martes, 18 de marzo de 2008

El jardín de Epicuro


Continúo leyendo el libro de Martha Nussbaum sobre ética helenística que se extiende, en la primera mitad, en una exposición de la particular receta de felicidad epicúrea. Se atiene sobre todo a las fuentes romanas y comenta detalladamente el poema De rerum natura de Lucrecio. A diferencia de los estoicos, los epicúreos reconocen el valor positivo de ciertos deseos y afectos, en especial los que nos vinculan amablemente a los demás y a la ciudad. Pero como ellos, desarrollan una terapia que procura dos cosas esenciales: el conocimiento de uno mismo y de las emociones, por un lado, y, en el caso de los discípulos de Epicuro, el ajuste de los deseos a una conciencia de la propia finitud. O sea, no desear lo imposible, ni lo que se acumula y genera adicción. No se debe alimentar las vanas expectativas de inmortalidad y superación de una limitación que nos constituye, en cuanto que somos seres finitos distintos de los dioses. Para vencer los miedos generados por la muerte o la religión, se desarrollan argumentos y una dialéctica racional destinada a ello, que Nussbaum analiza pormenorizadamente y que los epicúreos estudiaban de memoria para interiorizarla (a diferencia de los estoicos, mucho más dados al razonamiento continuo y constantemente referido a circunstancias concretas que van surgiendo a lo largo de toda la vida). Temas esenciales son el miedo a la muerte, la desmesura y el temor en los deseos amorosos, la cólera (que mezcla temor por la propia vulnerabilidad y deseo de castigo a quienes juzgamos que nos han agredido), el poder y la posesión, la agresividad y la guerra. Lucrecio repasa estas emociones negativas en busca de lo que para los epicúreos es la filosofía: medicina que se ocupa de hacer felices a los seres humanos.
Además, los epicúreos partían de una asimetría básica en las relaciones humanas entre un maestro-gurú, que moldea a unos discípulos, viviendo todos en comunidad. Se cultiva la amistad, el estudio memorístico de recetarios, como las Máximas capitales de Epicuro o la síntesis terapéutica presente en la Carta a Meneceo del fundador de la escuela, las relaciones tranquilas en el matrimonio, la familia, la sociedad (Lucrecio). En muchos casos, la relación entre el maestro se asemeja a la relación entre el terapeuta y su paciente en la psicología profunda, llegándose a considerar el valor de sacar a la luz lo oculto en las profundidades del inconsciente. El discípulo aprendiz puede no ser consciente de las tensiones y emociones que operan en él, como el miedo a la muerte, que suelen estar más ocultos de lo que creemos. A juicio de Epicuro, aunque no se reconozca, toda una vida puede regirse por un inconfesado temor a la muerte o a la propia vulnerabilidad. Aceptar la finitud será la terapia que, irónicamente, aproximará al discípulo a la única forma de invulnerabilidad permitida a los seres humanos. Se intenta crear un hábito arraigado en esta asunción de la finitud, mediante un proceso formativo largo y costoso en la persona, de manera que el individuo enfoque la vida de una manera no habitual en nuestras sociedades violentas y competitivas. Para Epicuro los hombres pueden, en suma, parecerse a los dioses, salvo en el detalle de que somos mortales. Nuestra única felicidad posible es una felicidad de deseos educados, de placeres en su justa medida y de aceptación de la precariedad de nuestra circunstancia, precariedad a la que, sin embargo y a diferencia de los dioses, debemos lo mejor que tenemos como seres humanos (las virtudes, la compasión, etc.).