lunes, 21 de abril de 2008

Un rumor de bajeles negros que buscan por el mar una isla querida


Seguramente quien descifre el misterio de la épica lo sepa todo sobre los hombres. Leyendo la Odisea se adivina que en el origen estuvo un dolor remotísimo que Adorno juzgó doloroso desgarro. Se deja entrever cómo algo sucedió, cómo hubo una cierta pérdida con mucho llanto. Por cierto, llama la atención, contra nuestro pudor un tanto hipócrita, lo entremezclado que andaba en tiempos de Ulises el valor guerrero con el llanto. Un héroe como el aqueo de Ítaca se limitaba básicamente a dos acciones: luchar y llorar. En la épica, por debajo del argumento y las proezas, se habla, creo, de la misma tensión que más adelante explotara la tragedia. En la Odisea, la tensión se bifurca en una suerte de ininterrumpido laberinto: lo que uno verdaderamente es y lo que aparenta; el deseo de evitar un dolor al que se atribuye, sin embargo, el papel de inspirador para que los hombres puedan cantar hermosas historias; la nostalgia del hogar y el afán de explorar nuevos rincones; el frenesí de la vida y la existencia humana frente a los muertos con los que Ulises habla, que apenas son sombras informes y que le recuerdan lo que, tenga o no éxito su búsqueda, él mismo será. La propia imagen del océano simula la de un laberinto acuoso, en donde se alberga tanto el Hades como el Olimpo, y en el que los dioses señalan rutas y senderos como los que se bifurcan en la tierra firme. La presencia del mar en el largo poema épico es deslumbrante y estremecedora, como un subsuelo abisal poblado de horrores. Uno adivina los miedos más primitivos y atávicos reflejados en los hexámetros de bronce que habría que leer en griego. De hecho, a las nostalgias que estallan en la lectura del poema uno debe sumar la de aquella lengua que el lector generalmente desconoce pero que siente que alguna vez supo, sin saber determinar cuándo ni cómo (Homero, en el cuento de Borges titulado El inmortal, es autor de las Mil y una Noches, escrita en un árabe que acabó olvidando. Del griego sólo recuerda el nombre del perro que reconoce a Ulises).

En la Odisea se explota, pues, una continua añoranza: la de Ulises por su isla, la de un hijo (Telémaco) por un padre al que no conoció, la de la vida ya acontecida y transmutada en bellas canciones, como la estremecedora escena en la que Ulises escucha llorando y ocultándose el rostro el canto de un poeta ciego que relata lo protagonizado por él en Troya… Todo se deshace y muda como los favores y odios de los dioses, como su inabarcable capricho, como si el mundo no fuera más que eso, un capricho. El héroe padece y sabe que el destino sólo le depara la posibilidad de ser una canción, ondulante como las olas en el mar. Los esforzados trabajos que se leen en la Odisea y todo el ingenio derrochado por el avispado héroe se muestran banales y ya muertos apenas nacen.

Hay por tanto una constante privación, como expresaron Adorno y Horkheimer, por la que el héroe reprime y usa su ingenio para dominar a duras penas y peligrosamente un mundo hostil y rebelde, una naturaleza a la que quiere derrotarse pero que acaba venciendo ella; una naturaleza que cuando es mutilada por nosotros, nos mutila. Este sentimiento de “algo acallado y contenido”, y de sacrificio o precio pagado para que surja la épica y gocen los hombres, glosado entre otros por Freud, se manifiesta en la ceguera del poeta que canta su transfiguración a Ulises y la del mítico Homero que nos canta a nosotros el proteico juego de transformaciones del largo poema épico (que brillantemente culminará Ovidio). La ceguera, porque algo torció un rumbo que acaso no debió torcerse. Por eso hay sufrimiento, pero también por eso hay humanidad

Lo más rudo, lo más oscuro, lo más brutal es expresado por la épica, que como dice Borges, está al principio y al final. La nostalgia y el incierto retorno hacen los poemas y hacen a los seres humanos.