miércoles, 23 de enero de 2008

Tras un pálido minotauro


Moby Dick es una novela enigmática. Las interpretaciones de la misma se han multiplicado desde que se escribiera, y ninguna de ellas, como suele ocurrir, la agota. Para mí la novela posee un buen aval: recuerdo los momentos que dediqué a su lectura como momentos felices. Durante días el océano se constituyó en un desesperante laberinto, cuyo centro, ubicado en todas partes, albergaba un espantoso minotauro blanco. Acompañé a la obsesión del capitán Ahab, obsesión en la que su vida de marinero obtuvo un sentido de la muerte. Los símbolos, la novela como una gran alegoría, se burlan de una realidad que es más de lo que parece, pero que por eso, se convierte en menos. El gigante blanco arrastra al Pequod en una travesía de meses por un laberinto que, como el que forma el desierto, no tiene muros ni puertas. Ahab prefiere el fracaso antes que vivir sin sentido. El componente épico de la novela se funde con el religioso en un impulso a seguir navegando hacia un horizonte inalcanzable, pero que cuando se alcanza, suprema paradoja, resulta que mata.

Según esta novela el horror no es oscuro o tenebroso, sino de un blanco uniforme y cegador que mancha el mundo. Borges consideraba la historia de la ballena una pesadilla, tan parecida, por cierto, a su propia ceguera, que se convirtió en la visión de una atmósfera blanquecina y uniforme que lo invadía todo, según explicaba. No podía librarse de ella, ya cerrara o ya abriese los ojos.

Moby Dick enseña que la épica tiene algo de horrible, de sacrificio y de hielo. Se puede definir como esa interminable e incierta persecución de lo que acaba revolviéndose contra uno mismo. ¿Qué es, exactamente, lo que busca Ahab? El lector puede preguntárselo mientras lee (o devora, como yo hice) las numerosas páginas de esta historia convertida en clásico de la literatura anglosajona, una obra mítica que habla de un mito, y de ciertas trampas propias de los mitos. A Ahab, es su propia muerte, a la que arrastra a sus hombres, la que le otorga el anhelado sentido. Como un vampiro, extrae de ella su vitalidad. Hay en él un inquietante ascetismo, un intenso dolor y una leve esperanza.

Otro grande de la literatura, Walt Whitman, relata la llegada a puerto de un capitán al que reciben con honores que él no puede disfrutar, porque está muerto. Como le ocurre a Ahab, la consecución de su obsesión se torna final y tragedia. ¿Habría sido mejor vagar sin rumbo en la monotonía de las aguas inexplicables, profundas, inmensas? Terrible y tremenda ambigüedad la de Moby Dick.

Desde una visión semejante, pero con distinta resolución, tenemos al protagonista de otra intrigante novela de Melville: Bartleby el escribiente. Esta anticipación de Kafka consiste en un hombre cuya acción es no hacer nada. Repite constantemente la frase “preferiría no hacerlo” y se sume en una tarea inútil y tediosa: dejarse estar. También él obtiene el sentido mediante una cierta obsesión, absurda y trágica. Con razón, se ha dicho que anticipa el existencialismo. Su sentido, como para Ahab, se cifra en un empeño absurdo, en una tenacidad sin más. Encontré también, por tanto, la vastedad del mar en el rincón donde, agazapado, Bartleby se deja estar. El mismo laberinto cuyo centro está en todas partes y cuya circunferencia está en ninguna, reducido esta vez a un punto, como el borgesiano aleph, tan excitantemente tedioso.

Un abrazo.

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