domingo, 8 de junio de 2008

La hora del Angelus


A lo largo de los últimos años he leído en algunos momentos al filósofo Karl Jaspers. De su pensamiento me han interesado distintos aspectos, de los cuales, en estos momentos prefiero su visión de las reveladoras situaciones límites y de lo trascendente, es decir, lo revelado por ellas. Parece que el alemán ha influido en la teología, pero él no llega a elaborar un discurso, que cree imposible, sobre eso inefable a lo que apuntan los límites que él investiga. Son situaciones en las que, como la enfermedad y la muerte, se insinúa un algo más allá de ellas, pero es en esta intuición en la que el prudente alemán prefiere quedarse, enmudecido. De hecho, el final de su obra más importante, Filosofía, en tres tomos, es la mera constatación del fracaso por llegar más lejos de un mero husmear lo trascendente. Todo intento por abarcarlo, expresarlo, comprenderlo resulta inútil. En todo caso, Jaspers se puede conectar en esto con la teología negativa, el budismo y algunos grandes místicos.

Recientemente he leído por parte de un teólogo, Andrés Torres Queiruga, que es eso que se insinúa, donde también Heidegger “encuentra” al Ser, donde el creyente sitúa a Dios. Para el teólogo gallego, y esto es un símil inexacto como todos los símiles que intentan hablar de la divinidad por analogía, hay una suerte de cuarta dimensión que lo envuelve todo pero que debido a nuestra limitación espacio-temporal no vemos con claridad. Por eso, la revelación es siempre imperfecta, no por imposibilidad de Dios, claro, sino por nuestra condición específica que nos hace ciegos a esa cuarta dimensión, o espacio divino. Esto no quiere decir, matiza Queiruga, que Dios no esté en la historia, sino al contrario, Dios está permanentemente inserto en ella, pero dentro de las leyes del espacio y el tiempo que nos rigen a los seres humanos; por tanto, su visión por parte de los hombres resulta siempre precaria e incierta, sujeta al devenir propio de lo espacio-temporal e histórico.

Según Queiruga toda revelación que se pretenda definitiva y perfecta es falsa, porque sencillamente no somos capaces de recibirla de esa manera. Cuando eso ha ocurrido supuestamente, en la idea de que la revelación es una suerte de dictado vertical, es necesario sospechar que están interviniendo los deseos y proyecciones de los seres humanos, a los que puede interesar creerlo así. Pero la propia Biblia es una búsqueda incesante que pone en acción la búsqueda personal o comunitaria de sus lectores. El libro sagrado nació de una búsqueda y, a su vez, es esa misma búsqueda, a la que sigue promoviendo.

Es sugerente esta inteligente interpretación, que choca con ciertos prejuicios heredados de una idea de la revelación extraña a la propia Biblia. Pero antes de llegar a todo ello, lo cual es tarea de, en efecto, teólogos que manejan pistas y verdades por muy mediatizadas que sean, la prudente perspectiva filosófica de Jaspers se queda apenas en la mera insinuación de lo que él denomina “Lo trascendente”. Yo creo que es, ciertamente, una experiencia humana que reflejan los mitos y las religiones de todos los tiempos y culturas, la intuición de que puede haber un algo más que se filtra y manifiesta precariamente, que apenas resulta sugerido. Son las simas de donde surge el numen tremendo como lava de volcán en erupción, pero también el Dios misericordioso del cristianismo, que todo lo envuelve en su abrazo. No me cabe duda de que el fenómeno místico existe y de que en ocasiones ese algo se manifiesta. Suele hacerlo, como explica Jaspers, en las situaciones límite.

El ser humano comprende con todo su cuerpo, no con una mera razón escindida, y así, en la sensibilidad estética y la reacción a una obra de arte como son los palos flamencos de que he escrito en los post anteriores, podría colarse ese algo más. La siguiriya se sitúa, como dije, en un límite de donde surgen mezclados el llanto y la empatía amorosa. Aquí puede resultar clarísima esa perturbadora presencia de lo trascendente. Creo que se podría conectar fácilmente con las descripciones de la poesía de San Juan de la Cruz. Pero es, parece, el arte sin palabra el que, como diría Schopenhauer, se aproxima más al mostrar lo nouménico (Aunque Schopenhauer y en ocasiones Jaspers tienden más que a un trascendente, a un cierto monismo panteísta). También creo que en el estoicismo hay una reacción al contacto con el límite donde se manifiesta lo trascendente, que produce el extraño sosiego de Marco Aurelio. El filósofo estoico, como pensamiento escindido, que diría un hegeliano-marxista, en su soledad aristocrática e impotente, percibe con finura la rueda del mundo, las estaciones, la sucesión de generaciones y esa nada que se traga a la fama y aspiraciones humanas. Su reacción es la ataraxía, el ánimo imperturbable. El estoico es consciente de que el mundo es inmenso, inconmensurable. Ha sufrido el embate de la nada, la frustración psicológica, la pérdida de ciertas ilusiones. Su posición recuerda extraordinariamente a una de las jasperianas “situaciones límite”. Y es en ese límite, donde creo que la visión de lo trascendente marca su pensamiento resignado. Se puede criticar el interiorismo estoico y la mayor o menor eficacia de su programa pedagógico y terapéutico, pero resultaría fructífero conectar el estoicismo con este leve contacto, en el límite, con lo divino. Se me antoja que de manera parecida, en el flamenco tenemos el palo de la soleá, que expresa límites en cuanto a amargura y dolor, límites reveladores, pero el tono ya no es la locura y el desgarramiento perturbador de la siguiriya. Se ha digerido el dolor, que sigue ahí, relacionado acaso con lo trascendente, y que impregna un arte más sosegado. Quizás no sea sino la mezcla de lo apolíneo y lo dionisiaco que tan inimitable y genialmente expresó Nietzsche en relación con la tragedia griega.

Espero seguir leyendo sobre todo esto en los próximos días. El brutal calor que se avecina por el verano ya llegado a Andalucía tiene también algo de límite. La ralentización que produce y el sofoco, detienen la explosión de vida en el mediodía, y traen, inconscientemente, un cierto recuerdo de ese lejano algo más que se cuela en medio de la combinación de exaltación vital y moribunda fatiga, propia de los paisajes andaluces en estas fechas de más de cuarenta grados a la sombra.