domingo, 27 de enero de 2008

Donde brillan los relámpagos


He retomado la lectura de Simone Weil, que había dejado hace algún tiempo. He ido a ella fascinado por su historia y lo poco que sé de su pensamiento. Sin lugar a dudas, debió ser una mujer extraordinaria, creo que un ejemplo a seguir por el enfoque y el compromiso hasta el límite que practicó toda su vida. Los textos que he leído manifiestan una profundísima vida interior que tuvo, como debe ser, su reflejo en una no menos profundísima “vida exterior”. Ante un juez explicó que había deseado la cárcel (luchó en la resistencia, en la Francia de Petain en los años 40) para lograr la identificación plena con los oprimidos. El magistrado la juzgó loca y fue absuelta. Pero no acabó ahí la cosa: ayunos, renuncia a un puesto de profesora universitaria para trabajar en una fábrica, rechazo a una vida dedicada exclusivamente al estudio (era mujer de gran erudición) para jugar a las cartas y charlar con la gente, penalidades varias… Todo ello nos puede hacer que la veamos como loca, en efecto, o tal vez, al contrario, como persona de inigualable lucidez. Todo ello me admira y llena de asombro.

Creo que apunta a un camino acertado cuando afirma: “Tengo la necesidad esencial, la vocación –pues creo que puedo llamarla así- de moverme entre los hombres y vivir en diferentes medios humanos fundiéndome con ellos, adoptando su mismo color, (…) a fin de que se muestren tal como son sin que tengan que disfrazarse para mí.” Su identificación con las personas, su amor a ellas, fue tal, que llegó a renunciar al bautismo en consideración a los muchos seres humanos que han sido excluidos por la propia Iglesia. Como yo mismo escuché llamarlos a un cristiano coherente, sacerdote en El Salvador, “los mártires sin nombre, de los que nadie se acuerda, ni siquiera la propia Iglesia.” El auténtico mártir es, quizás, quien muere callada y absurdamente, sin reconocimiento de ningún tipo, y sin lugar en los altares, víctima de la injusticia y los poderes de este mundo. Simone Weil, en este sentido, trae a colación en algún párrafo la identificación de Satanás con estos poderes, en el episodio de las tentaciones narrado por Lucas. Es, precisamente, este poder el que le ofrece Satán a Jesús, y que éste rechaza.

La verdad no suele tener nombre y apenas se la recuerda. Pasa de manera desapercibida. En la filosofía lo expresó inigualablemente Walter Benjamin, y en la pedagogía Paulo Freire. Por eso, el auténtico saber que desvela y muestra, a veces incómodamente, es el que se sitúa en los márgenes de la realidad, donde ésta deja de ser la realidad normalmente asumida, y donde lo último pasa a ser lo primero. En este sentido, los bien tratados por la fortuna vivimos en un letargo del que nos pueden despertar, haciéndonos un incomparable favor, los más desafortunados. No se trata de incluirlos o estar con ellos, ni de ayudar o dar limosnas desde arriba, sino de que el propio discurso revelador acerca de la realidad, para que ésta sea algo más que un letárgico sueño, debe hacerse desde ellos. Se trata de recuperar su importancia epistemológica, axiológica y escatológica. Porque en la recuperación de esta realidad nos va, no sólo el conocimiento de cómo somos verdaderamente, sino el sentido y la orientación que tanto mendigamos en nuestra era postmoderna. A manera de relámpagos, decía Benjamin, se muestra entre las ruinas que éstas pueden alzarse y revivir. Ésta es la verdad del ángel de la historia. Nos constituye la muerte y la vida.

Yo creí sentir un relámpago de este tipo cuando en los últimos juegos paralímpicos ocurrió lo siguiente:

Competían por la medalla unos cuantos atletas con deficiencias de tipo psíquico, que tras el pistoletazo de salida, echaron a correr por la pista. Pero uno, apenas dar unos pasos, se cayó. En el suelo, su impotencia y angustia era tal que echó a llorar. De esto, poco a poco, se percataron sus rivales, que uno tras otro, se detuvieron. Todos retrocedieron para levantar a su “rival”, le dieron ánimos, y llegaron juntos a la meta agarrados de las manos.

En los márgenes se dan las mejores lecciones. El escándalo propio de una sociedad cruel e injusta es percibido con intensidad en los límites de la misma. Jaspers explicaba que las situaciones límites, en el plano existencial desde el que él hablaba, son reveladoras. Paulo Freire dotó a esta idea de un sentido político, es decir, los excluidos (él los llamaba oprimidos) expresan verdades. En este sentido, el aprendiz de sabio, sea filósofo o sea cualquier persona que se forma, debe aspirar a desarrollar esta sensibilidad para escuchar el silencioso mensaje de los oprimidos… Y en esta escucha, crecemos. De esta escucha, decía también Buber, recibimos el Yo y la faz humana. Aún más, como decía y practicaba la buena de Simone Weil, el educador debe fundirse con ellos, debe saber y tomar conciencia del grado en que uno mismo es uno de ellos. Creo que éste es el mayor logro al que puede aspirar toda pedagogía, en educadores y educandos.

Otro asunto relacionado: hoy que es el día internacional en que se recuerda el holocausto nazi, yo también recuerdo el énfasis con que el filósofo Adorno decía que lo más importante de la labor educativa debe ser educar para que Auschwitz no se repita. Entre otras cosas, decía, esta educación debe consistir en el desarrollo de una cierta repugnancia por hacer daño a los demás, una suerte de empatía con el que sufre de la que carecían los nazis. Muchos, además, hicieron daño por dejarse llevar, asumiendo irreflexivamente los valores que les ofrecía su sociedad. Algunos, sin llegar a matar, hicieron dinero o consiguieron cargos colaborando activa o pasivamente con el régimen. La sociedad nazi era una sociedad de ganadores y de perdedores, de triunfadores y de excluidos, y muchos la utilizaron para ganar y triunfar. De esta verdad, también, nos advierten quienes hoy viven en los márgenes de la realidad, excluidos y totalmente fuera de ella. Un nuevo ejemplo de ello: Me contaba recientemente una pareja de ancianos, analfabetos, que cuando necesitan en su casa el servicio de un reparador, obrero, empleado, empresa de cualquier tipo, algunas personas (no todas) suelen frotarse las manos pensando en el cuantioso beneficio económico que pueden ganar, que, teniendo en cuenta la edad y el analfabetismo de estos “clientes-consumidores”, se les ofrece hacer un buen negocio con ellos. Felices ganancias.

Saludos.