domingo, 3 de febrero de 2008

Un espejo turbulento


Recuerdo que tras acabar la lectura de Los hermanos Karamazov, de Dostoyevski, la conmoción me duró dos meses. El impacto que la novela causa en el alma, su fuerza, es tal que resulta difícil eludir la resaca que deja, como un eco que resuena hasta mucho después de acabarla. La sensación es de haber culminado una desgarradora reflexión sobre los seres humanos, de haber sido arrastrado por una acción y unos personajes de intenso magnetismo. Dostoyevski siempre produce este efecto, pero en Los hermanos Karamazov se multiplica. Fue su última novela, en la que condensa toda una vida extraña y profunda. Es conocido cómo se libró de un fusilamiento con los ojos vendados y esperando la orden de fuego, en el último momento. Es una anécdota que refleja bien lo que constituyó su vida y su obra. La novela que en estos momentos centra nuestra atención, querido lector, sintetiza su pensamiento, labrado a lo largo de su agitada existencia. Sus protagonistas son tres hermanos que expresan tres estados existenciales, tres actitudes ante el sinsentido de la vida humana.


El mayor, Piotr, es un ser corporal, glotón e impulsivo, de gran fuerza física y apasionado. Se enfrenta a su padre, pero es el que más se le parece. Su existencia es un apurar hasta el límite las sensaciones, en un hedonismo brutal que llena toda ella. Es de noble corazón, pero no piensa demasiado.

Iván es un intelectual. Su racionalismo descarnado le ha convertido en un ser sarcástico, amargado, carente de fe y de esperanza. Su reflexión le conduce, con crudeza, al problema del mal y la existencia de Dios. En la famosa historia que cuenta a su hermano pequeño, El gran inquisidor, resume su visión. Es un héroe prometeico que se rebela una y mil veces contra la evidencia de un Dios que soporta el mal y una teodicea que justifica el sufrimiento de los niños y los inocentes. No hay excusa. La razón no tiene respuesta para ello y tampoco puede aceptar las divagaciones balbucientes de la religión. Su desconsuelo y su compasión le obligan, contra su deseo profundo, a ser ateo. Pero acaba, también, renunciando a la moral (Si Dios no existe, todo está permitido) y colaborando, por omisión, con el mal. Este conflicto le vuelve, literalmente, loco. En una alucinación habla con el demonio, que se le presenta como un irónico dandi conversador lleno de agudeza e ingenio. Así pues, Iván es de noble corazón, pero piensa demasiado.

Alexei es un joven que, también con un gran corazón, se deja arrastrar por éste. Comprende que el mundo no tiene sentido y le duele el mal y el sufrimiento de los inocentes. Pero Alexei encuentra claves para un cierto sentido de la existencia en la religión. Descubre que nos salva el recuerdo (el buen recuerdo) y el amor. Queda así, acaso precariamente, justificada la triste vida de los hombres. Su existencia es una búsqueda que no cede, obstinadamente, a la desazón, como le ocurre a su hermano Iván o a la fogosidad del presente, como Piotr. Sencillamente no se conforma con que el sufrimiento tenga la última palabra y con que sea el verdugo quien triunfe sobre la víctima. Comprende que de otro modo, el camino es, como le ocurre a Iván, el del crimen y la locura. Su fe es una fe contra corriente en que, a pesar de todo, y contra todas las apariencias, el mundo es bueno… dolorosamente bueno.

La compleja narración de Dostoyevski, que fue al mismo tiempo los tres hermanos, discurre, trazando argumentos, sugiriendo respuestas y preguntas, dibujando un retrato de eso que se ha dado en llamar humanidad. Los problemas, tal como los he formulado, son ahondados de una manera inigualable, conmovedora. En efecto, lo que expresa la novela sólo puede ser expresado narrativamente. La filosofía, en esta ocasión, se funde con la literatura.

Espero no haberte cerrado la interpretación, querido lector. Recuerda siempre que, de hecho, las interpretaciones de una obra maestra, como es la que nos ocupa, se suceden y se multiplican, naciendo y desarrollándose con cada lectura… cada lectura encuentra un matiz, y todos ellos, inagotables, son la obra.
Un abrazo.