domingo, 6 de abril de 2008

Utopía y horizonte.


Hay un término que suelo emplear en mis clases, especialmente referido a la pedagogía de Paulo Freire: “horizontalidad”. De ello he escrito a menudo en algunas publicaciones, y encuentro siempre difícil explicar algo que alude a una realidad que aunque podemos anticipar y ya va existiendo, no está aquí plenamente. Me refiero, claro está, a un elemento utópico, propio de una visión utópica. De un modo u otro, en efecto, numerosas anticipaciones utópicas y algunos de los autores más política y humanamente imaginativos, han hablado de la posibilidad de una humanidad real en la que los seres humanos se relacionen entre sí de un modo horizontal. Freire participa de esta visión y la aplica a su concepción de la educación. Ante todo, es conveniente evitar el equívoco de que con “horizontalidad” nos referimos a una suerte de igualdad de nivel y autoridad, como si de repente, en el caso de la escuela, los niños dejaran de ser niños y los adultos dejaran de ser adultos. No se trata de una homogeneización por la que las diferencias individuales se suprimieran. Peligroso ha sido cuando encima esto se ha querido, contradictoriamente, hacer a golpe de decreto. Porque nos referimos a una manera de estar entre los hombres y de lo que podíamos denominar “estado existencial”. Guarda relaciones con determinadas vivencias psicológicas y requiere de una educación apropiada para su desarrollo en la persona. Los pedagogos más utópicos son los que han efectuado pedagogías que eduquen para esto. Aunque es un error reducir la horizontalidad a una mera configuración psicológica, desde luego resulta imposible relacionarse y estar horizontalmente en una sociedad horizontal sin el apoyo de una cierta constitución psíquica que actúe como basamento.

Ya en un post de hace unos meses señalé que las palabras de Khalil Gibram, en su poemita en prosa “Los niños” de su libro El profeta, aludían certerísimamente a lo que intentamos señalar con el vocablo “horizontalidad”. Podíamos resumir el sentido de sus palabras, desde luego únicas en su sencilla belleza, como una salud humana que tendría que ver con una forma relación no posesiva con los demás (en el caso del poema, estos “demás” son los niños e hijos). La horizontalidad alude a un hondo respeto a la alteridad de los demás, al mismo tiempo que emana de un amor por el que dicha alteridad se considera parte y enriquecimiento del propio mundo personal (no en la forma, evidentemente, de una prolongación clónica del propio yo).

Como recuerda Erich Fromm, el amor es ejercido propiamente por las personas en la medida en que se asemejan a este estar horizontal. La horizontalidad se opone a toda necesidad de poseer al otro y de convertir las relaciones humanas en una búsqueda de clones de uno mismo. El amor también choca con la rivalidad y la competitividad, que suelen relacionarse con dinámicas contrarias, es decir, verticalizantes. Una persona horizontal no somete ni se somete, es acogedora, no entiende de clasificaciones y etiquetas entre los seres humanos y por supuesto, no es racista, xenófoba, fanática ni fundamentalista. Es, justamente, lo opuesto a todo ello.

Un individuo puramente horizontal tiene una mirada que no se detiene en la máscara, sino que es capaz de ver a la persona tras ella. Por eso, no se ciñe a las teorizaciones o prejuicios que actúan poniendo máscaras y cosificando a todo hijo de vecino. No cree en el poder ni lo persigue, no adora a la riqueza, no se centra en la propia imagen. Me puedo atrever a poner ejemplos conocidos, como Sócrates. Pero en general toda persona que no utilice el conocimiento ni las cosas para valer más en un sentido económico-posesivo-mercantil estaría en el camino de esta salud que tan a duras penas describimos.

En la película El milagro de Candeal esto puede comprobarse. En ella, el espectador tiene la sensación de que todos los que aparecen se hallan en la esfera del ser, como lo denominó Fromm. No se tienen, sino que son con los demás, entre los demás. Se diría que viven para aprender unos de otros e investigar, sin más premio que el propio aprendizaje y la profundización en el conocimiento. Por el contrario, las personas completamente verticales serían incapaces de hacer esto con autenticidad, desde dentro.

Nada de ello niega, como digo, la diversidad. Al contrario. Tampoco se olvidan algunos afectos naturales que presuponen un evidente desnivel, como las vivencias asociadas a la infancia y la familia. Uno viene al mundo en estado de indigencia y precariedad, y, como dice Ellacuría siguiendo a Zubiri, el niño se hace a sí mismo a partir de la irrupción de los progenitores y primeros educadores que conforman la materia base, psicológica y biológica, del ser humano en desarrollo. A partir de esta base irá surgiendo lo humano en la forma individual del sujeto que crece. Siempre puede haber también alguna otra asimetría en las relaciones canalizadas institucional y socialmente, como la de “profesor” y “alumno”. Aunque aquí, lo sano es entenderlo como fenómenos de autoridad, no de autoritarismo. La autoridad, expresado en pocas palabras, que dan los hechos y el ejemplo. Se puede ser muy horizontal, pero obviamente reconocer la “maestría” de quien ha dedicado muchos años y esfuerzo a algo y que nunca olvida que trata con personas.

Pero bien distinto es que asumamos una esclerotización de las relaciones humanas a la aludimos con la palabra “verticalidad”. Esto es que a partir de la evidente diferencia entre las personas y las mencionadas asimetrías, se justifiquen jerarquizaciones rígidas, inamovibles, a manera de clichés que expresen un valor “económico” de la personas, como si la economía y la matematización de la realidad acabara impregnando a los sujetos. De este modo, se llegaría a concebir la existencia burocráticamente, como si nos rigiera vitalmente el organigrama de una empresa; algo así como creerse e interiorizar el lugar que la sociedad, azarosamente, nos ha asignado. Iván Illich resaltó hasta que grado la escuela podía contribuir a esta confusión.

Por último, deseo citar literalmente una descripción de la verticalidad, inspirada en la crítica de Freire a la escuela-sociedad bancaria, que yo escribí hace un tiempo:

“La verticalidad como manera de pensar y percibir la realidad es, desde luego, una ideología, en tanto que pensamiento legitimador de una sociedad caracterizada por la escisión y separación entre sus miembros. Implica la ordenación, a menudo inconsciente, que el sujeto hace de las demás personas, una ordenación vertical en la que se sitúa a él y a los demás en una escala de arribas y abajos. Por eso, el sujeto se torna competitivo, rivalizando con el otro y cosificándolo, en la medida en que lo considera sólo según su situación respecto a los grados o escalones de la jerarquía interiorizada. Según esto, la persona del otro tiende a tratarse como un objeto. El sujeto inscrito en la verticalidad filtra y elimina todo lo humano presente en el prójimo y se queda con el tipo o etiqueta que lo clasifica. La verticalidad implica, por tanto, un tipo de mirada superficial por la que los sujetos se acorazan en los clichés que los sitúan y legitiman en el status deseado. En este sentido, la vida humana y las relaciones sociales se convierten en una búsqueda de avales que justifiquen la posición del sujeto en un escalón elevado, dentro de la escala asumida. Se desea dicha aprobación desde lo más profundo del individuo. Por eso, las relaciones humanas se convierten en un patológico juego de sumisión y dominio, en un proceso cuyo fundamento es el ejercicio del dominio y del poder.”

Y UN CONSEJO: NO TE PIERDAS, QUERIDO LECTOR, LA SIGUIENTE ENTREVISTA A LEONARDO BOFF EN LA QUE HABLA ABUNDANTEMENTE SOBRE PAULO FREIRE. NO TIENE DESPERDICIO. Pincha aquí.

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