viernes, 9 de mayo de 2008

Realismo de lo imposible


Respecto al Mayo del 68 puede decirse que nos ilumina en la medida en que fracasó. Lo que en este mes evocamos pertenece, sin duda, al pasado, y como comenzó, terminó. Pero una cosa es reconocer que los tiempos han cambiado y otra el esfuerzo de algunos por tapar y olvidar. Me da la sensación de que a pesar de los muchos documentales que sobre aquello veremos en los próximos días, Mayo del 68 no puede ser seriamente anhelado por muchos que lo vivieron en plena efervescencia y que incluso participaron de ello. Que aquello se hubiera prolongado habría supuesto un mazazo para quienes hoy lo evocan incluso con sincera emoción. Es esta emoción al evocar este peligroso recuerdo primaveral la que impugna el oscurantismo de nuestro presente, un presente que teme reconocerse en el 68, pero que paradójicamente vibra cuando lo evoca. Muchos reconocerán de esta manera que el olvido del 68 es una amarga equivocación que estropeó sus vidas. Admiten que la senda que dejaron era por donde verdaderamente habrían transitado con humano gozo. En estos días el emocionado recuerdo encubrirá la naturaleza de exorcismo con el que los documentales intentarán, una vez más, cerrar un capítulo. El 68 yacerá en estos días como nostalgia que no irá mucho más allá de la pantalla de los televisores que nos ofrezcan imágenes de estudiantes y obreros cambiando el mundo. Tan fugaz como ha venido ahora el mes de celebración de aquella temida locura, en efecto, el 68 retornará a los infiernos del olvido como una triste sombra. Porque lo temen.

Pero fue la derrota de la ilusión de aquella primavera mágica, tras las revueltas y la posterior resaca nihilista-postmoderna-punkarra, la que nos garantiza que el potencial subversivo perdura irradiante y vivo. El recuerdo, aunque retorne a la nada, brillará puro, como conservado entre cristales, para que nos emocionemos recordándolo. Esta emoción impugnará ceremoniosa, una y otra vez, nuestras autojustificaciones, engaños y racionalizaciones que elaboramos para convencernos de que es el triste presente de hoy el que vale realmente. En el fondo sabemos que no es así, y que lo que vale es lo que la melancólica nostalgia de estos días nos evocará. También estarán los sueños en la noche que todo lo encubre, la literatura, el parco latín y el florido griego para darnos ese tirón de orejas que necesitamos para no dormirnos del todo.

Con pena atisbaremos, miedosos y alejados de su núcleo, todo el torbellino vital del 68. Pero a pesar de la pena y la vergüenza de no haber estado a la altura de las utopías que nos hicieron felices, podremos sonreír. Porque el mero hecho de que una vez en la historia humana hubo un mayo del 68 nos evocará la sencilla verdad de que hay una salvación para las personas mineralizadas y sometidas a la procacidad de su sentido común y espíritu práctico.

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