lunes, 9 de junio de 2008

Clamor universal


La búsqueda de lo universal, es decir, lo que cualquier persona de cualquier cultura sería capaz de suscribir, resulta una labor arriesgada, constantemente amenazada por el etnocentrismo que pretende universalizar la propia particularidad. Es un asunto en el que se ve envuelta la defensa de los derechos humanos o el diálogo interreligioso, por decir dos importantes temas en los que nos jugamos, sin exageración, la paz mundial y el futuro de nuestra humanidad. En el caso de la religión, Andrés Torres Queiruga mantiene en su libro Repensar la revelación. La revelación divina en la realización humana, Trotta, Madrid, 2008, que puede defenderse una idea de misión y la universalidad del mensaje de Cristo, sin que esto signifique una exclusión de culturas y tradiciones religiosas ajenas. En realidad, afirma, Dios se ha revelado siempre y en todas partes, de manera que la máxima expresión de dicha revelación, o sea, Cristo, apunta a una verdad que cualquier persona y cultura podrían suscribir sin miedo a negarse a sí mismas. Porque la esencia de lo mostrado por Jesús de Nazaret es una verdad universal. Así, quedaría salvada la religión cristiana, según él, sin necesidad de imponer ningún particularismo europeo, occidental o lo que fuese. Su teoría, que él explica con detenimiento y fundamento, resulta inteligente y muy sugerente, y podría darnos pistas para intentar resolver el viejo dilema de los derechos humanos o el universalismo vs relativismo moral.

Pero, ¿cuál es, en definitiva, ese núcleo universalizable del mensaje cristiano expresado en la historia y palabra de Jesús? Según explica Torres Queiruga, se trataría de la universalidad “del sufrimiento y el despojo, la de la solidaridad y de darlo absolutamente todo” (P. 345). Y en esto creo que da en el clavo. Se trata de una perspectiva que, como él mismo dice, descubrió y defendió el marxismo, al hacer sujeto de la historia al sufriente proletariado. Es la situación del desarrapado, del despojado de todo y del paria la que lo dota, precisamente, de la capacidad de emancipar y ejercer de motor de la transformación (revolución) definitiva. Y es en este punto, el de la acentuación del sujeto sufriente como agente principal de la historia, en el que coincidiría el marxismo con la parcialidad que Cristo mostró por los pobres y los desechos sociales.

Yo, en todas estas razones, he intuido una fructífera pista para atrevernos a fundamentar, tal vez, una ética universal, como lo es el encomiable proyecto de los derechos humanos. Se trataría de la empatía con las víctimas que cualquier persona mentalmente sana, en principio, es capaz de sentir; aunque también, en la mezcla que nos caracteriza, alberguemos otros sentimientos que puedan ocultar o eliminar esta compasión natural. Por ejemplo, nadie puede asentir gratuitamente a la afirmación de que el asesinato en sí mismo es justo, ni la tortura, el expolio o los abusos. Bien es cierto que se mata, y mucho, pero nótese bien que quienes lo hacen, justifican de algún modo lo que, sin excusas social o psicológicamente aceptadas, sería visto como un crimen. La prueba es que nadie quiere el mal para aquellos con los que se halla vinculado estrechamente, luego cualquiera reconoce implícitamente que en el momento en que lográsemos comprender y manifestar la simpatía con el otro, reluciría la verdad de que no se lo debe dañar.

Lo que ocurre es que vemos claramente en nuestros allegados lo que es realmente universal, pues no hay motivos para reducirlo al subgrupo de nuestros allegados, o nuestro clan, tribu, pueblo, nación o estado. Un terrorista, un integrista asesino, un soldado que obedece órdenes de torturar o masacrar, como casos extremos, racionalizan y justifican sus crímenes para no verlos como lo que son. Elaboran una trama mental que a veces han aprendido o recibido de la propia cultura en que se han educado, para no ver el crimen que pueden estar cometiendo cuando matan y dañan a inocentes. A veces se despoja de la condición humana a las víctimas, se las invisibiliza, se las cubre con prejuicios. Son los trucos psicológicos de los que matan. Hacen excepciones a lo que saben que es una ley universal.

Pero mi objetivo en estas líneas es únicamente enfatizar que, traspasando culturas y distancias espacio-temporales, sin lugar a dudas, es universal el rechazo de la injusticia cometida cuando se causa el sufrimiento absurdo a inocentes. Hay algo que despierta simpatía ante el débil (como si conectara con un cierto saber previo y que puede por tanto aflorar mayéuticamente, que diría según creo Torres Queiruga). Este punto de acuerdo universal es el derecho de las personas que sufren la injusticia y el valor moral de las que la combaten sincera y arriesgadamente, como fue el caso de Jesús de Nazaret y otras grandes figuras de la historia. Nadie puede abiertamente odiar o reprobar a Martin Luther King, ni siquiera el que lo mató (ya me explicaré sobre esto en alguna entrada posterior en este mismo blog). Ésta es la paradoja que expresan estas figuras que acaban arrojando a sus asesinos la vergüenza por el mal que cometieron. Hay un cierto clamor en la sangre inocente derramada que produce común simpatía (lágrimas, como dije en un post anterior) y un universal asentimiento en que ese mal no debió cometerse nunca. Podemos justificar con espurias razones una injusticia, pero a la hora de la verdad, consciente o inconscientemente, agachamos la cabeza y sabemos que el asesinato de un inocente es malo. Aunque para ello, bien es cierto, hay que no haber perdido cierta capacidad de sentir al otro, y ser capaz de mirar al inocente como tal, como persona, más allá de los egoísmos particularistas.

Cuando uno recoge la mirada y el clamor de un inocente, pues, reacciona empatizando con él, sintiendo que su sufrimiento es el propio sufrimiento. De hecho hay una “ética de la interpelación” que va en esta línea y que desarrolla parte del pensamiento contemporáneo, con fuerza en estos momentos en América Latina. También es una reacción a cierta interpelación la teología de la liberación. Porque no hay ninguna excusa ante el grito del débil, ni agachar la cabeza ni mirar para otro lado; resulta humana, moral y epistemológicamente necesaria su escucha. Se trata de un clamor que desmonta mentiras, tergiversaciones, conceptos… también engañosas pedagogías, como explicó Paulo Freire.

Éste es el punto en el que coincidimos todos, donde tal vez habita la presencia divina y hay que descalzarse. La víctima, el perdedor, el despreciado, el miserable; su derecho, el derecho de todos a no sufrir opresión. El punto de vista del Siervo despojado de todo (Is 52-53), de quien no tenía ni dónde reclinar la cabeza (Mt 8, 20 – Lc 9, 58) y que tomó la “forma de esclavo” (Flp 2, 5-11).

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