domingo, 11 de mayo de 2008

Sobre objetos restaurados


Los textos que nos han llegado de la Antigüedad pagana nos producen la sensación de que proceden al mismo tiempo de un mundo muy cercano y muy lejano y extraño. Uno no siempre está seguro de estar entendiendo con exactitud lo que los lectores antiguos entendían en el recio y conciso latín de Cicerón o Séneca, o el griego de los estoicos Epicteto o Marco Aurelio. Menciono a estos autores, considerados menores ante otros, por ser a los que estoy dedicando mi tiempo de lectura últimamente, y por ser los que me han abierto el apetito para estudiar el latín y el griego retomando algo comenzado hace muchos años. De estas lenguas y literaturas, ya extrañas para muchos, incluso intelectuales, se desprende algo que no existe en las lenguas que se hablan, llamadas vivas. Por ejemplo, el tópico del horaciano Carpe Diem escrito en un idioma que se considera muerto, vibra como no lo puede hacer en una lengua viva. Quien escribió eso pertenecía a un mundo que nos ha llegado por la casualidad de guerras y triunfos militares, del naufragio de una historia mucho más hostil con otras lenguas y pueblos. El latín se salvó porque lo adoptó una cristiandad que creció y se nutrió en el mundo antiguo grecolatino. Todo esto, la rareza de su compleja y precisa gramática, llena de matices que son muy difícilmente traducibles, nos cuenta, si sabemos y queremos oírla, una parte de la historia humana, es decir, de la existencia (otros dirían naturaleza) humana.

Los antiguos hablaban con sorprendente modernidad y sutileza, pero en sociedades brutales, muy distintas de las nuestras (que son brutales de otro modo) y aún vírgenes del cristianismo que acabó impregnándonos por completo. Esto es una de las claves que durante siglos los han hecho atractivos para muchos estudiosos. Se da la grata circunstancia de que si deseamos entendernos, y acaso recuperar cierto origen perdido pero aún vagamente presente (Vg. Nietzsche), o recuperar la filosofía que acabó siendo tapada por la filosofía (Vg. Heidegger), o simplemente recuperar inquietudes remotas que pueden orientarnos en aspectos como la educación y la reflexión pedagógica, hemos de mirar sin rubores y contra las siempre impugnables modas, a los autores antiguos y sus lenguas. Éstos constituyen una sabiduría que tiene el potencial para aclararnos quiénes y cómo somos, y, todavía más importante, hacia dónde vamos. Muchos grandes autores han dialogado con la Antigüedad, recurriendo a ella e interpretándola, y como es conocido, alguien comentó que ese diálogo y relectura es, básicamente, la filosofía.

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