jueves, 7 de febrero de 2008

Desde el gueto

La música popular, como todo lo popular, puede ser altamente contradictoria. Benjamin o Adorno llamaron la atención sobre sus ambigüedades, sobre el patético efecto de la pérdida del aura en la obra de arte y la conversión del objeto artístico en objeto de consumo en la era de la producción masiva. La advertencia es digna de tenerse en cuenta para evitar la trampa de las apariencias, es decir, como también señalara Marcuse, el discurso transgresor que en apariencia puede tener un objeto artístico puede ser desactivado si éste es absorbido por la fagocitadora sociedad de consumo. Bajo la máscara, a veces sinceramente creída por el artista, de revolución o rebeldía, se puede estar bien dentro de los límites marcados por la censura anónima e incluso colaborar con lo que se dice criticar. La necesidad de vender, el marketing, el mercado, acaban castrando la subversión, aún en los movimientos más rebeldes. El “enemigo” puede haberse integrado, perfectamente, en nosotros, constituyéndonos a su imagen y semejanza, como señala la crítica de las ideologías y los distintos neomarxismos han estudiado al detalle.

Una vez prevenidos por la filosofía de esta forma podemos aproximarnos a algo tan subversivo como ya devenido en bien de consumo masivo o comercial. Sin hacernos ilusiones sobre grandes críticas revolucionarias, bien es cierto que, con mayor o menor efectividad, la protesta puede hacerse presente. Tal vez oblicua y sutilmente. Por eso tanto Benjamin como Adorno dedicaron cientos de páginas a la “crítica de arte”. La verdad, los oprimidos, nos hablan como los sueños, oblicuamente. En nuestros confortables hogares pueden residir, también, las chabolas y la culpa.

La utopía hippie, por ejemplo, nunca llegó, pero los contraculturales melenudos sí acarrearon cambios sociales que mejoraron la vida y transformaron nuestras sociedades. Adorno también decía que ver las cosas es ya estar en el camino de la imposible liberación. Pues bien, hoy día podemos centrarnos en el rap y el hip-hop. Es cierto que en gran medida la denominada “cultura urbana” es comercial, superficial, puro escaparate y consumo, y que con formas rebeldes se colabora de hecho, activamente, con lo que se aparenta criticar; pero también se cantan verdades a ritmo de rap. Este estilo musical nació en guetos norteamericanos a principios de los ochenta. Yo recuerdo la época, de macarras con ropa barata de deporte y chamarretas gastadas que bailaban break-dance. La impresión que siempre me produjo el rap es la de un “decir verdades sin pelos en la lengua”, lo cual no es muy diplomático a veces, pero sí que resulta sumamente necesario y sano. Los urbanos hacen una música, un baile y un arte grafitero como a retazos, y en medio de versos y rimas comerciales, se cuelan algunas verdades. Yo he puesto, más de una vez, atención a su discurso. En su origen, y creo que de algún modo hoy, aunque todo lo comercializado que se quiera, perdura un discurso desesperado, iracundo, con algunas ideas claras y muchas oscuras. Su aval sigue siendo el gueto.

Cuando elaboramos discursos buscamos el apoyo de autoridades: científicos, filósofos, investigaciones. ¿Cuál es el aval del gueto? Pues ése: el propio gueto. Esto me ha parecido escuchando un grupo como La Excepción, entre muchos del mismo estilo que me han gustado, de tono algo más alegre que suele ser lo habitual en el eternamente enfadado mundo de rap. Ellos en cierto tema musical apelan a la autoridad de “un gitano y un lisiado”. Creo recordar que el verso afirma: “te lo dicen un gitano y un lisiado”, rubricando algún discurso que se ha desarrollado previamente. ¿Por qué será que en medio de tanta moda y música de consumo, me haya quedado dando vueltas esta categórica apelación?

Por supuesto para decir lo que ellos dicen hay que ser, en efecto, “un gitano y un lisiado”, o sea, un personaje marginal, del extrarradio. Eso es verdad. Esta esencia perdura, aunque muy asfixiada, en el rap. Ésa es su arisca belleza. Gracias a ello hay algo de luz en el infierno de la sociedad de consumo… Debemos agradecérselo. El rap seguirá siendo rap mientras oigamos en él la voz sincera de “un gitano y un lisiado”.

Un abrazo.