domingo, 25 de mayo de 2008

Gritos de las cavernas


Siempre me ha resultado sorprendente cómo ha podido considerarse el flamenco, equivocadamente, como folclore y como un ejemplo de arte pachanguero y alegre. No creo que en su esencia sea nada de esto. Si nos centramos en lo que implica actualmente todo arte considerado folclórico, podemos comprobar que supone un ejercicio de revitalización pretendida de bailes y música antiguas, casi desaparecidas y en las que los pueblos que las produjeron hace décadas que dejaron de expresarse realmente. Esta revitalización ha venido acarreada por su utilización turística o nacionalista, que han procurado ver en ellas la esencia de una cultura que, contrariamente, fluye viva por otros derroteros. Si concebimos así el arte folclórico, rápidamente, y a poco que entendamos de ello, el flamenco escapa de esta concepción encorsetada, prefabricada y moribunda con la que ciertos intereses han querido identificar no sé qué esencias de los pueblos. El flamenco es un minoritario, pero poderoso medio de expresión actualmente vivo, un lenguaje con el que se expresan en estos momentos personas y grupos de ciertos sectores de Andalucía y algunas otras zonas de España. Para quien no conozca esta música profundamente perturbadora por la que circulan corrientes de subterráneas pulsiones y tragedias, baste ver la reciente película documental Polígono Sur. El arte de las tres mil. En ella puede asistirse a la transfiguración de quienes apenas logran sobrevivir en un barrio marginal, que a menudo es comparado con un guetto, en la ciudad de Sevilla. Es una transfiguración que desde la miseria y la pobreza de vocabulario, cultura formal, economía, nivel social, se eleva de manera impresionante ante la barra de cualquier tasca o en la calle alrededor de una fogata. La gente del barrio, cuando se transforma en el compás y las hondas tonalidades del cante y el baile flamenco, hablan lo que no hablan con las palabras. La sensación es de que sacan toda la fuerza expresiva que de otro modo permanece invisible y soterrada. Entonces son ellos verdaderamente y son las personas que en la marginalidad yacían invisibilizadas. Asoma artísticamente una dignidad que para poderse ver desde fuera, ha de procurarse estar a la elevada altura y dignidad que caracteriza a los bailaores y cantaores.
Por tanto, el flamenco es actualmente un medio de expresión que sigue evolucionando; es un lenguaje vivo. No debe ser confundido con el moribundo folclore en el que nadie, salvo quien padece de nacionalismo decimonónico, puede creer verdadera y seriamente. Pero además, la confusión que quiso entender el cante jondo como folclore quiso también considerarlo un estilo alegre, propio de la charanga y la pandereta, de la broma fácil y la juerga intrascendente. Esto es rotundamente falso. Como he dicho, querido lector, por el arte flamenco circula una tenebrosa corriente subterránea que, sin exageración, puedo afirmar que hiela todo lo que toca. Es profundo, oscuro, lúgubre. El propio Camarón de la Isla, tan dado a la rumba y los tangos, lo expresa cuando canta unas bulerías cuya letra dice:

Yo a un anciano le pegué
porque me faltó en la calle
y al año cuando me enteré
que ese hombre era mi padre
gotas de sangre lloré.

Esta combinación de ritmo festero, como es la rapidísima y difícil bulería, con la seriedad de una auténtica tragedia expresada en pocos versos impactantes, lo dice todo. No, el flamenco no es alegre. Nació literalmente de quejidos que hacían llorar al francés Debussy o a Falla, imposibles de escribir con la notación musical convencional, quejidos que te envuelven y zarandean como campanadas. Así, la seguiriya, mi cante o palo favorito, es como recias campanadas que inicia la guitarra y en las que el cante se va desgranando. El cantaor llora mientras las letras van expresando sentimientos atávicos asociados a la existencia humana que en su fondo siempre es trágica. La voz deshecha en quejidos va expresando, sin demasiadas palabras, esta tragedia esencial que nos constituye a todos. Esta universalidad del flamenco, más allá de la función folclórica que ven en él quienes no lo entienden, ha sido capaz, por ejemplo, de conectar con el arte y el sentir, acaso también profundamente trágicos, de los japoneses. Un músico japonés afincado en España contaba en televisión esa íntima afinidad entre ciertos cantos lentos y hondos desarrollados también por la cultura japonesa, cuyo nombre he tratado de averiguar, lamentablemente en vano.
El flamenco no es, a pesar de la honrosa excepción de El Cabrero, un arte rebelde. La soleá, más sosegada que la seguiriya, expresa esta suerte de melancólica resignación con la que la situación del pobre y el marginado expresa la situación de todos los hombres. Es un testimonio, pura y simplemente, del dolor y el desgarro que supone vivir para cualquier persona. Es por tanto, una vez más, una lección que procede de los límites y márgenes como lo es el Polígono Sur sevillano que he mencionado. Son las vidas desahuciadas por la marginación, el alcohol y la pobreza las que nos recuerdan, sabiamente, nuestra condición. Y es esta dolorosa carga que inevitablemente conlleva desde su origen, de vidas vividas al límite y destrozadas, la que nos causa esa perturbación cuando escuchamos los poderosos cantes de voces rasgadas que milagrosamente se arrancan a cuerpos deshechos. Esta realidad, desde luego, impugna cualquier afirmación en el sentido de considerar alegres al flamenco, o al pueblo que lo produjo en sus inicios. Porque el flamenco nos retrotrae a los orígenes ciegos y brutales que otros pueblos expresaron con historias de cíclopes y titanes. El flamenco es vientre, miedos, rotundas culpabilidades, incertidumbres y también amistades y abrazos en la penumbra de un universo hostil y silencioso.