinada de antemano, es decir, una ciencia sesgada y canalizada a favor de ciertos fines invisibles que no se discuten. Así, la crítica ejercida tradicionalmente por los intelectuales es sabiamente neutralizada hoy día. Lo valioso es las veces que lo citan a uno, por ejemplo, o la velocidad de producción, todo lo cual fomenta una producción raramente útil. Pero lo inútil, una vez más, es presentado como “útil”. Porque, finalmente, el gran mérito del poder es trastocar el sentido de las cosas, dominar el lenguaje y hacer ver como blanco lo que es negro (recuerden la novela 1984 de Orwell).

8. E insisto en que lo peor, lo espantoso, es que no hay un culpable de toda esta pesadilla. Todo lo que he enumerado son dinámicas anónimas, producto de una compleja mezcla de factores y elementos que se escudan mutuamente, que funcionan maquinalmente, que pactan sin mediar palabra, y a los cuales difícilmente se puede plantar cara. Y esos mismos factores nos han hecho olvidar la crítica de las ideologías que podía neutralizarlos o, por lo menos, ponerlos en evidencia. Si esta crítica persiste, lo hace de manera aislada y sin apenas hallar eco en la sociedad.

Después de todo esto, ¿podemos seguir llamando democracia a nuestras democracias?

viernes, 5 de diciembre de 2008

Perversiones neoliberales


El neoliberalismo acaba impregnando nuestras vidas, en la medida en que se sustenta en unos pre-juicios en torno al ser humano y la sociedad que acabamos asumiendo. Las ideologías se esfuerzan en desarrollar discursos que fundamentan desde la teoría, con un tono supuestamente neutral, las valoraciones que rigen nuestras vidas. Que esto es así ha sido ampliamente estudiado y es bien conocido. Todo lo cual nos conduce a extremar nuestros cuidados cuando nos pronunciamos con juicios generales acerca de nuestra naturaleza o tendencias. Por eso es posible y necesario sospechar de cuantas definiciones implícitas de lo humano nos encontramos ya dadas, de esas que todos asumimos sin chistar como cosa evidente. Podría ocurrir que estén operando lo que Ellacuría llamaba “ideologizaciones”, es decir, un pensamiento y una teoría al servicio de una praxis económica concreta. Desde esta perspectiva, lógicamente, el capitalismo en su versión actual, el llamado “neoliberalismo”, ha generado una cosmovisión de la que se nutre y que nos impregna hasta tocar los elementos más profundos de nuestras interioridades.

Me vienen a la memoria dos elementos que a mi juicio son muy perniciosos: el hacer las cosas por dinero (y su reflejo en el afán de posesión o de propiedad) y el desprecio por lo común. Señalo estos dos elementos porque sus devastadores efectos son fácilmente constatables en cualquier contexto en que nos movamos, dentro de la sociedad actual. Lo terrible del caso es que ambos significan una peligrosa corrupción de las formas de relación y felicidad que verdaderamente necesitamos para vivir. Que el dinero y que la propiedad privada son buenos como motores para la conducta humana y la producción es un pensamiento que genera graves infelicidades y perturbaciones sociales. Por ejemplo, respecto al dinero, creo que es evidente que hacer de éste la motivación para tareas como la enseñanza o la medicina, entre otras, puede corromper dichas tareas. En el caso de la enseñanza, la experiencia me ha demostrado que los casos de grandes maestros que, ya jubilados, han dedicado su vida con eficacia a la educación jamás han actuado por dinero. Su motivación ha sido otra, la que sea, pero no ganar dinero. Cuando ganar dinero se convierte en el motor para la docencia, el resultado es un ejercicio flojo de la misma, sin fuerza ni vida. Sencillamente, el dinero no es suficiente potente como gasolina para el magisterio. Por dinero uno no revisa una y otra vez lo que hace en las aulas y se empeña contra viento y marea en una tarea cuyo optimismo contrasta con el catastrófico mundo en el que se ejerce la docencia. Tampoco el dinero hace que exista fuerza vital y pasión en ella. Ni es suficiente para interesarse verdaderamente en los niños y alumnos, para tomárselos en serio y escucharlos. Ha de haber una motivación en la propia tarea docente en sí misma, un afán de volcarse en ella que no proporciona la ganancia económica.

Con mayor evidencia es en el ejercicio de la medicina, tarea altruista y heroica por excelencia, donde se manifiesta aún más la incapacidad del dinero para llevarla a cabo. Cuando el dinero se mezcla, en el caso de la industria farmacéutica por ejemplo, todos sabemos lo que ocurre. Que se lo pregunten a los 70 millones de personas que estuvieron a punto de verse sin tratamiento contra el cáncer o el SIDA porque Novartis poseía y reclamaba sólo para sí la patente.

Que el dinero destroza y desorganiza numerosos ámbitos de la economía y la producción es evidente. Por dinero va la gente a la calle y se queda en el paro, por dinero todo en la informática o la tecnología de las comunicaciones aumenta su caos, por dinero aparece la corrupción en todas las esferas de la sociedad, por dinero se habla de aumentar la jornada laboral a 65 horas semanales, por dinero nadie puede acceder a una vivienda en España, por dinero existe el Tercer Mundo, por dinero se explota a la gente en el trabajo... Por dinero, en suma, no se crea la riqueza. Aunque se nos haga creer lo contrario.

Y respecto al desprecio por lo común, baste un paseo por las comunidades de vecinos o barriadas de muchas ciudades. En primer lugar el efecto de la privatización salvaje son ciudades como muchas en el denominado Tercer Mundo que están sucias, inseguras, afeadas y estresantes. Y en el denominado Primer Mundo, al que llega poco a poco esta salvaje oleada neoliberal, tenemos que ya pudre la convivencia entre las personas, cada vez más encerradas en sus burbujas de bienestar privado. No se entiende el valor de lo compartido, y la gente invierte de buena gana en sus pisos pero no en las zonas comunes de escaleras y garages, por ejemplo. Esto genera situaciones clamorosas en la que lo común apenas vale para nadie.

En síntesis, estos son dos buenos ejemplos de cómo falla el neoliberalismo. Sus principios y valores más básicos hacen agua porque destrozan vidas y sociedades. Pero lo aterrador es ver cómo todos asumimos sus mentiras con sumisión y pasividad, permitiéndonos odiar con suficiencia a quien nos habla de utopías. Porque no queremos ni oír siquiera esa palabra.

lunes, 1 de diciembre de 2008

Mejora y progreso


De las verdades más aclamadas en los últimos tiempos, dentro y fuera de la universidad, figura que el progreso intelectual se lograría mediante la canalización de ciertos impulsos egoístas arraigados en nuestra naturaleza. Se trataría exactamente del mito capitalista del sujeto que se realiza compitiendo por unos recursos o premios que no están a disposición de todo el grupo humano de que se trate. Así pues, como dice el personaje de Michael Douglas en Wall Street, si mal no recuerdo, es la ambición la que dinamizaría a las personas, sacándolas de su pereza y poniéndolas a luchar entre sí. Se supone que de esta lucha nacería bienestar para todos. Por tanto, el motor que nos movería para mejorar y aumentar el nivel de conocimiento científico en la sociedad (por centrarnos en el mundo de la academia) habría de ser un combinado de ambición y competitividad, por la que cada cual buscaría hacerse con ciertos premios ofrecidos a los más luchadores, los más tenaces y los más astutos.
Bueno, esto es un modelo de funcionamiento del sujeto y de la sociedad que parece avalar el más generalizado y razonable sentido común. Pero de un tiempo para acá, en medio del contexto competitivo que se ha impuesto en la sociedad y la universidad, a veces, he podido detenerme y preguntarme si este camino es el verdaderamente correcto. En principio, y están las Olimpiadas para demostrarlo, la excelencia y la autosuperación la logramos en esa especie de combate legalmente regulado que es ya cualquier institución educativa. Uno daría las clases lo mejor posible, por ejemplo, para destacar, ganar más dinero, más estabilidad laboral, obtener un mayor rango o recibir el reconocimiento institucional. Pero cuando esto se piensa despacio, uno encuentra que hay algo que no cuadra.
En primer lugar: ¿verdaderamente es sólo el egoísmo lo que nos mueve? Que sólo nos mueve el mero interés individual, la búsqueda de un alimento espiritual o material para afirmar nuestro ego, contra los demás, es cuestionable y ha sido cuestionado. Por decir fechas y lugares, baste el ejemplo del que hablo en la anterior entrada entre otros que tengo en mente. Para eso sirve la memoria histórica, por cierto. En efecto, se puede cuestionar esa visión por la que la humanidad consiste en un conglomerado de átomos o burbujas que buscando su interés exclusivamente individual prosperan. Esto puede no ser cierto. Sin tener que llegar a los pocos casos de heroísmo y auténtica solidaridad que puede dar nuestra especie, hemos de recordar que hay autores que han destacado el imprescindible papel de la alteridad y el diálogo (existencial), de los demás, para la propia realización. Nos hacemos con los demás, no contra los demás. Y este otro o tú al que debemos el ser no es un mero ente o cosa, sino una persona, no un enemigo o un rival. Pero antes de entrar en moralizaciones, recordemos que también, la pedagogía y la didáctica demuestran las bondades del aprendizaje cooperativo y la colaboración entre las personas para superar obstáculos y crecer en un sentido amplio. Hay decenas de investigaciones y casi nadie lo discute a nivel teórico… aunque como es característico de nuestra escisión vital entre lo teórico y lo práctico, a efectos prácticos no demostramos creer los beneficios de la colaboración en la sociedad y la salud humana que demuestra la ciencia.
Porque podemos dar la vuelta a las cosas. Me explico, antes referí el ejemplo de las Olimpiadas, y a él de nuevo me remito. Pero en esta ocasión deseo traer a colación las imágenes, que dieron la vuelta al mundo, de unos competidores en los juegos paralímpicos de hace cuatro años que, ante la angustia del deportista que había caído al suelo en una carrera, se detuvieron. Se olvidaron de su interés en ganar la carrera. Y en un valiente acto de progreso y creatividad se apearon del tren de la misma lógica que los había condenado y marcado como atletas paralímpicos, o sea, marginados en el mundo del deporte, incapacitados para lograr las mejores marcas absolutas. Se salieron de esta lógica y ayudaron al que se había caído. Acabaron entrando todos juntos en la meta y agarrados de las manos. En fin, una lección de estilo de vida y sociedad alternativo, una creativa propuesta cultural.
En medio de la vorágine neoliberal de divisiones y subdivisiones y escalas y rangos y rankings que supuestamente garantizan la excelencia humana, a veces también me detengo y recuerdo, asombrado, la lección de aquellos atletas. Su propuesta de una humanidad menos laberíntica, fría y enfermiza que la nuestra, anhelada desde la sabia marginalidad de los “incapacitados”. Una humanidad acaso más eficaz que la nuestra y más práctica. Ello me lleva a sospechar que puede haber gato encerrado en esta firme convicción que a todos nos cala los huesos, la de que funcionamos bien cuando somos ambiciosos y competidores, como átomos o burbujas que defienden su espacio vital a costa del espacio vital de los demás. Porque somos lobos, nos dicen. Una sociedad de lobos convencidos de que somos y siempre seremos lobos… mientras el silencio de los corderos clama por lo que nos hemos dejado en el camino.

miércoles, 12 de noviembre de 2008

Sí hay futuro


Después de un tiempo dedicado en gran parte a la confección de un artículo y a la docencia, vuelvo a este querido blog, en cierto modo prolongación de ambos intereses profesionales (investigación y docencia). Han sido tardes enteras de biblioteca y hemeroteca en distintas facultades, hasta la noche. Además he leído algunas cosas interesantes de Benjamin, Kafka y otro libro de Torres Queiruga titulado “Repensar la resurrección”. Y las clases van bien. En estos días la reflexión aborda el carácter postmoderno de nuestras sociedades, de la mano de textos, películas comentadas en clase y algo de literatura. El laborioso y lento proceso del diálogo en que todos nos educamos va surtiendo su efecto en todos los que nos vemos periódicamente en clase. Un diálogo freiriano que encuentro realizado en un descubrimiento musical que hice hace algunos años. Se trata de Manu Chao, con su curioso collage de lenguas y músicas. Su música tiene un efecto similar al de un abrazo, por el que se hace evidente que en el mestizaje crecemos. Escuchándola uno siente cerca lugares lejanos y utopías acaso olvidadas que renacen en un disco que es una única, prolongada y frecuentemente alegre canción. Con los sonidos fabrica un puente que manifiesta la inutilidad de guerras por muy preventivas que sean. Porque Manu Chao se moja y hace lo que todos tendríamos que hacer… aunque Goliat se pierda entre las nubes y su voz rugiente derribe a las personas como muñequillos, aunque la victoria parezca clara y previsible para los mismos de siempre, y aunque los lobos y los carros de Babilón acechen.

lunes, 13 de octubre de 2008

Teología e historia


Ya he terminado prácticamente de leer las más de 800 páginas del libro de Hans Küng sobre el Islam. Resulta muy difícil resumirlo en el breve espacio de una entrada de extensión razonable, por lo que me limitaré a señalar algunos aspectos solamente, los que me han podido resultar más significativos. En primer lugar el libro es un excelente ejemplo de diálogo y voluntad de paz. Supone un respetuoso intento de comprender la religión musulmana y su evolución en la historia, por parte de un reconocido teólogo cristiano, famoso por su talante abierto e ilustrado. Como él demuestra, lo primero que hay que hacer si uno pretende respetar a las demás religiones es informarse y aprender acerca de ellas, conocerlas con admiración. Éste es el primer grado de respeto y la principal manera de practicar la tolerancia interreligiosa.

Así pues, el conocido teólogo emprende un largo estudio en el que la parte de desarrollo histórico y los vínculos de lo religioso con los distintos sistemas políticos es muy extensa. Exponiendo el curso de la religión musulmana Küng hace teología aplicable al cristianismo, pues de su enfoque a la hora de exponer el Islam pueden extraerse y reconocerse los principios que él siempre ha aplicado a la reflexión sobre el cristianismo y el judaísmo. Su punto de vista, a la vez profundamente respetuoso y crítico concede un papel importante a la historia, como elemento que se refleja en las distintas teologías. De hecho, en las páginas finales, aboga, a partir de todavía escasos eruditos actuales críticos de religión musulmana, por un mayor papel de la visión histórica en la lectura del Corán y la tradición (hadites, sunna), como ha ocurrido, no sin grandes esfuerzos, en el cristianismo. Su postura en la teología es contraria a toda perspectiva a-histórica que se empeñe en repetir las lecturas y elaboraciones teológicas del pasado sin revisiones acordes con los nuevos tiempos. Empeñarse en reproducir puntos de vista medievales (como ocurre también hoy en la Iglesia católica), ideologías de Cruzada y Guerra Santa, demonización de los que piensan diferente, búsqueda de sociedades monolíticas de pensamiento y credo único, todo ello puede obstruir el progreso y volver a modelos autoritarios de sociedades. En definitiva, Küng aboga por una revisión de la teología en las tres grandes religiones abrahánicas que tenga en cuenta los avances de la Modernidad, como por ejemplo los Derechos Humanos (porque los avances tecnológicos sí que parecen asumirse sin problemas).

Esto no significa que se tenga que imponer una visión “occidental” a nadie. Cabe recordar, dice, cuánto esfuerzo costó y cuántos obstáculos tuvo que pasar un proyecto como los Derechos Humanos, dentro del mismo occidente, hasta materializarse en la conocida declaración de 1948 por la ONU. En realidad, quienes se opusieron en Europa y América a ellos fueron las castas dirigentes a quienes interesa muy poco el espíritu crítico y de reforma. Hubo que vencer grandes resistencias, entre otras, de la Iglesia Católica, que jamás los admitió hasta el Concilio Vaticano II. No ha sido, por tanto, un proyecto europeo de colonizadores, sino que surgió enfrentándose precisamente a las ideologías de los colonizadores dentro de la misma Europa. Desde esta constatación, Küng ve también con buenos ojos la Reforma Protestante en la medida que, independientemente de sus excesos y también crímenes, supuso una revisión acorde con los tiempos del paradigma latino-medieval en la Iglesia Católica. Del mismo modo que también actuó, en este sentido, el Concilio Vaticano II.

Espero más adelante leer las dos obras restantes sobre el cristianismo y el judaísmo en las que Küng, premiado y reconocido por comunidades judías y musulmanas, aplica estas mismas ideas a su interpretación de la religión. Aboga, en suma, por una historización antiesencialista de las construcciones teológicas y los dogmas, que no contradice necesariamente el origen divino de los textos sagrados ni la verdad de la respectiva fe. Su lectura es siempre sugerente y muy estimulante, por lo que esos libros prometen ser también un placentero paseo. Creo sinceramente, como Küng, que la tesis del conflicto de civilizaciones es ideológica y tendenciosa, pues si se toman las cosas como hace Küng, en las grandes religiones hay potencialidad suficiente para el diálogo tolerante y la paz. Puede haber una convivencia tranquila y respetuosa entre las mismas, y cuando esto ocurra, habrá paz sin necesidad de que una anule y destruya a las otras como, lamentablemente, también puede ocurrir.

lunes, 6 de octubre de 2008

Ambigüedades de internet


He leído varios capítulos de un libro colectivo recientemente publicado por la editorial Trotta sobre filosofía de la educación: Hoyos, G. Filosofía de la educación, Trotta, Madrid, 2008. Me alegra conocer que la filosofía de la educación está viva y continúa inspirando numerosas obras, cursos e incluso titulaciones específicas de postgrado en varias universidades del mundo. Uno de los capítulos, que en realidad son artículos independientes aunque relacionados, está escrito por el profesor José Gimeno Sacristán, y versa sobre tecnología y educación. En pocas páginas elabora algunos argumentos y conclusiones que me han parecido bastante lúcidos en torno a las nuevas tecnologías de la información y comunicación. Distingue una suerte de alienación de la que pueden ser víctimas los procesos educativos si se reducen a la lógica impuesta por determinadas tecnologías. Se trata de un sueño de la razón por el que ésta se convierte en mero saber instrumentalizador que determina al mundo y los sujetos empobreciéndolos, es decir, suprimiendo muchas de sus posibilidades creativas y reduciéndolos a categorías cuantificables. El maestro puede diluirse en esta borrachera de la estadística y el número e incluso desaparecer, para ser sustituido por la máquina (ordenador, software, etc.), las categorías evaluadoras y tablas de medida, los objetivos y destrezas, el cálculo y todo lo que aplicado a la educación de manera excluyente supone el triunfo de la racionalidad instrumental y técnica de cuyos peligros ya advirtieran Adorno y Horkheimer. Ésta es sencillamente la escuela para la sociedad administrada.

Hay, por tanto, un peligro que se ha manifestado en cierto uso de la tecnología cosificador, desde los años 60. Pero hace bien el mencionado autor en subrayar otros aspectos esperanzadores que pueden sintetizarse en la función interpelante que las nuevas tecnologías dirigen a la escuela en cuanto que son creadoras de ámbitos distintos a la escuela y de formas alternativas de relación con la cultura y comunicación entre los seres humanos y creación-transmisión de conocimiento. Es esta idea la que a mí, por ejemplo, me condujo a inaugurar el presente blog. Internet, como parte primordial de las TIC, es un poderosísimo y útil medio de hacer cultura y establecer fecundas redes de comunicación y creación del conocimiento, alternativas e incluso diría que revolucionarias. Yo lo vivo y compruebo casi a diario desde esta plataforma virtual.

Está también, no obstante, el peligro de una acumulación de información caótica de desigual calidad en la red, comprobable en cada búsqueda de un término en los buscadores más usuales. Aparece de todo, bueno y malo. Dice Gimeno que habría que establecer un cierto canon de calidad para seleccionar información de internet. Yo creo que, intuitivamente, es lo que hacemos cuando decidimos regirnos con el modelo de ciertas páginas muy bien hechas y fiarnos de ellas. Algo así como las entradas con estrellita de la Wikipedia que señalan cuándo un artículo de la mencionada enciclopedia virtual, libre y colaborativa es digno de imitarse, es decir, es científicamente fiable en lo que dice, entre otras características de calidad. Pero a diferencia de los criterios que pretendiendo la calidad la coaccionan, éste es un proceso natural dinámico que lleva a cabo el lector crítico, que se las ve con algo en continua reconstrucción y cuestionamiento (por tanto nunca abarcable totalmente), a diferencia del estatismo de los libros de texto (que dictan a la realidad cómo tiene que ser). Ofrece la oportunidad al lector de contribuir y participar en el proyecto.

En definitiva, aboguemos por un uso ilustrado y creativo de Internet, no adormecedor y esclavizante.

domingo, 28 de septiembre de 2008

La imposible teodicea


He hecho un paréntesis en la lectura del libro de Küng sobre el Islam, para leerme el excelente libro del profesor Juan Antonio Estrada titulado La imposible teodicea, Madrid, Trotta, 1997. Se trata de un amplio estudio en el que se aborda el difícil asunto de la conciliación del mal con el monoteísmo que presupone a un dios omnipotente y bueno. Estrada hace un análisis y crítica de las distintas respuestas (teodiceas) que a lo largo de la historia han intentado justificar a Dios a pesar del mal imperante en la creación. La teoría de la retribución, el pecado original, el leibniziano mejor de los mundos posibles, refutado por el terremoto de Lisboa que hizo escribir a Voltaire un intensísimo poema sobre la condición trágica del hombre… Y en efecto, esto es lo que prevalece, por encima de todo ingenuo optimismo: la condición trágica del hombre, que siempre pierde, abocado a la enfermedad, la vejez y la muerte. Es esta reflexión la que llega a la cima con Dostoievski y Albert Camus. En el primero se expresa perfectamente (en Los hermanos Karamazov) la aporía representada en que, por un lado, el mal impugna a Dios y hace dudar seriamente de su existencia (pensemos en el contundente ejemplo que el autor ruso utiliza: el sufrimiento inútil de niños torturados), pero por otro, el bien exige la existencia de Dios. Según Dostoievski, la solidaridad requiere la fundamentación de un Dios que le dé consistencia (“Si Dios no existe, todo está permitido”). Subraya que lo que salva al hombre es la relación solidaria con los demás, lo cual no elimina el mal, pero en cierto modo lo vence. La postura ante el insuperable mal existente en el mundo es el mero combate contra el mal, como se manifiesta en la mencionada novela hacia el final.

Camus representa la postura del ateo. Porque el mal tiene un efecto curiosamente contradictorio en relación con la creencia religiosa. A unos, la experiencia del mal absoluto (Auschwitz) los aproximó a Dios, mientras que a otros los condujo a un razonable y comprensible ateísmo que algunos supervivientes mantuvieron toda su vida (Primo Levi, Amery). Es decir, del horror surge la creencia, pero también, la increencia. Y resulta imposible justificar una u otra opción como más racional, pues ambas son posicionamientos existenciales, opciones que intentan abordar el problema de la naturaleza trágica de la existencia humana. Por tanto, ambas son razonables, pero no racionales. En el caso de Camus, el ateísmo se concretiza en una solidaridad como lucha contra el mal pero sin fundamentación teórica, operante sólo como praxis ética. Además, no deja de tener en cuenta que el destino del hombre es trágico, ya que finalmente prevalece siempre la muerte. El gran paradigma del solidario ateo es el médico (el doctor Rieux, de la novela La peste) que cura, aun sabiendo que se halla inmerso en una lucha inútil, porque el paciente siempre acaba muriendo.

Las de Dostoievski y Camus son dos sabias reflexiones que nos confrontan con la inevitabilidad e insuperabilidad del mal, con su imposible reconciliación con el Dios de los monoteísmos. Pero también, Camus nos enseña que, y esto vale tanto para creyentes como para ateos, la respuesta que se dé al mal es a nivel de la praxis, como un combate sin cuartel contra el mal en todos sus aspectos: físico (vejez, enfermedad, muerte) y moral (guerra, hambre, explotación laboral, injusticia, corrupción, poder abusivo, etc). Es decir, debemos acostumbrarnos a la carencia de respuestas teóricas y, para el creyente, al misterio de un Dios todopoderoso que permite el mal en su creación. En todo caso, al hombre le corresponde combatir y hallar el sentido, precisamente, en esta lucha trágica contra el horror acechante.

Reflexionando estas ideas a partir del libro de Estrada he recordado la decoración de la capilla Jesucristo Liberador de la UCA en El Salvador. Al fondo, en la entrada, hay unas terribles pinturas de torturas reflejadas con toda crudeza. ¿Qué significa esa perturbación en la paz y la armonía de una capilla? Son el mal. El mal que debe mirarse de frente y tenerse presente en la devoción religiosa, sin engaños. No, cualquier milagro, si los hubiera, no resiste la abrumadora prevalencia del mal en la creación. Que se lo pregunten a las víctimas de El Mozote en El Salvador. Mujeres, niños, ancianos que, absurdamente, sin merecerlo, fueron víctimas de una masacre gratuita que seguía la lógica del horror y la guerra. Quien se quiera hacer una idea puede ver la película Voces inocentes, que refleja cómo la población civil sufrió en medio del fuego cruzado, los secuestros, la tortura, los reclutamientos forzosos de niños, etc. Y en medio de ese enorme sacrificio sin sentido de inocentes, en esa situación límite en la que ningún milagroso Dios acudió a impedir la masacre, es donde surge la pregunta que también formulara Jesús en la cruz, antes de morir, como las víctimas de Auschwitz o El Mozote, torturado injustamente: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? Este clamor, también el de la figura simbólica Job, en el Antiguo Testamento, expresa una experiencia profundamente humana, la del abandono del justo en medio del predominio y la victoria del horror y el mal. Paradójicamente ahí, en ese silencio de Dios, es donde el profesor Estrada explica, al final de su libro, que puede hallarse la relación madura y auténticamente cristiana con el Dios de Jesús. No en una religiosidad de tipo mágico, que busca el milagro y la compra de favores a una divinidad que salvaría la vida a unos y mataría a otros. Esta última incongruencia nos llevaría a una imagen terrible de Dios como justiciero y fuente del mal, en la que el viejo miedo al numen terrible y el deseo producido por la contingencia humana prevalecerían en vez de asumir que el mal existe inexplicable y absurdamente.

Ante el mal, sólo cabe hacer lo de Jesús, jugársela hasta la muerte. La salvación que ofrece el nazareno, si nos ceñimos a una lectura histórica de los evangelios, es la de un seguimiento por parte del fiel que le lleva a tomar partido incondicional siempre por el débil, exponiéndolo todo obstinadamente, en un combate a vida o muerte contra el mal; combate que, de algún modo inexplicable y misterioso, y a pesar de que el mal gana siempre la partida, salvaría a los hombres. En cierto modo, la solidaridad trágica de Camus, pero esta vez con el enigmático aval de la divinidad.

En toda esta reflexión dignos son de mencionar, además, los filósofos Walter Benjamin y Max Horkheimer. El primero trae a colación la necesidad de una redención de las víctimas de las injusticias del pasado, injusticias que han conformado la historia y la civilización tal como la conocemos. Esta posibilidad de sentido para el horror, es rechazada por Horkheimer, que, sin embargo, admite la teología como expresión del deseo o anhelo de que la víctima tenga la última palabra, de que el verdugo no triunfe finalmente. Desde luego, nada de esto demuestra la existencia de Dios. Pero aquí estaría la aportación de una concepción más teológica que filosófica, que sería pesimista respecto al hombre pero optimista respecto a su destino (escatología, mesianismo). Lo contrario del ateísmo de Camus que, optimista con el hombre, es pesimista en relación con su destino trágico y absurdo en el que lo último es, se mire como se mire, la muerte.

sábado, 20 de septiembre de 2008

El jardín de senderos que se bifurcan


Continúo la lectura del extenso libro El Islam. Historia, presente, futuro, de Hans Küng, el cual a ratos se hace un poco farragoso y demasiado detallado en la exposición de la historia. No obstante, entiendo que esto es necesario para abordar la parte que más me interesa, la que expone y analiza los asuntos propiamente teológicos y de la tradición religiosa. En realidad pretendo hallar una respuesta objetiva a la pregunta ¿qué es ser musulmán?, como la encontré en relación con el cristianismo en el excelente libro, también de Küng, titulado Ser cristiano.

En la parte de la mencionada obra en que me hallo, Küng aborda una cuestión vital: el papel de la tradición (Sunna) que con posterioridad a la revelación coránica se ha desarrollado, sobre todo en el derecho islámico y los hadites (colección de dichos y hechos de Muhammad) que según los enfoques ha llegado a prevalecer respecto a lo estrictamente dicho en el Corán. Esto es un proceso equivalente al ocurrido en el judaísmo y el cristianismo. En este último, como es sabido, a la Biblia se le añadió una tradición (traditio) que sirvió para fundamentar el derecho canónico, que se desarrolló un siglo después del derecho islámico. La diferencia, sin embargo, es que en el Islam jamás se impuso una fuente única con poder absoluto de fundar y crear derecho, como ocurrió con el centralismo teocrático papal. En el Islam se han dado varias escuelas en torno a la tradición y el derecho, paralelas a corrientes teológicas más centradas en la reflexión e interpretación directa del Corán.

Así pues, tanto en el Islam como en el cristianismo surge la pregunta, que a veces se formula el propio creyente serio en silencio, por el peso de la tradición. En el caso del cristianismo, los paradigmas helenístico-bizantino y católico-romano medieval, la tradición de los padres y los concilios, se alzaron como autoridad equivalente y en ocasiones superior a la propia Biblia, como señaló críticamente la Reforma Protestante. Aquí, Küng se pregunta: ¿No ha oscurecido con ello el cristianismo una parte de su esencia? ¿No perjudica considerablemente el tradicionalismo cristiano a la fe cristiana? Por tanto, ¿no deberían revisarse y corregirse ciertas tradiciones? Estas preguntas arrancan desde el más elemental y sano espíritu crítico-reflexivo, y es obligación del creyente formulárselas. Como decíamos en la entrada anterior, la fe no tiene por qué suponer un sacrificio total del intelecto, ni convertirse en una fe irracional y ciega en todos sus aspectos. No, Jesús no indicó nada de ello.

Respecto a la tradición musulmana, Küng también se pregunta: ¿puede ser prescrito para todos los tiempos y para las gentes de todas las épocas lo que es producto de un desarrollo histórico? ¿No perjudica el excesivo uso de la autoridad de la tradición el carácter vivo de la religión? Y, llegando aun más lejos, cuestiona Küng: La esencia del mensaje profético ¿no ha sido oscurecida a menudo por el tradicionalismo? En este sentido, afirma el intelectual suizo: “lo que fundamentalmente mueve a muchos musulmanes actuales es el deseo de regresar a los orígenes, a la esencia pura del Islam, para gozar así de mayor libertad frente a las tradiciones anquilosadas. El Corán les parece (igual que la Biblia a muchos judíos y cristianos) más profundo, sencillo y abierto que mucho de lo que vino después, incluso en cuestiones tan delicadas como el lugar de la mujer y de los no musulmanes en la sociedad o en determinadas cuestiones de derecho penal” (313-314).

En cualquier caso, como me esperaba del autor suizo, el libro que estoy leyendo es una visión que, partiendo del análisis de una religión concreta como es en este caso el Islam, extrae conclusiones válidas también para el cristianismo. Y viceversa. Creo que es un sano ejercicio, por tanto, de tolerancia y respeto, que considera a todas las religiones sabias y dignas de conocerse para conocer la propia. Éste es el espíritu valientemente ilustrado a la hora de plantearse la propia fe al que me refería en la anterior entrada. En suma, Küng aboga por una aplicación valiente y en absoluto opuesta a la fe de los estudios y la investigación a la tradición religiosa. En el mundo cristiano, por ejemplo, asombra todavía cuántos fieles y predicadores se empeñan en defender una visión literal de lo que se dice en las Escrituras, haciendo oídos sordos a la exégesis bíblica. Como si la fe dependiera de ello.

jueves, 18 de septiembre de 2008

ciencia y religión


En la fotografía podemos apreciar perfectamente sintetizado, en una alegoría muy expresiva, lo que podríamos denominar la “moral ilustrada”. Con esto no me refiero a teorías éticas desarrolladas por el movimiento ilustrado dieciochesco, sino a la escala de valores propia de la Ilustración. Es decir, en la imagen, perteneciente a la famosa Enciclopedia, vemos ensalzada a la “Verdad”, a la que la filosofía quita el velo, mientras a los pies de ambas todas las ciencias y las artes rinden tributo a su “diosa”. Se trata, ciertamente, y como tanto se ha puesto de manifiesto, de una fe que ha secularizado los esquemas religiosos, convirtiendo en misión sagrada la búsqueda de conocimiento y la verdad. Si antes se confiaba en la revelación interpretada literalmente, en una verdad revelada cuyo último fundamento era Dios, ahora se sustituye la divinidad por la razón que, caminando sola y sin ayuda, se sabe con capacidad para dirigir la búsqueda de la verdad. Durante mucho tiempo, se ha visto en este proceso una antítesis de lo que suponía el viejo saber fundamentado teológicamente. Los ilustrados, como mucho, aceptaron un deísmo que ubicaba a Dios en el lugar del primer motor inmóvil, sin aceptar intervenciones milagrosas ni una relación personal con los hombres. Desde aquí, el viejo conflicto entre la fe y la razón se dirime a favor de una razón secularizada que combate a una teología con la que no tendría nada que ver.

Creo que así sigue considerando el asunto hoy día muchísimas más personas de lo que imaginamos. Pero esta situación es propia de un siglo XVIII superado ya por ambos planos, el científico y la fe religiosa. No es necesario seguir ubicándose en estos términos de dicotomía hoy día, y concebir la fe como una obstinación completamente irracional que acepta sin cuestionar los dogmas transmitidos por la tradición eclesiástica. Esta es la postura de Hans Küng, que define la fe como una razonable confianza, que sin la certeza absoluta de las verdades científicas, puede apostar (¿pascalianamente?) por un fundamento que garantiza que, a pesar de todo, la justicia y el bien tendrán la última palabra. En este sentido, se hace perfectamente compatible el desarrollo de la ciencia, sin titubeos ni miedos absurdos a que nuestra fe resulte cuestionada. El error durante mucho tiempo fue querer hacer de la Biblia un tratado científico en lugar de realizar una lectura global y simbólica de la misma. No hay que creer al pie de la letra, como hacen algunas ingenuas concepciones fundamentalistas cristianas, la historia de Adán y Eva, sino ir más allá, con sensibilidad e inteligencia, de la misma imagen o historia que se nos presenta. El debate entre darwinismo y creacionismo, tan presente en Estados Unidos, se disuelve si no concebimos esa oposición entre la Biblia y los estimables logros científicos. Porque Dios, recuerda Küng, no es un tapa-agujeros para la ciencia, ni debe ser pensado desde la ciencia, ya que su “lugar” es otro.

Esto no quiere decir que los descubrimientos científicos no deban tocar a la teología. Por supuesto que sí. Creer en Dios, dice Küng, no debe suponer un sacrificio del intelecto, ya que la fe no es fe en una imagen concreta presentada por la Biblia. (Por cierto, el Corán anima constante y enérgicamente al saber y a estudiar científicamente el mundo). Al contrario, la fe resulta enriquecida (como también el ateísmo, claro) por la investigación seria y rigurosa de la naturaleza, la historia, la economía, la sociología, la psicología. Abordar científicamente los propios textos del Nuevo Testamento e incluso los dogmas del Credo católico es sano. No pierde la fe porque se cuestione la imagen tradicional de la vida eterna, el cielo o el infierno, porque determinadas concepciones se revisen a la luz de la historia y la ciencia para entender mejor los propios dogmas de fe. Y así lo entienden hoy, desde luego, gran parte de la teología y los creyentes más sensatos de todas las religiones. Hay que argumentar y analizar sin miedo las creencias religiosas. Es algo que la propia Iglesia sabe y admite desde hace doscientos años, cuando hubo de confrontarse con el desafío de la Ilustración, aunque muchos dentro y fuera de ella parecen no haberse dado cuenta. Finalmente, después de siglos de enfrentamientos, la teología y la religión incorporó a su discurso, sabiamente, el espíritu ilustrado, junto con los descubrimientos y análisis de la ciencias.

En definitiva, se puede creer profundamente en la validez de la ciencia y en sus conclusiones, y al mismo tiempo ostentar una fe religiosa como la cristiana. El saber y la reflexión crítica, desde este enfoque, se manifiestan enriquecedoras y perfectamente compatibles con una fe de las que mueve montañas. Éste es el caso del teólogo Hans Küng.

martes, 16 de septiembre de 2008

Diálogo y tolerancia


He comenzado a leer el libro El Islam. Historia, presente, futuro del teólogo cristiano Hans Küng del que, según parece, me estoy haciendo un asiduo lector. Buen motivo para leer un libro es que esté escrito por Küng. Los seguidores habituales de este blog ya sabrán que ha protagonizado bastantes entradas, de las más extensas. Resulta siempre un escritor de buena prosa, claridad expresiva y excelente capacidad de sintetizar y relacionar los vastísimos conocimientos en historia, ciencia, filosofía y teología que posee. Su lectura no cansa, pero argumenta con rigor y profundidad y ofrece interpretaciones y análisis brillantísimos e inteligentes. Su creativa y fundamentada visión del cristianismo y de las religiones, en general, es muy sugerente y digna de tenerse en cuenta por el lector, sea o no creyente. Pues bien, me atraía la idea de conocer su análisis de una religión hermana y de gran parecido con la cristiana. Con enorme respeto y buena intención (es un autor muy preocupado por el diálogo interreligioso), Küng aplica el estudio objetivo de la historia, de los momentos históricos que atravesó el nacimiento y expansión musulmana, a la conformación de la teología y la religión. Como hizo con el judaísmo y el cristianismo, parte de una teoría de paradigmas o grandes modelos de comprensión, que, de manera parecida a la descrita por T. Kuhn en relación con los paradigmas científicos, significan que en función de los cambios en la historia, las cosas pueden verse de un modo específico en la fe religiosa. Por lo que me ha parecido entender, esto significa que existen fases en toda religión, que se caracterizan por una visión específica de la esencia (invariable) de cada religión, dentro de la misma. Y estas fases o modelos se suceden (él distingue varias en judaísmo, cristianismo e islam). Los desafíos de la política, la historia, la economía se vinculan, así, con lo religioso e incluso con determinadas interpretaciones de los textos sagrados.

El texto sagrado cristiano (Nuevo Testamento) ya nació como interpretación teológica de lo que había pasado en torno a Jesús (cartas paulinas, por ejemplo). No era una revelación tal cual, caída del cielo, sino un esfuerzo humano dentro del tiempo humano de explicarse qué había detrás de la vida y palabras del fundador (en especial de su pasión y trágico fracaso en la cruz), al cual acabó integrándose en la tríada divina y viéndose como encarnación de Dios (manifestación humana, histórico-temporal, del Dios trascendente). En el caso del Corán, el texto sagrado procede directamente de Dios, y es una revelación hecha para ser conocida y estudiada tal cual. Por eso existe la imposibilidad de traducirlo a otras lenguas del árabe y la necesidad de usar ésta en la relación del musulmán con Dios. Como se puede leer en el texto sagrado, Dios se dirige en primera persona a Muhammad y a los fieles. Esto señala una diferencia de partida. No hay mucha teología en el mismo texto sagrado sino que se hace después, por parte de los lectores fieles (en cambio, sí hay bastante ética y consideraciones acerca de la buena realización del ser humano y de su relación con Dios). Al menos, esto es lo que me ha parecido entender que afirma Küng. Pero considérese que no he leído todavía ni un quinto de la obra que estoy comentando. Ya vendrán más entradas según avance, como en otros casos.

En general, el autor suizo, destaca los errores cometidos por la tendenciosa historiografía occidental a la hora de relatar los inicios y expansión del Islam. Destaca también los aspectos éticos (muy presentes en el Corán), el valor de la misericordia y el perdón, la aproximación al espacio divino mediante un cuidadoso ritual que significa la oración, la idea de sometimiento a Dios (sometimiento que significa ensalzamiento del hombre, erigido por Dios en su interlocutor). A Küng le interesa llegar a puntos comunes y, también, ver las discrepancias entre las grandes religiones. El punto máximo de distancia, en lo que se refiere al dogma y a la esencia, es la idea de Trinidad cristiana, que el Islam rechaza aunque se tiene a Jesús como un gran profeta, más nombrado incluso en el Corán que Muhammad. Y, claro, persiste también, a nivel dogmático, el no reconocimiento por la parte cristiana del valor y espíritu profético de Muhammad (cosa que Küng sí reconoce del Profeta). Se trata, en definitiva, de hacer un retrato de cada religión en cuestión, su esencia e historia; de ver exactamente qué es ser cristiano y qué es ser musulmán, para mutuo entendimiento. No es sino una puesta en práctica de aquello que según Freire puede sanarnos a los seres humanos: la escucha atenta del otro. Todo camino de realización humana, también el de la paz, pasa por ello. Y creo que esto también lo dicen ambas religiones.

jueves, 11 de septiembre de 2008

Antiutopía y utopía


Ya estoy de nuevo en Granada. Ahora, como suele ocurrir, el mes transcurrido en el extranjero queda como un sueño revitalizador que me nutrirá durante un tiempo. Por referirme a lo más intelectual, me queda la tarea de componer un escrito a partir de cierta idea desarrollada en mi conferencia: la dialéctica propia del horror en el cual, a pesar de la tiniebla que lo cubre todo, vemos alzarse la luz de la utopía. Hay escritores en la historia de la literatura en los que esto es patente, narradores de pesadillas e infiernos de maquinismo y muerte en los que, sin embargo, cabe vislumbrar un cierto atisbo de esperanza. Cuando todo está perdido, en lo más hondo del horror y del fracaso, es posible que reluzca fugazmente su opuesto. Esto es lo que el cristianismo expresa con el Crucificado, en la medida en que el triunfo llega (la resurrección) cuando todo ha fracasado y cuando la justicia ha sido brutalmente aniquilada por el mal victorioso. Creo que ésta es una de las intuiciones más provechosas del Cristianismo, que éste llega a considerar centro y esencia de su cosmovisión. Es el mal el que produce la reacción que Adorno considerará nuevo imperativo ético: Evitar a toda costa que algo como Auschwitz se repita. La ética, como la esperanza, emerge a partir del contacto con el mal que aniquila todo. Ésta es la dialéctica de vida y muerte del Tercer Mundo, que conoce la mayoría pobre de la humanidad.

martes, 12 de agosto de 2008

¿Desde dónde?


Como dije hace unos días, estoy leyendo el libro Jesucristo liberador de Jon Sobrino. Se trata de una excelente visión de la cristología desde el punto de vista de la denominada teología de la liberación, que comienza precisamente señalando algunos elementos alienantes en las imágenes de Cristo que se han transmitido. Básicamente, el peligro consiste en idealizar a Jesús, que lo concibe como caridad en abstracto sin el elemento de denuncia profética que lo acompañó toda su vida. Se trata de la imagen de un Cristo de la que se ha eliminado el conflicto, la relación con la historia y centrada en sí misma, en vez de apuntar a lo que él siempre destacó como centro de su predicación: el reino de Dios. Frente a esto, la gran aportación latinoamericana es haber enfatizado el elemento de liberación de los males concretos que afectan a los seres humanos que se hallaba implícito en actividades jesuánicas como los milagros y las curaciones. Los hechos y dichos de Jesús (las parábolas) manifestaron su oposición a todo lo que material y espiritualmente esclaviza al hombre. Manifestó en todo ello además una indiscutible parcialidad, por más que a veces se quiera suavizar, a favor de los más oprimidos, es decir, los pobres en cuanto marginados sociales y carentes de los mínimos para vivir. Recuerda Sobrino la conclusión de Medellín y Puebla: “Los pobres son destinatarios privilegiados de la misión de jesús, lo cual es ya sumamente importante y novedoso; pero, además, hacen presentes al Jesús profeta y evangelizador. Son su sacramento dinámico”.
A continuación Sobrino señala la importancia del lugar desde el que se hace la teología, es decir, que el contexto histórico social en donde nos situemos nos puede abrir los ojos para captar ciertas realidades y verdades. Por eso, hay que reflexionar en el lugar adecuado como condición epistemológicamente necesaria. Dice: “El lugar no inventa el contenido, pero fuera de ese lugar difícil será encontrarlo y leer adecuadamente los textos acerca de él. Ir a ese lugar, quedarse en él y dejarse afectar por él es esencial a la cristología”. Latinoamérica, en la medida en que es lugar de vida y muerte, donde en la muerte reluce la vida, supone un privilegiado contexto para vislumbrar la presencia y sentido del Crucificado. La presencia continua de la vida amenazada pone en funcionamiento la reflexión y obliga a no ser neutral ni a divagar en problemáticas que se alejan de lo perentorio. El pueblo crucificado interpela y obliga muchas veces a agachar la cabeza e induce a la conversión (caso de Monseñor Romero). “Desde este horizonte de vida y muerte, la cristología ha recuperado lo esencial de Jesús como el anuncio de un reino de vida a los pobres en contra del antirreino de muerte. Y no es éste pequeño fruto de estar en el lugar social de la pobreza”. Así pues, no es irrelevante dónde se sitúe el teólogo (o, creo, el pensador), pues recibirá lecciones e interpelaciones que le facilitarán el acceso a ciertas verdades. Sobrino dice que los pobres son luz que ilumina para ver más y mejor que desde cualquier otra parte. Como se señala en las Escrituras, en el crucificado (o el siervo de Yahvé) hay algo que otorga una luz al pensamiento que éste no obtiene en otras partes. Es esta presencia del crucificado la que hace descubrir ideologizaciones en los discursos aparentemente neutrales y escandalosas parcialidades disfrazadas de imparcialidad.
En los próximos días espero seguir leyendo este libro que se encamina a un estudio del Jesús histórico como corrector de las ideologizaciones de la cristología más abstracta. Se tratará de, sin renunciar a la reflexión más teórica, evitar los sueños de una razón en cuanto hybris que nos dificulte conectar con la esencia de la fe. Para ello, dice Sobrino que es más operativo ver a Cristo, en un primer momento, desde Jesús, y no a la inversa. Esto lo han intentado de distinto modo algunas cristologías europeas y, por supuesto, la teología de la liberación latinoamericana.