martes, 1 de abril de 2008

Luciérnagas en la sala de proyección


La dialéctica no es cosa de Marx o Hegel solamente. Ya alguien había dicho que en la cruz podía verse la vida. El juego de vida y muerte de las religiones que, como dijo Schopenhauer, necesitan de la oscuridad para brillar como luciérnagas. Del no resurge el , de la negación la afirmación. En el arte, también, está la ironía, que dice lo contrario de lo que dice. Y en las historias que nos cuentan, los héroes pueden ser monstruos al mismo tiempo. Así, con el estigma de la ironía dialéctica nació el cine, diversión y pesadilla desde sus inicios. Como un juego de luces y sombras, de imágenes estáticas que fingen el movimiento, de blanco y de negro, el cine ha arañado y sacado a su luz incierta lo que habita en la penumbra y que avanza a rienda suelta durante la corta tregua del sueño audiovisual ante la pantalla hipnotizante. Efímero como la propia luz, nos habla. Cuenta historias como El gabinete del doctor Caligari, irónica confusión de lucidez y locura en la que un durmiente sonámbulo se deja ordenar por el inquietante doctor. Dicen que reflejó el deseo inconsciente de ser llevado por alguien, deseo que acabó arrastrando a cierta nación y continente a la barbarie. Los actores se tornan en este filme muñecos grotescos en una trama inverosímil y absurda que no es sino un relato de locos. La desmesura de sus gestos, de los decorados expresionistas y la trama recuerdan la desmesura de la guerra en el siglo XX. Porque la desmesura mata, diría un alma estoica, la desmesura hastía, cansa, desvía y confunde. El cine ha mostrado, pues, esa confusión desmesurada de sueño y realidad que sólo queda exorcizada al final, aunque dejando una triste estela en el corazón del espectador sonámbulo. La película es irónica, como todo el séptimo arte, que para brillar debe hacerlo en la oscuridad de la sala de proyección. Pero para ironía, la de la película Freaks (La parada de los monstruos) en la que lo grotesco enamora y resulta normal, mientras que lo normal se torna espantosamente grotesco. Hay también aquí cierta desmesura que horrorizados descubrimos que existe realmente. Además, irónicamente, la palabra freak, de apenas usarse y sólo con un sentido fuertemente peyorativo, ha pasado a ser una palabra normal que se refiere a personas normales, a cualquiera de nosotros.

También en la película Metrópolis se desdobla la realidad, dentro y fuera de la pantalla; la fábrica liberadora se torna una horrible visión en la que la máquina se traga literalmente a quienes trabajan para ella. Y aun más, fuera de la sala de proyección se puede hablar de cosas horrendas sin inmutarse, o transitar por un jardín de senderos que se bifurcan manteniendo una leve sonrisa; o alabar las últimas palabras de Sócrates que tal vez nos salvan, o nos condenan; o Séneca que elogia a dioses finitos; o el esclavo Epicteto que puede ser Marco Aurelio al mismo tiempo… O sencillamente, el fuego, que lo es todo y también nada.