sábado, 31 de mayo de 2008

No hay salvación solitaria


La expresión “arte comprometido” puede ocultar el hecho de que el compromiso existe en cualquier obra artística, si entendemos por compromiso una afirmación de un cierto orden social y valores determinados. El vínculo que lógicamente tiene toda forma artística con la porción de humanidad que la ha producido implica que nace ya comprometida y relacionada con un cierto orden de cosas. Hay compromiso en el arte porque hay humanidad en él (es decir: sociedad, economía, cultura, etc). Pero acaso sea necesario precisar, a manera de orientación, que por “arte comprometido” además se entiende una clase de objetos artísticos que nacieron con la motivación expresa de incidir críticamente en una sociedad determinada, con la esperanza, a menudo ilusa, de transformarla. En cualquier caso, esto es un tema de discusión sobre el que se han vertido cientos de páginas. Mi reflexión se va a ceñir apenas a un estilo o género musical popular para determinar su nervio profético.

En general, comentaba en un post anterior, hace tiempo, cómo el rap mantiene desde sus inicios, y a pesar de sus ambigüedades ideológicas, un fuerte espíritu de protesta. Yo me he ido fijando durante años en cómo se ha dado este fenómeno artístico en algunos autores y grupos españoles, y también alguno salvadoreño. Ignoro si continúa en emisión, pero solía ser un asiduo seguidor del programa radiofónico “El rimadero” en Radio 3 (España). Gracias a él y a unos pocos cds que mi curiosidad y cierto pre-sentimiento de afinidad con el arte urbano, me hizo comprar. Comprobé que en el tópico del gueto y la marginación, de la protesta sucia y casi vehemente, latía un trasfondo de verdad. Me resultaba admirable este irrenunciable espíritu de protesta y en ciertos momentos me alivió saber que perduraba y crecía en medio de un panorama de resignación, mentiras y pasividad social en España. Las rimas frenéticas, las bases hechas a partir de trozos de melodías entrecortados y repetidos sin parar, los temas sociales, me entusiasmaron vivamente.

Me parece que sobre todo las críticas sociales proferidas por los MC trazan un único lema que podría expresarse asi: No hay salvación solitaria. En autores de estilo ragga, como Morodo, esta verdad brilla con especial intensidad. Es algo que también sintetiza magníficamente Mario Benedetti en un poema titulado “entre estatuas”, en el que la fraternidad aparece como condición sine qua non de una humanidad plenamente realizada en el individuo, que debe evitar la tentación de salvarse en solitario. Es la conexión compasiva con los demás de la que brotaría la modesta salvación que nos es dada a los seres humanos. Si ocurriera de otro modo no merecería la pena. Porque no se descubre a Dios en el propio ombligo, sino en el ombligo ajeno. Esto es algo que el rap no para de gritar con la reiteración de sus rápidas rimas. En la pose muchas veces reproducida maquinalmente, late, en una tensión dialéctica, el desafío veraz y la queja auténtica. Esto lo veo en la letra de cierto grupo poco conocido llamado Dharmakharma, en una canción titulada “Imparables”, con un ritmo agitado pero no acelerado, y cierto vago eco melancólico en la melodía que sirve de base. Los raperos van recitando lo que me parece un excelente poema, nada vulgar, que curiosamente no profiere apenas denuncias sociales muy directas, sino que desarrolla la idea de lo imparable. Esto imparable es un cierto trasfondo nouménico que va aflorando, que se insinúa entre líneas, en la protesta pero también en la ligazón de ésta con la energía vital y la naturaleza, que sugiere el desarrollo del poema-enumeración. Hay una ambigüedad por la que lo que no cesa (los fenómenos que se enumeran y las comparaciones y metáforas que se enuncian) expresa angustia, fatalismo y liberación al mismo tiempo. Lo imparable es la máquina y el automatismo, pero también el envejecimiento, la lucha del bien y el mal, la mezcla de mentiras y verdades, el Lute, Cristo, Thelma y Lousie, la llegada del futuro, el crecimiento de las plantas… Las rimas se van enlazando con cierta monotonía de lista de la compra, pero sabiamente mezcladas aparecen las cosas sociales, la vida, el espíritu, la protesta, el desafío. La amargura crítica se sugiere junto a los rasgos de la propia sociedad podrida que la ha engendrado. Hay pues un amargo pesimismo entrelazado con una optimista afirmación de lucha (social) que no cesa. Esto es más claro aun cuando los versos son ya provocaciones declaradas emitidas con brutalidad y chulería. En este sentido abundan muchísimo los ejemplos y éste es un elemento bien conocido de muchas canciones (temas) del hip-hop.

El rap tiene de la juventud esa energía incesante y explosiva, llena también de ambigüedades, pero que ha manifestado ser en ocasiones de una eficaz combatividad (Mayo del 68). El arte urbano es protesta en medio del consumismo, en el que quien se queja a golpe de verso también perece ahogado. Es el momento de verdad perteneciente a esa forma de ser persona que llamamos “juventud”, un estridente canto del cisne emitido prácticamente en los comienzos de la vida.

En definitiva, la porción de verdad que es preciso discernir en el rap nos remite a la idea de que “no hay salvación solitaria”. Es una exclamación profunda en medio de la superficialidad del consumismo, una esperanza que se cuela y que agita el mundo mercantil sin el cual el hip hop no se entiende y a cuyas leyes, paradójicamente, obedece. Es digno de resaltar lo conmovedoramente rebelde de esta verdad. Es una verdad que refuta la idea de una salvación solipsista, interior, meramente “espiritual”. Precisamente, critica implícitamente a esa suerte de engañosa salvación burguesa. Porque la salvación solitaria que ofrece nuestro mundo es perniciosa. Tiene que haber un grito que contraste con los discursos y teologías más refinados y añejos que han hecho ver blanco lo que era negro. A la razón comprometida con la muerte, el rap opone su rima sucia comprometida con la vida, para denunciar la perversión de muchos pensadores. Tiene la vehemencia y locura de los raptos de ira, la forma de expresión descuidada de la cólera y los exabruptos, así como el peligro de toda exclamación sin argumentos, pero, caray, ¡tiene razón! A pesar de las apariencias, el rap porta la luz de la fraternidad que muchas mentes refinadas perdieron hace tiempo.