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miércoles, 5 de marzo de 2008

Teoría y práctica en la educación


Respecto al lugar específico de la filosofía de la educación, creo que puede orientar lo que para la filosofía en general concibiera el filósofo y teólogo Ignacio Ellacuría. Para él, es necesario superar el idealismo que deviene en un discurso ahistórico e intemporal, ajeno a la praxis y que suele encerrar un fuerte componente ideológico (legitimador, encubridor). Esto quiere decir que la filosofía, para que no deje de serlo en su especificidad, no debe convertirse en un saber meramente teórico, que se desarrolle desde una aséptica reflexión. Pero es preciso también prevenirse del peligro de un discurso fundido con la práctica de tal manera que sin tomar distancia de ella acabe sirviendo a intereses políticos concretos, de manera a-crítica. En este sentido, es necesario cierto grado de objetividad y distancia respecto al quehacer práctico, sin acabar desvinculándose del todo de lo que ocurre históricamente. Es imposible eludir una historia que más allá de condicionarnos, nos constituye, pero hay que ser consciente de este componente histórico y de las posibilidades concretas que va presentando. Así pues, Ellacuría entiende la filosofía como saber crítico que toma consciencia de las tendencias reales (históricas) a las que identifica objetivamente.

Esta reflexión puede aportar bastante al saber pedagógico sobre la educación. La buena teoría no es teoría en las nubes, una teoría que pudiera imaginar un ángel, sino un saber entremezclado con la realidad y que cobra su sentido de ella. No pierde el contacto con el hacer práctico en las escuelas, ámbitos informales, etc., de la educación, pero no se reduce a comentar las tendencias existentes, so pena de colaborar irreflexiva e ideológicamente con los juegos de poder y fuerzas políticas. Para ello, es necesaria la filosofía como un tomar distancia objetivamente, según la aspiración de las ciencias pero sin reducirse a ellas. El problema es que tanto una filosofía idealista como una filosofía sirvienta de la práctica jamás verán que podemos estar dando vueltas a la noria sin saberlo. El lugar de la filosofía en relación con los saberes educativos es comprobar si al actuar damos vueltas sin ser conscientes de ello y nos hallamos atrapados en dinámicas políticas que no conocemos, lo cual se agrava si resulta que son las dinámicas que contribuyen a la perpetuación de las injusticias.

La filosofía de la educación, pues, es saber crítico, terapia contra el fanatismo, liberación, transformación, superación. Es realista y, contra los prejuicios existentes, bien asentado en el suelo. Porque a veces se puede estar volando entre las nubes atrapados en un ideológico discurso que afirma tratar con hechos empíricos, datos objetivos y revestido de supuesta neutralidad. Es el discurso incapaz de salir de sí mismo y de ver las cosas como son en su devenir histórico, perdido en los prejuicios de una supuesta neutralidad y que en definitiva acaba haciendo lo que le dicen.