sábado, 15 de marzo de 2008

Medicina y filosofía II

El buen cine es un medio expresivo donde la capacidad de sugerir mucho con los mínimos recursos es elevada a la máxima potencia. Siempre se trabaja con estereotipos que, si la obra es buena, fingen no serlo y se logran asemejar en la percepción “amaestrada” del espectador a la vida real. Por eso el cine es magia, engaño y ficción aun cuando trata de historias realmente ocurridas. Yo he tenido el empeño en alguna ocasión de componer un guión cinematográfico, que quedó en mero aborto de unos días, pero que me sirvió para comprobar la enorme tensión y el minimalismo de la expresión cinematográfica. El cine es narración que muestra y persuade, más por impacto que por reflexión, ya que la palabra es importante pero la imagen y la estructura de las escenas aún más. La fuerza expresiva de una frase, aun trivial, queda reforzada por los preliminares, que contribuyen a realzarla. Todo esto se materializa con el trabajo de actores y directores, pero es en el guión donde se concibe realmente. Me decía un amigo cineasta que el guionista es responsable de la película al menos en igual proporción que el director, lo cual no siempre se reconoce. Hacer un buen guión es en extremo difícil.
Un buen ejemplo de tópicos uno detrás de otro que, sin embargo, por el buen arte, cosiguen ser vistos como acontecimientos y personajes verosímiles, es la película Casablanca, por decir una muy conocida. Pero hoy día el cine también nos llega por la televisión, en forma de series televisivas. Yo me he enganchado irremediablemente a House, que gira en torno a un personaje que es un médico excéntrico con poco apego a la vida y a los demás, de enorme pesimismo que parece refugiarse en una cosmovisión mecanicista y biologicista del ser humano. Es bueno diagnosticando, muy bueno, pero se lo toma como una tarea mental, lógica, en la que emplea su inteligencia con un cierto desprecio de los elementos psicológicos y afectivos en la relación médico-paciente.
House representa esa visión. Es un personaje bien construido que logra seducir y hacerse muy atractivo por estas peculiaridades, precisamente. Pero estos rasgos de persona excéntrica y amargada para el que vivir es diagnosticar con fatalismo y toparse cansinamente con la muerte, los seres humanos y los incómodos afectos, tiene sus contradicciones.
En la serie abundan temas y circunstancias que dan que pensar. Hay dilemas éticos que el paciente y los distintos médicos del hospital se esfuerzan en resolver, desde sus personalidades y creencias. Algunos tipos contrastan con House e interaccionan con él. En los capítulos de esta temporada, la cuarta temporada creo, juega con unos aspirantes a sustituir a su antiguo equipo. Las personas esconden miserias en el alma y él, despiadadamente, las saca a relucir, denunciando las incoherencias de unos y otros. Tiene que escoger ayudante y se dedica a denunciar las verdaderas intenciones con las que los aspirantes acuden a trabajar en el hospital: la persona seductora que esconde su mediocridad, el religioso con doble moral, la competitiva que queriendo ser despiadada como House es en realidad, pura y simplemente, malvada y envidiosa, cosa que no es House. Las situaciones se suceden y House se limita a jugar ese juego lleno de mala leche que él entiende que es la vida, y desde luego, cuesta quitarle la razón. Un ejemplo de este juego que jugándolo es en realidad crudamente denunciado por House: en cierta ocasión salva profesionalmente la vida a un preso del corredor de la muerte, no sin antes preguntarle por qué había intentado suicidarse antes de la ejecución. Porque en el fondo a House le interesan las personas y sus motivaciones, y mucho. En ocasiones llega incluso a un diálogo profundo con ellas, como en el capítulo de la chica embarazada por una violación. Y le llega a preocupar tanto la muerte, contra lo que aparenta, que se la produce unos instantes para comprobar, antes de ser reanimado, si hay “más allá”. Eso no es, precisamente, asumir las cosas sin más, sino que pretende ir más lejos, pero a sabiendas de que no se puede. Su praxis médica es, en este sentido, trágica. El médico parece un luchador que ha dejado de luchar, o, mejor, que lucha por inercia como un animal, porque tal vez sean los animales lo único sensato en el mundo. Todo ha caído para él y lo único que permanece en pie es la tragicomedia de una humanidad enferma e impotente que acude día tras día a los hospitales para que la curen.

Aquí va un pequeño ejemplo:

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