miércoles, 26 de marzo de 2008

Juntos y revueltos.


Hay un interesante libro de Lévi-Strauss titulado Raza y cultura (Ed. Cátedra) que consta del texto de dos conferencias que el antropólogo dictara en cierta ocasión para la ONU, en cierto evento contra el racismo que se celebró en la organización. En buena medida es una excelente lectura para quien desee argumentar con razones basadas en la ciencia y la antropología un discurso opuesto a todo esencialismo racista. El antropólogo suizo diserta en torno a la idea de progreso y critica los prejuicios en relación con la idea de la supremacía de un pueblo o raza que ostentara una superioridad intelectual frente a otros. Analiza el tipo de progreso que se ha entendido a partir de los avances tecnológicos e intelectuales (porque tampoco está claro qué es el progreso ni a qué llamamos progreso), o sea, desde la industria del sílex en la edad de piedra, la alfarería o la agricultura. Su conclusión es que todos los pueblos, y personas, de la humanidad han manifestado y manifiestan una creatividad expansiva y un movimiento de continua búsqueda intelectual. No hay culturas que no inventen o piensen; todas son imaginativas y albergan el elemento creativo e inteligente propio del ser humano.

Constata Lévi-Strauss que, aparte de esta universalidad de la inteligencia, cuando el progreso tecnológico se ha disparado en determinadas regiones es gracias al contacto e interacción entre varios pueblos que se influyen. Emplea la metáfora del juego de los dados en que cada pueblo realizaría una tirada, para sumar el resultado obtenido al de otras tiradas de otros pueblos. Para inventar objetos complejos y sacarles buen rendimiento práctico no sólo es preciso inventar cosas, sino hacerlo en el orden requerido. Hay que adquirir destreza con el barro antes del metal, por ejemplo. Es como un camino que debe seguir sus pasos lógicos. Por eso, se puede descubrir la rueda o la pólvora y no hallarle una utilidad que genere mayor bienestar material en el pueblo inventor. Para que los inventos aparezcan en el orden que deben ir haciéndolo para determinar un progreso más o menos lineal, es precisa la coalición de “jugadores” que aportan sus inventos y recogen los de los demás. Entonces, la probabilidad de progreso aumenta, por la combinación de infinidad de jugadores que tiran sus dados.

En resumidas cuentas: el progreso lo ha dado el mestizaje, como se constata en la historia: La civilización árabe, Oriente Medio, Asia, Europa, Imperio Romano, América Latina, la Centroamérica precolombina, Estados Unidos, las civilizaciones africanas, China. A mayor contacto con los “otros”, podíamos decir, ha habido mayor posibilidad de salir de las cavernas y progresar materialmente. Y los lugares han variado según las épocas, pero en cualquier caso, ha quedado históricamente demostrado que no hay lugares privilegiados en este sentido. Todo aristocrático elitismo que ensalza la propia sangre y grandezas de los antepasados frente a la sangre y antepasados del vecino ha resultado, además de peligroso, falso. Entraría en los fenómenos de corte autoritario que tanto daño han hecho siempre a los sufrientes seres humanos.

Bien es cierto que, según el antropólogo, las culturas manifiestan una tensión entre ser ellas cerradas en sí mismas, conservando su peculiaridad, y mezclarse o comunicarse con los vecinos. En realidad, deben darse ambas tendencias, contradictorias, a la vez. Pero en cualquier caso, de su teoría se desprende que el aislamiento podría significar la muerte de una cultura, como ocurre con las personas individuales. Se puede, pues, poner límites espaciales a un estado, pero resulta un forzamiento y estrechamiento de la realidad hacerlo a una cultura. Las culturas, amigo mío, fluyen y, como Freire decía, son puentes, lugares de paso, sitios vivos donde uno se comunica y abre a los demás.

Así pues, sabias son las palabras y advertencias de Lévi-Strauss frente a toda tentación etnocéntrica de esgrimir osadamente el concepto de “pureza étnica”, “limpieza de sangre” o el narcisista culto a lo propio que redunda en la exaltación de la parte más muerta de toda cultura: su folclore. Y no digamos si se continúa mezclando ese ideológico e interesado discurso con la ya rechazada ampliamente por la ciencia noción de “raza”. Toda pureza étnica no es más que un cierto fantasma y una ceguera que no quiere ver y teme esa bendición que se llama mestizaje y que tanto elogia el arte musical, tan cosmopolita, de Manu Chao.

Cuidado con las ideologías e ideologizaciones, que nos diría Ignacio Ellacuría, tan socrático y comprometido como fue. El racismo forma parte de esas cosmovisiones interesadas y elitistas que dividen y cosifican a los seres humanos, y que muchas veces han matado y matan. Porque aflora por donde menos se espera. Por contra, quien ama la libertad debe ser, necesariamente, ciudadano del mundo; si el defensor de la libertad se quiere instalar en algún sitio ha de ser entre los últimos y los excluidos, es decir, junto a las víctimas de todos los racismos habidos y por haber.

Un abrazo.