lunes, 24 de marzo de 2008

Don Quijote o la victoria en el fracaso.


La novela Don Quijote nos sitúa, en sus últimas páginas, en el lugar donde el ser humano asume la dolorosa realidad del fracaso, pero siendo capaz de orientarse en lo real a partir de una impugnación crítica de una sociedad estructurada injustamente. Don Quijote no es un héroe, verdaderamente, hasta que arrojado al suelo arenoso de la playa por su oponente, toma consciencia de su fracaso. El camino de la transformación no es el que iniciara en su inocencia, una brusca contraposición entre su mundo delirante y el mundo real. Sin apenas tocar la realidad, se separó de la misma en su sometimiento al rancio ideal caballeresco y emprendió la vivencia individual de un mundo diferente al de los seres humanos. No obstante, los seres humanos y la realidad se le cruzan, se topa con ellos, y él va modificando su visión. Resulta patético el momento que, dentro de su largo aprendizaje, se ve en medio de una batalla real, en la segunda parte de la novela, cuando el barco en el que va es atacado por unos piratas. Don Quijote siente miedo. El valeroso caballero que se imaginaba victorioso y heroico en mil batallas, cuando vive una batalla real, reacciona como un ser humano real. A partir de ahí, va entendiendo el difícil juego de mezclarse con el mundo, de ser mundo, pero manteniendo esa inocencia combativa de caballero andante. El caballero andante hace mal si se define sin contar con la realidad, y aún más, si se cree definido de una vez por todas. Por suerte, cuenta con la ayuda de alguien dolorosamente inmerso y tragado por la realidad: el campesino analfabeto Sancho Panza, que de estar tan convencido de que los valores de su mundo (los socialmente avalados) son inequívocos, se halla, irónicamente, también escindido del mundo y dominado por los ideales nacidos del hambre. Uno y otro permanecen esclavos.

Desde estas escisiones no se puede transformar el mundo que las generó. Es necesario el reencuentro dialéctico con el mundo y los hombres para que, en el caso de Don Quijote, éste asuma el necesario pesimismo. Para este reencuentro hay que abrir los ojos y también escuchar atentamente, freirianamente. El peligro está, no obstante, en que el pesimismo desilusionado ya no actúe como un resorte crítico y que el caballero se deje morir, como de hecho ocurre. Entonces, en su agonía, Sancho apelará a los viejos ideales para intentar revivirlo. Es importante hallar la dosis de realidad y de sueño requerida para la re-construcción de lo que Ellacuría llama realidad histórica. Ver el acá de posibilidades con la orientación de un más allá de realizaciones de las mismas. Es en este juego vital donde el filósofo-teólogo de la liberación ubica el pensar filosófico, un pensar que identifica ideologizaciones, para desactivarlas. Éstas pueden adquirir el modo de un idealismo distanciado del mundo real que contribuye a que nada cambie (Don Quijote). Pueden también someterse a una versión bruta de lo real, sin elaboración filosófica, ceñida a los hechos y a sus dinámicas opresoras (Sancho Panza). Ambos son víctimas y ambos, lamentablemente, se equivocan. El acierto es que sólo al final Don Quijote vuelve a ser Alonso Quijano, que tras el miedo, el choque con la realidad y el recuerdo de los ideales vencidos, sí puede llamarse, con exactitud, “caballero andante”. Al mismo tiempo él habrá vencido, entonces, las ideologizaciones para ya hallarse en el terreno de lo real, es decir, el terreno donde es posible hablar de utopía y esperanza.