miércoles, 11 de junio de 2008

De sueños que no matan


Como expresé días atrás, creo necesario indagar por qué elogiamos y estimamos a las personas que han desarrollado una labor equiparable a la de un Martin Luther King, Gandhi o un Jesús de Nazaret, es decir, determinar si los valores que expresan tienen en efecto una vigencia universal y por qué producen la adhesión de todos en cualquier tiempo y lugar. Querría ahondar en este magnetismo que irradian paradigmáticamente. Aunque para ser sincero, debo aclarar que en el caso del Nazareno, no me es posible fundamentar teológicamente mis ideas, ya que no soy estudioso de las escrituras ni acumulo las lecturas necesarias ni una reflexión teológica bien formada. Soy un simple lector aficionado. Y como tal, mi impresión general, leyendo los textos del Nuevo Testamento, en especial los evangelios sinópticos, siempre en traducciones, es que la obra de Jesús se equipara, como he señalado, a la de un Luther king, antes que a la de un Malcon X. La tesis que trato de exponer es que su enérgica defensa de los débiles y víctimas de injusticias, llevada hasta el extremo de morir por ello, no tuvo un carácter violento.

Las figuras, llamémoslas “proféticas”, pueden ser, qué duda cabe, vehementes en su posicionamiento a favor de los marginados y su palabra se puede equiparar a un fuego o espada, como la palabra de los profetas del Antiguo Testamento, pero no hicieron guerras ni lideraron ejércitos. Dejaron bien claro, sobre todo en el caso de Jesús, que no eran reyes o cabecillas militares al uso. Pienso que esto es un elemento muy importante para tener en cuenta.

¿Por qué actuaron así? Quizás supieron que era muy difícil, si no imposible, separar la violencia de la injusticia. Desde su enorme capacidad de empatía con las víctimas y con los inocentes rechazaron la existencia de nuevas víctimas. Su interés no fue en ningún momento gobernar, sino les movía un fin espiritual, en el sentido de amor y solidaridad con todos los seres humanos. Reclamaron, como Luther King, la cualidad humana para cualquier persona, sin nuevas segregaciones. Obedecían a ese primer y arraigado impulso bondadoso de simpatía compasiva con las víctimas que todos tenemos (por eso sus vidas ejemplares nos emocionan, en un reconocimiento implícito de que tienen razón y son dignos de imitación y seguimiento). Proféticamente, se situaron en el lugar del oprimido y de ahí ya no se movieron, felizmente. Por supuesto conocían el mal, y lo combatían con denuedo, pero a sabiendas de que el combate no podía ser injusto. Un combate injusto es el que olvida, desde su perspectiva, que si matas a alguien estás matando a un hermano. Y en esta categoría entra o acaba entrando, cualquier guerra, en las que, para más inri, sobre todo mueren inocentes.

Yo recuerdo haber visto en la televisión a un joven, creo que rumano, inmigrante en España, que recibió heridas y ha quedado con secuelas a raíz de los atentados terroristas en los trenes del 11 M en Madrid. Extraigo este caso inolvidable, pero podía ser el de cualquiera de los que sufrieron consecuencias graves o murieron víctimas de la barbarie. Todos inolvidables y presentes en su ausencia. Mi sentimiento, escuchando hablar a este joven en la televisión, que manifestaba una conmovedora humanidad, fue de una incondicional y absoluta empatía. Su sufrimiento fue, en parte y dentro de lo que cabe, también mío. Viéndole me percaté con total seguridad, con los huesos y con toda mi razón y cuerpo, de que aquello que le había ocurrido a él era cruel, inhumano e injusto, y de que él es, no por simple retórica, mi hermano. No se merecía aquel horror que había padecido. Era sencillamente víctima del mal. Porque aquella mañana del atentado nos topamos todos con el mal puro y duro. Aquel sufrimiento no tenía justificación ninguna, e impugnaba cualquier razón o motivación de quienes colocaron los explosivos o mandaron colocarlos.

Me cuesta expresar esto, es difícil de explicar, pero imagino que muchísimas personas en el mundo sintieron lo mismo. Ocurre igual cuando uno asiste gracias a la televisión, impotente, a los bombardeos, al hambre y a las pesadillas sin fin que los seres humanos nos causamos a nosotros mismos.

Pienso que es en esta perspectiva, la de la víctima del mal absurdo, desde donde Jesús o Luther King lucharon. Ciertamente lo suyo fue un combate, si se quiere ver así, el combate de cualquier hombre o mujer de bien, sensible, capaz de amar y de reaccionar al sufrimiento ajeno sin excusas y autocomplacencia. Pero quien se siente soldado en este justo combate, jamás puede tratar a otro ser humano como una cosa susceptible de ser eliminada. Hablando en términos lógicos, se contradiría. ¿Qué liberación lo es si implica la matanza de aquellos que se supone que quieres liberar? ¿Liberar y amar a Dios o a la humanidad matando inocentes? Porque se supone que deseamos el bien para todos los seres humanos. No encuentro mejor expresión de esta incongruencia de todo acto de la índole del cometido el 11 M, y ya lo comenté en un post anterior, que la pieza teatral de Albert Camus Los justos o el ensayo El hombre rebelde. También podemos acudir a Dostoievsky, que sabía bien de lo que hablaba al escribir Los Demonios. Podemos explicar la desesperación de quien opta por justificar o emprender una matanza, señalar agravios e injusticias acaso sufridas por él mismo, pero al matar, la víctima ha perdido los papeles y se ha convertido, también, en opresor que comete injusticias, que antepone una idea, la que sea, a los hombres y mujeres de carne y hueso.

Apelo a esa empatía primaria que todos sentimos ante el dolor del otro, aunque después, al enfriarse la conmoción, los seres humanos volvamos a embarullarnos en nuestros líos y tramas por los motivos de siempre: poder, dinero, etc. Sí, esos enredos somos también los seres humanos, pero el “manipulador” más calculador de todos, que llegara a utilizar políticamente el horror de un atentado desde el lado que fuera, reconoce en esos instantes de la conmoción, de manera implícita y visceral, que no hay excusas para utilizar el dolor. Lo hace cuando siente pena por un niño que llora.

El filósofo Adorno, en un escrito sobre pedagogía concluye que lo más valioso que debe enseñarse a quienes son educados después de Auschwitz es a sentir una cierta vergüenza, como sentimiento de rechazo ante cualquier daño infligido a un ser humano. Que bajo ningún concepto un ser humano vuelva a ser tratado como un animal o una cosa. Pero un Gandhi, un Jesús de Nazaret o un Luther King no son filósofos, porque apuntan aun más lejos, hacia el horizonte que Horkheimer se permite anhelar en sus últimos años; indican y manifiestan, con su persona, obra y palabra, que no matarás es una verdad sagrada. Por eso, no fueron guerreros en el sentido usual del término, sino que combatieron desde la inclusión total del otro, identificándose con todos los excluidos. Fueron pacifistas. La famosa escena de la purificación del templo fue hecha como acto de combate, si se quiere entender así, pero del combate necesariamente originado por el horror ante la exclusión de grupos sociales y por la injusticia hipócrita. Pronunciarse a favor del débil implica una cierta violencia, una suerte de afirmación contundente que puede molestar a algunos, pero nótese bien, que dicho pronunciamiento está motivado por la convicción profunda y sincera de que todos somos hermanos, por un sentimiento místico de fraternidad universal.

En todo caso, estas figuras ejemplares llegaron a sufrir esa violencia que denunciaban y se hicieron también víctimas. Como creo que dice la teología, cargaron con el pecado, lo sufrieron en sus carnes y lo padecieron solidaria y combativamente. Murieron para la vida, no para la muerte. Se comprometieron contra todo sufrimiento y consideraron iguales a todas las personas. No eran jefes políticos en el sentido usual. Porque todo dolor humano les dolía no se ciñeron a una parte exclusiva de la humanidad. Jamás desearon el sufrimiento de nadie. Sabia y humanamente, se desmarcaron de la lógica de la opresión y el odio que ellos combatieron con su paz.

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