martes, 29 de enero de 2008

Como una vieja balada irlandesa


Si hay una experiencia netamente humana, universalmente compartida, es la conmoción generada por el paso del tiempo. Es esto lo que un John Huston tardío nos ofrece con la película Dublineses, basada en el cuento Los muertos, de James Joyce. Con el aire de una balada irlandesa, la modesta acción nos conduce a una cena en la que, siguiendo una tradición, se reúnen unas personas en la casa de tres hermanas que hacen de anfitrionas. Acuden algunas parejas, un borrachín con su madre, un cantante de ópera, un anciano… son seres corrientes, mostrados sin idealizaciones de ningún tipo, pero con un aire de ternura que impregna el filme. La atmósfera, y ahí voy, es decadente, pues se trata de un retrato magistral de la nostalgia, de los efectos del paso del tiempo en el alma humana. La cámara se regodea en diversos objetos y lugares de la casa, mientras una de las anfitrionas, decrépita, canta con voz desafinada por la edad. Los objetos son enseres cotidianos, cosas de una época ya inexistente, que ya no se usan y que perduran como adornos. Vemos el pasado en el pasado. Hay viejas fotografías de personas vestidas con rancios uniformes o con trajes de boda, en una juventud detenida, en un tiempo artificialmente violentado. A duras penas, arrancados de su contexto, persisten los retratos, desafinando como la voz que canta la triste balada que se oye de fondo. La película nos sitúa a principios del siglo XX, un momento que se presenta ya decadente y superado. Todo apunta a la incertidumbre de una nueva época por venir. La cena es casi una despedida. Vemos las costumbres y cotidianidades de los personajes ya heridas de muerte, en un presente que viven como recuerdo.

La película no clama ni prorrumpe en un gran lamento. El tono es resignado, estoico, melancólico. Se habla de cosas que se sabe están condenadas a morir… pero se habla. Tal vez esa charla intrascendente seamos los hombres.

Todo evoca lo fugaz, una noble tragedia anclada en lo más hondo de la vida corriente, sin necesidad de rebuscar en la épica. El relato es realista, pero muy subjetivo. Es como la conversación de una abuela.

En una escena una mujer confiesa a su marido, llorando, un doloroso recuerdo de juventud, un antiguo amor que acabó mal. En la intimidad del dormitorio, la mujer madura llora, transmutada en la quinceañera que fue. Es como si la juventud perdida irrumpiese como un relámpago destinado, también, a pasar. Se actualiza la antigua vivencia mientras se dice: “así fue”.

El marido silencioso reflexiona y contempla por la ventana caer la nieve sobre Irlanda. Su evocación es una anticipación de algo, la muerte, que antes de llegar ya está presente, la permanente sombra que roba al mundo su consistencia. En la cena se había hablado de monjes que duermen en ataúdes.

La película expresa lo que constituye el mayor asombro, el mayor desafío, la mayor pregunta. De este enigma, de esta conmoción, emergerá, ciertamente, la filosofía.