jueves, 10 de abril de 2008

La calma en medio del temporal


El elemento de resignación del Estoicismo no debe hacernos olvidar la tensión que le es propia a esta escuela helenística, dada en la medida en que al mismo tiempo el estoico manifiesta una peculiar combatividad y un fuerte rechazo crítico a los valores usuales de la sociedad. El estoico adopta la tenacidad moral de un Sócrates que no cede ante la injusticia y se resiste a aceptar que ésta tenga la última palabra. Séneca, Epicteto no se resignan a convertirse en elementos activos en una sociedad que juzgan profundamente contraria a la dignidad humana. Su rechazo del poder, la riqueza, la dependencia de bienes externos, la opinión ajena, la rivalidad, la envidia, la búsqueda de aprobación, la fama y todo lo que en un sentido u otro nos esclaviza, según ellos, los convierte en figuras rebeldes. Su firmeza en la persecución de la justicia les conduce a menudo a una confrontación más directa de lo que se ha dicho con el poder, como creo ver en el último Séneca. El poder, en cuanto que es elitista por naturaleza, es decir, para privilegio de pocos, repugna a la moralidad del estoico. Pienso que no es muy apropiada la crítica que se ha hecho de autores como Séneca, tachados precisamente de elitistas y de pertenecer a las clases bien acomodadas. Séneca dirá que el buen estoico (aprendiz de estoico, ya que el sabio como tal no existe ni él mismo pretende serlo) tiene riquezas, ha de estar dispuesto a, si se da el caso, verse desprovisto de ellas. Lo mismo ocurre con todos los bienes materiales y las posesiones que motivan a la mayoría de los seres humanos. Esto es, por supuesto, algo dificilísimo de conseguir. Pero hacia ahí tiene que encaminarse el estudio y la filosofía, hacia una transformación de la vida y conducta del filósofo, lo que en post anteriores hemos denominado el aspecto terapéutico de la filosofía entendida como medicina.

Con todas las limitaciones propias de la época que quieran verse, lo cierto es, y acabo de leerlo tanto en Séneca como en Epicteto (sé que también lo afirma taxativamente Marco Aurelio), que todos consideran una ciudadanía universal básica en todos los seres humanos, por encima de condiciones sociales o nacionalidades particulares. El concepto que posteriormente tanto agradaría a los ilustrados (que también lo usaron con sus limitaciones específicas, como es sabido) nació entre personas de la Antigüedad a las que espantaron los excesos de la política y la sociedad, violentísimas, de su época. Señalaron una dignidad común a los hombres que a veces fundaron en cierta participación del alma con lo divino, en el uso de la razón y en la consecución de una virtud entendida como principio rector del universo relacionado con la moderación. Esto último son los dogmas propios que defendieron, pero llama la atención en figuras como Séneca lo poco dogmáticos que podían llegar a ser. Cuando Séneca, en las Cartas a Lucilio, el De Ira, Sobre la tranquilidad del ánimo dialoga con un discípulo, lo hace sin forzarlo a que piense como él. Admite la pertenencia del discípulo a otras escuelas filosóficas y sólo es más directamente crítico con el escepticismo. Utiliza recursos persuasivos y argumentativos para remover los niveles inconscientes del interlocutor, pero siempre con un enorme respeto. Como señala Martha Nussbaum, a diferencia de las otras escuelas helenísticas, los estoicos practicaron una notable simetría de las relaciones entre maestro y discípulo que yo personalmente elogio y creo que pueden servir, tal como la expresan los escritos que nos han llegado, como un valioso modelo pedagógico.

Además, deseo citar un elemento que ayer hallé formulado en Epicteto: el tan socrático intelectualismo moral. Según él, hacer el mal es una cuestión de ignorancia e incluso de mutilación semejante a la ceguera. Del mismo modo que, aun siendo evidente la diferencia, un ciego no puede discernir lo blanco de lo negro, con la moral puede haber una suerte de ceguera que impida reconocer el bien como algo deseable. Según esta creencia, una persona sabia debe ser, necesariamente, también buena, como manifiesta claramente la figura de un Sócrates. Uno actuaría bien, muchas veces contracorriente, porque sabe que es lo mejor realmente para los demás y para sí mismo, sin que se establezca la tan burguesa y neo-liberal separación entre el individuo y la sociedad. Los intereses de uno coinciden con los de la otra, sin forzar ninguno de los dos ámbitos. El sujeto que actúa moralmente lo haría porque, dentro de esta perspectiva material de la ética, ha visto que la salud humana va por ahí, y está convencido de que es lo mejor. Por eso, resultaría una falacia decir que el robo o la mentira busca el interés particular y se contraponen al correcto funcionamiento de la sociedad. En realidad, el robo atenta contra los propios intereses en la medida en que te deshumaniza, te aleja de tu verdadera felicidad que necesariamente ha de pasar por el respeto y amor a los demás. Robar, mentir, abusar del poder nos impedirían realizarnos sanamente como personas, y nos aproximaría, por el contrario, a cierta suerte de patologías.

Pienso, por tanto, que en el Estoicismo sí hay una fuerte conciencia social y voluntad de transformación y ayuda a los demás, siempre que se entienda correctamente lo que quieren decir Séneca o Epicteto a lo largo de toda su obra. Esto es bien distinto de la pasividad resignada y cómplice muchas veces del poder y las injusticias en que ha degenerado el estoicismo, especialmente cuando fue adoptado por algunos autores cristianos. En cualquier caso, es cierto que existe esta tensión (y otras muchas) entre la resignación y la combatividad en la escuela estoica, que en los autores romanos llega a ser una abierta y peligrosa crítica al poder que a Séneca, como es sabido, le costó la vida. A veces, una manera de combatir, dadas las circunstancias, ha de ser la resistencia y la inquebrantable fe en las propias convicciones.