viernes, 2 de mayo de 2008

Del inquietante pasado


Aunque hay quien se empeña en verlo superado, pienso que mayo del 68 señaló uno de los mayores referentes recientes de masivo impulso utópico, que impregnó el arte, la cultura, la música, la política y la universidad. He comprobado que lo que entonces acaeció en varios lugares del mundo no es siempre conocido ni comprendido por quienes hemos nacido después de esos años o no teníamos “uso de razón”. El caso es que en los años 60 y 70 del siglo XX, por las razones que fueran, ocurrieron cosas que hoy nos parecen como de otro mundo. Casi de buenas a primeras, miles de estudiantes y jóvenes se marchan a fundar comunas y a vivir formas de civilización alternativas. Aquello debió ser un movimiento ciertamente masivo que cuestionó con enorme fuerza los valores y roles tradicionales. Acaso con ingenuidad, a veces con fanatismo, pero siempre con un derroche de creatividad e ilusión, se dijeron cosas como: “Sed realistas, exigid lo imposible”. Más allá de las palabras, se cambiaron radicalmente las costumbres y se comenzó a emplear un término ya para siempre asociado a aquellos años: “contracultura”. Se practicó una severa crítica a la sociedad consumista y puritana de la época, y, al mismo tiempo, se quiso vivir la alternativa a la misma.

Como retazos de aquello, para intentar aproximarse imaginativamente a aquella generalizada voluntad de cambiar las cosas, por parte de los jóvenes en especial, podemos acudir a ciertas películas o iconos del momento. Acaso lo mejor que en este sentido se pueda hacer es sumergirse en la música de Jimi Hendrix, The Doors, The Beatles, Pink Floyd, Bob Dylan, Joan Baez. Es importante, para la gente de hoy, comprender que en su esencia, aquello fue algo más que una moda consumista. Es cierto que se acabó derivando en búsquedas estéticas e interioristas un tanto inútiles, pero hoy debemos recalcar que las personas jóvenes que comenzaron a vestir extravagantemente pretendían cambiar el mundo convencidos de ello y con toda su inmaculada energía.

De todas las creaciones e imaginaciones de la época, podríamos aconsejar la película Easy Rider. En ella, dos moteros en sus respectivas y descomunales harleys recorren el medio rural sureño norteamericano, atravesando comunas hippies, ciudades en fiesta, granjas, etc. A ellos se une un inolvidable Jack Nicholson en uno de sus primeros papeles, haciendo de alcoholizado abogado luchador por los derechos civiles de los negros. El clima a menudo es onírico, con escenas de auténtica psicodelia y surrealismo. Se muestra lo bueno de aquello, pero se atisba y estallan también los eternos odios de los hombres. La pretensión de transformar todo de buenas a primeras, de realizar un cambio de vida tan radical era tan grotesca como heroica, y tan inútil aparentemente como eficaz a la larga. Hay que atender a la música, excelente, y a los diálogos.

Como las flores de mayo, los sesenta duraron poco y acabaron muriendo, pero dejaron su fruto y semilla. Hoy lo sabemos y debemos reconocérselo a aquellas rebeldes criaturas. Vitales, valientes, intelectuales, pacifistas, artistas… Supieron decir “No” a lo que en efecto hay que decir “No” y afirmaron con frenesí, en cambio, la vida en su pura esencia. La vida creadora, imaginativa, desafiante. Creo que en cierto modo en las modas y la vestimenta de hoy acaso perdure algo de entonces. No es lo mismo, desde luego, pero puede que tras las rastas actuales siga estando la lucha contra Babilonia, soterrada, invisible, tal vez inconsciente. Y me empeño en ver esa afirmación, ese “Sí” decidido, incluso en el crudo y también admirable nihilismo de los punkys.