miércoles, 16 de abril de 2008

Una utopía en la campiña


Controvertida y utópica, admirada y fuertemente criticada, perdura la escuela Summerhill con sus más de ochenta años, que fundara el escocés A. S. Neill. Como es sabido se ha convertido en paradigma de la denominada pedagogía no directiva y actualmente es dirigida por Zoe, la hija del conocido pedagogo. En la campiña inglesa, en un paraje bucólico, se alzan varios edificios donde unos setenta niños y niñas viven y aprenden. Las peculiaridades de la escuela son bien conocidas: no hay exámenes, ni calificaciones, ni obligación de asistir a clase, se rige por un autogobierno asambleario… En ella se forma, básicamente, a las personas con el firme objetivo de procurar su felicidad presente y futura, en la medida de lo posible. Para ello el esfuerzo se concentra en las actividades creativas, la convivencia, el mutuo respeto. Neill creía que la libertad y el amor, es decir, los entornos que los promueven, nos curan de esa enfermedad llamada civilización. La pedagogía que rige Summerhill procede de fuentes freudomarxistas, entre otras, y, aunque Neill confiesa en algún lugar no haber leído jamás a Rousseau, la huella del pensamiento educativo del peculiar ilustrado, resulta omnipresente.

A. S. Neill entiende que en el ser humano hay fuertes tendencias, socialmente moldeadas, hacia lo que denomina “anti-vida”. En Summerhill procura hacer una escuela que sí responda a las humanas necesidades, es decir, a la vida, a lo que contribuye a una vida sana. Porque el miedo a lo vital, en su concepción, llega a ser un elemento configurador y determinante de nuestra sociedad. Por eso, ésta se halla profundamente enferma, en la medida en que en ella los seres humanos no logran los medios para su realización como personas y su alegre humanización.

Neill identifica numerosos síntomas de la enfermedad de nuestra cultura, como también Fromm. Afirma que el miedo anti-vida se aprende básicamente en la cuna. Se apoya en el psicoanálisis para explicar el proceso por el que esto ocurre y las tendencias que, una vez interiorizados estos miedos, operan en contra de nuestro crecimiento. Para el psicólogo, la existencia humana ha de racionalizarse, no en el sentido de intelectualizarla, sino en el de humanizarla, es decir, haciendo que responda a las necesidades específicamente humanas. Esta humanización implica el desarrollo de una equilibrada vinculación afectiva con los otros hombres y con el mundo, ya no gobernada por las relaciones cosificadas y alienantes, sino trasmutada en una suerte de amor maduro que describe bellamente como una relación fraterna en su famosa obra El arte de amar. En sus reflexiones demuestra la humana necesidad de fraternidad, porque para él la felicidad siempre es con el otro, nunca solitaria.

Estos autores se oponen frontalmente a una antropología pesimista que concibe al ser humano fatalmente abocado a la violencia, al odio y a la competitividad envidiosa y destructiva. A pesar de las apariencias, se empeñan en creer que, ya que cualquier persona se realiza más felizmente amando que odiando, el amor responde a una necesidad profunda, muy humana, sin la cual no podemos aspirar a ser medianamente felices. Una sociedad, según ellos, consumista y violenta como la nuestra, nos aleja de las condiciones psicológicas para ser felices. Según Neill, si en la educación se dan ciertos elementos, el niño se desarrolla hasta ser una persona afectivamente fuerte, y capaz por tanto de afrontar la vida de una manera positiva, pacífica y tolerante. Los elementos requeridos se resumen con la idea de una educación en la que no esté presente el miedo ni el ansia desmesurada de aprobación o el temor al propio cuerpo; y que sí contenga el respeto a los demás; el sentirse escuchado y escuchar; la creación colectiva y el trabajo en grupo, etc. En definitiva, un entorno de cariño y libertad, que no debe confundirse con el libertinaje.

En relación con el correcto entendimiento de la libertad, Neill parece apuntar entre otros, a las teorías de Erich Fromm. Éste explica cómo la libertad que surge en el proceso de individuación puede constituir una pesada carga para el sujeto, que pagaría como precio el padecimiento del amargo sentimiento de la separatidad. Así pues, la libertad puede asustar por lo que, en cierto modo, tiene de soledad. Con el fin de evitar esa angustiosa soledad, los seres humanos buscan maneras de regresar a la unidad primigenia que se vivía en el útero materno. Es decir, intentan regresar a la existencia oceánica, anterior al surgimiento del individuo autónomo.

Una forma recurrente de regresar a este paraíso originario ha sido, en los pueblos y en los individuos, el sometimiento más o menos consciente a una autoridad, cobijándose bajo su manto y amparo, de modo que decae el peso que la libertad coloca sobre el sujeto. Y es a partir de esta profunda necesidad como se constituye y recibe su fuerza la “autoridad anónima”. El autoritarismo, más o menos burdo, se aprovecha de la necesidad de “guía” producida por el miedo que la libertad suele generar en los seres humanos.

La autoridad anónima es mucho más penetrante y eficaz que la coerción ejercida por la fuerza. El suyo es un poder basado en los temores asociados con la condición humana, o sea, en los miedos atávicos que los hombres soportan como precio de su libertad y autonomía. Es la que, por ejemplo, se reviste de paternalismo y utiliza antes el halago que el castigo. La autoridad así ejercida es mucho más efectiva por invisible. Según Fromm el moldeamiento que va ejerciendo esta autoridad anónima obedecería en último término a la lógica del capitalismo consumista, porque satisfaría a la necesidad que tiene el sistema económico de crear seres adecuados psicológicamente al mismo, individuos que crean querer consumir cada vez más para ser felices (la confusión entre “tener” y “ser” que caracteriza a nuestras sociedades). O sea, en el mundo capitalista de consumo, la autoridad es una autoridad sin nombre que practica la persuasión y la sugestión antes que la fuerza, para conseguir un tipo específico de persona que viene requerido por el sistema económico.

Puntualicemos también que la auténtica libertad (no el autoritarismo disfrazado de libertad), implicaría que el niño no careciera de derechos, pero tampoco que deba tenerlos todos. Es una sutil línea que se expresa en el elocuente y conocido lema que enuncia Neill: “La libertad significa hacer lo que se quiera mientras no se invada la libertad de los demás. El resultado es la autodisciplina”. La libertad requiere, por tanto, el aprendizaje de la propia responsabilidad y la convivencia. Con la claridad que lo caracteriza, lo expresa: “el autocontrol implica la capacidad para pensar en los demás, para respetar el derecho de los demás (…). El hombre autocontrolado no se sienta a la mesa con otros comensales y se sirve la mitad del contenido de la ensaladera”. Y el niño, para ser libre, debe aprender este autocontrol que parte de la estimación solidaria del otro y que no cabe confundir con la represión o la búsqueda de aprobación. Un ser humano libre no necesita abusar de los demás, ni mandar o ser mandado, ni que la realidad gire en torno de él, o hacer a las demás personas extensiones de sí mismo. Éste es el objetivo supremo de escuelas como Summerhill.