miércoles, 2 de abril de 2008

Serpientes en el alma


En la película Freaks hay un elemento perturbador que no mencioné en el post anterior. Éste es la manera en que el espectador es conducido a hacerse cómplice de una venganza monstruosa, pues la película va creando el sentimiento de que hay que saldar una deuda, como en efecto se salda al final espantosamente. Hay una escena en la que el vengativo espectador fácilmente puede llegar a desear que la cohorte de figuras grotescas que clama bajo una lluvia torrencial y entre las ruedas de las carretas del circo, dé rienda suelta a su salvaje y subterránea violencia. El espectador se convierte en cómplice de una justicia del Talión, de un pago de sangre por el que los freaks dan su merecido a una persona “normal” que les ha maltratado anteriormente. Pero cuando la venganza se ha consumado, el espectador descubre que él también ha desembocado en algo horripilante y monstruoso. El cine tiene la capacidad de mostrar elegantemente algo tan poco elegante como es la violencia. Es lo que muestra la saga del padrino, o los filmes épicos, bélicos… De manera extraordinaria lo hacen los hermanos Coen en Muerte entre las flores, o Kubrick en La naranja mecánica. Gracias a esta “magia” del cine el espectador puede identificarse con una violencia extrema sin sentir culpabilidad, vergüenza o malestar. No es el caso de Freaks. La sensación que uno tiene tras la espantosa metamorfosis final que ocurre en la película es que esa suciedad le ha tocado a uno, que uno casi ha llegado también a convertirse en un engendro grotesco como la mujer gallina. Esta es la virtud de la película, el juego entre normalidad y anormalidad, entre lo cotidiano y lo monstruoso, separados por una línea indiscernible, y que atrapa al propio espectador. Uno se descubre cazado por la pesadilla hecha realidad.

Séneca intenta algo parecido en su versión de la tragedia Medea, según el libro de Martha Nussbaum sobre ética helenística que ya casi he terminado. El lector se topa en ella con la extrema violencia del amor, los celos y la venganza. Nos muestra la desmesura de la pasión y su nocivo efecto en el cosmos, pero para justificar una actitud estoica ante la vida, de “extirpación” de las pasiones. No obstante, en la interpretación de la escritora norteamericana, Séneca elabora otro discurso paralelo y desarrolla una tensión colateral, acaso inconsciente, en la que lo criticado (la pasión) es defendido. Séneca compara dos actitudes, que podríamos denominar “pasional” y “estoica” y no acaba de decantarse claramente por la estoica. Parece admitir regiones de incertidumbre. Nos muestra lo monstruoso de la pasión, que siempre acaba desbocada, pero al mismo tiempo hay una cierta admiración por los frenesíes que ponen a la vida en movimiento. Cabe preguntarse, a partir de su Medea, si es posible y recomendable la extirpación absoluta de las molestas pasiones. Acaso lo humano requiera, en ciertas ocasiones, el torbellino amoroso y sentimental. El estoico manifiesta una tensión entre su resignada pasividad y su vocación médica altruista y fraternal, su universal respeto y amor a los seres humanos. Cabe preguntar si, en efecto, las acciones solidarias, el admirable heroísmo de un Dr. Rieux en La peste de Albert Camus, podrían sustentarse en la supresión del deseo, como propugnan los estoicos. Está claro que el irracionalismo y las pasiones violentan peligrosamente la vida humana, pero también podemos preguntarnos si ese movimiento solidario y esa universal vinculación a los seres humanos que pretenden los médicos filósofos estoicos pueden darse sin una cierta dosis perturbadora de amor y deseo.