miércoles, 20 de febrero de 2008

Martin Buber y Paulo Freire


Hace unas semanas releí “Yo y Tú” de Martin Buber, y ahora tengo entre manos “El conocimiento del hombre” del mismo autor. Me está gustando mucho y encuentro una estrecha relación entre sus ideas y el pensamiento pedagógico de Paulo Freire. Creo que para entender bien a Freire puede ayudar bastante conocer el pensamiento dialógico de Buber. En concreto, el enfoque que del lenguaje y la palabra tiene el autor judío, su teoría del conocimiento y el análisis que hace de las experiencias con mescalina descritas por Aldous Huxley son temas sobre los que he leído recientemente en el libro “El conocimiento del hombre”. Interesantísima la desmitificación de la sobrevaloración que, excéntricamente, ha podido ver en la droga un viaje o conocimiento interior que enriquece la experiencia vital. A juicio de Buber, el consumidor occidental de mescalina se cierra al contacto con el otro, y sustituye la relación con la alteridad por una suerte de relación interna y cerrada consigo mismo. Esto significa un notable empobrecimiento de la experiencia vital y un alejamiento ensimismado de la auténtica esencia de lo humano, que, antes bien, se vuelca hacia fuera, la radical heteronomía de la persona señalada por Lévinas.

En general, para Buber el ser humano se desarrolla en el ámbito del entre, es decir, es, ante todo y básicamente, pura relación con lo diferente, con lo otro. Es la ubicación en el entre lo que marca la humanización. También el cosmos es, en una paráfrasis que hace el pensador de Heráclito, el mundo entrado en relación con el hombre, por la mediación del logos, o fuego en donde se da la tensión entre lo diferente. Valora, pues, a Heráclito, pero rechazan las visiones orientales (Tao, hinduismo) por anular la alteridad en la medida en que conciben la realidad como un monismo absoluto en el que “yo” soy “Tú”. El pensamiento creador surge, al contrario, de la apertura a lo extraño, a lo radicalmente diferente.

Las conexiones con la pedagogía de Freire son evidentes. Se manifiestan a cada paso que voy leyendo este libro tardío de Buber, verdaderamente excelente.

Por otra parte, ha comenzado el segundo cuatrimestre de docencia. Ahora imparto la asignatura “Teoría e instituciones contemporáneas de la educación”. Iniciamos la navegación con la presentación de la misma ayer martes. Aunque quizás es pronto para que los alumnos lo crean, pues habrá que ir mostrándolo y realizándolo, me esforcé en resaltar que la buena teoría es siempre práctica, como también diría Freire. Por eso, ni una sola línea, autor o tema están de más. No es buena teoría la que sólo sirve para ganar concursos televisivos, sino la que transforma. En este sentido, estudiando (y dando clases) re-creamos la cultura. Al menos así debería ser. Si no lo es, es porque algo falla, y en este caso, quizás sirvieran de ayuda autores dentro de la pedagogía como el denostado Iván Illich.

La asignatura combina razón e historia, por lo que yo la definiría como cultivo y desarrollo de la “peligrosa memoria” (Metz); memoria, que siempre lo es del sufrimiento y las expectativas liberadoras que portan, calladamente, los siglos. Su sentido en los planes de estudio es, creo, contribuir a ello para formar maestros con pasado y con futuro, esto es, sociedades mejores, con pasado y con futuro.

Un abrazo