domingo, 17 de febrero de 2008

El mal que no cesa


Un tema clásico de la teología y la filosofía ha sido la conciliación de un Dios bueno y omnipotente con la existencia del mal, dividido a veces en mal moral (a partir de las acciones humanas) y mal físico (a partir de la naturaleza, como los terremotos o las enfermedades), a lo que puede añadirse el mal metafísico (imperfección del mundo debido a su finitud). Tanto la filosofía como la teología han buscado, a menudo infructuosamente, respuestas. Pienso que es un asunto básico en la reflexión humana, más que el de por qué hay algo en vez de no haber nada, por qué el mundo está ahí. Este problema parte de la curiosidad humana. Pero antes que la curiosidad intelectual, está la existencia (vida personal), a menudo dolorosa de los seres humanos. Es por esto que la pregunta por la existencia del mal es, creo, anterior y más perentoria que aquello que no es sino curiosidad intelectual. El hecho de que la vida duela es un asunto vital, prioritario, vinculado directamente con la vivencia de estar en el mundo.

Las respuestas han sido muchas, pero deficientes. En la teología se han elaborado lo que se denomina teodiceas que consisten en justificaciones de Dios, defensa y exculpación del mismo respecto al problema y origen del mal. Pero a veces, como se ha señalado, es peor el remedio que la enfermedad, y los sistemas explicativos han mostrado caras de Dios que lo pintan casi como una sádica divinidad sedienta de sacrificio y sangre. La antigua ambigüedad del Dios tremendo ante el que el hombre tiembla reaparece en estos sistemas o teodiceas, apagando el carácter acogedor y misericordioso más propio del Dios cristiano. Una solución, que en realidad no lo es, podría ser mirar lorquianamente al mal (la muerte) cara a cara, aceptando que existe, y que es un misterio y una injusticia inexplicable el ingente montón de dolor acumulado en la historia humana, que supera con creces cualquier bondad (La visión del ángel de la historia, según Benjamin). Sería un insulto e injusticia para las abundantes víctimas de, pongamos por caso, Auschwitz, que fuera de otro modo. Su dolor permanece como un clamor al que nadie parece responder.

Pero, creo que si este clamor permanece enclaustrado en los límites del mundo, sin la memoria de una divinidad que al menos lo recuerde y lo escuche silenciosa, como se dice en la película “Delitos y faltas” de Woody Allen, el mundo es una cloaca sin remedio (la cloaca de desechos de la existencia). Un Dios, que inexplicablemente no hace nada para remediar el sufrimiento, bueno y sin embargo responsable de un mundo donde el mal asfixia a toda bondad, puede al menos dar un cierto sentido oculto, aunque no sepamos cómo, a tanto dolor, de manera que lo salve o justifique. La garantía de que el mal, así, y sin saberse los detalles de por qué existe y predomina, no tenga la última palabra, podría mejorar nuestra existencia. Sólo así quedaría justificada la historia de enorme sufrimiento acumulado por la humanidad y las víctimas hallarían un sentido ante la aparente victoria de los verdugos. Es una respuesta bastante precaria que no debería suponer infravalorar el sufrimiento y la crueldad de la existencia humana, pero que haría una misteriosa justicia a las víctimas, frente a los sistemas de las teodiceas tradicionales que sí relativizan y ocultan su dolor clamoroso.

No obstante, hay sistemas que desde el ateísmo han afrontado el problema. El caso más estremecedor me parece que es, como ya comenté en un post anterior, el de Albert Camus. Para él no habría respuesta en absoluto ni esperanza, pues no hay divinidad que testimonie y recuerde, al menos, que el horror ha prevalecido. Pero eso no elimina la rebelión heroica del médico Rieux que se juega absurdamente la vida y olvida a su esposa para curar a las víctimas de la atroz epidemia. Tampoco aquí hay respuesta, pero el bien, no obstante, puede brillar aunque de una manera débil y parcial. Otra respuesta más cerca del ateísmo de lo que parece es la estoica, o también, el interesante enfoque de algunos pensadores judíos del siglo XX: Benjamin y la primera Escuela de Francfort sobre todo. Aunque en realidad ninguno puede ir más allá de constatar que en el primer y quizás único asalto de la existencia, gana el mal.

En cualquier caso, el mal permanece como una pregunta sin clara respuesta. Es cuestión personal el que cada ser humano opte por una resignación que supondría la victoria definitiva del sufrimiento y el horror, o por aceptar el envite y combatir, obstinadamente, con la esperanza utópica y la promesa de que las cosas tal vez podrían ser de otra manera, al menos en el caso del mal originado por las acciones humanas.

Un abrazo.

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