sábado, 7 de junio de 2008

La leyenda del tiempo


Camarón de la Isla supo innovar pero sin desconectarse de la esencia jonda del flamenco puro, que conocía bien a fondo, y que en recientes posts relacioné con un cierto subsuelo amargo del que brotó el flamenco. Creo que a través de su personalidad, como hombre y como cantaor, fluye esa lava que parece hervir en grutas subterráneas y sobre la que nuestras vidas, como ignorantes de ella, trascurren. Hay algo sin palabras, nouménico en el cante de Camarón, que en seguida los gitanos supieron identificar y adorar como corresponde. El propio Camarón reaccionaba con asombro, parece, cuando las mujeres le llevaban a sus hijos enfermos para que los tocase. Él no creía tener capacidad taumatúrgica ninguna, pero lo cierto es que por donde iba parecía atraer todas las miradas, parecía ir afirmando algo inexpresable que, en efecto, producía la veneración que muchos identificaron con su persona, pero que era más. El timbre de su voz ya surgía cargado de ese algo que los hombres solemos relacionar con el numen y la divinidad. En su cante se da el fuerte contraste de una afirmación vital acompañada de su sombra fatal, como lo expresa la escena, frecuente en Andalucía, de un clima caluroso y luminoso con los ecos trágicos que afloran, inevitablemente, en las juergas, las miradas serias bajo la luz cegadora, las expresiones sentenciosas y las fatigas. Se puede estar sentado al aire de primavera, en medio de campo y blanco, o acaso junto al mar, y, al mismo tiempo, como un negro huracán se filtra entre las copas y cigarrillos, una tiniebla invisible, intuida, una suerte de afirmación ciega y muda, terrible. Es ésta la inercia propia del cante de Camarón, del que parece que algo de sí tiende a caer, desde el alto adonde llegaba su potente voz, como atraído por una invisible gravedad. Es esta gravedad la que, dicen, tenía en su porte, en su forma de estar. Daba igual que sonara a alegría, tango o bulería, que siempre estaba esa gravedad jonda, flamenca, produciendo el contagio extático de los gitanos y los humildes. Me contaba un músico callejero que afirmaba haber seguido a Camarón por todos sus conciertos, que lo mejor de Camarón afloraba cuando la voz y el cuerpo estaban destrozados de noche y de cante, cuando debía sobrevenir la ronquera y el agotamiento… entonces, de su cuerpo delgado salía el zarpazo, el trance imponente, y cantaba mejor que nunca. Casi un milagro. Supongo que en esos momentos se dejaba ver claramente esa corriente o magnetismo que le acompañaba siempre, que impregnó su cuerpo y su vida, y en la que muchos gitanos reconocieron un halo divino.

Camarón murió en 1992. Hoy día se ha convertido en una suerte de dios para muchos seguidores, en especial gitanos; pieles tatuadas con su retrato, pieles de vidas muchas veces extraviadas, vidas que han querido vestirse de él, llevarlo en medallas y joyas… Es en los callejones sin salida de esas vidas empapadas de tragedia donde puede hallarse su halo, en las gargantas de voz rasgada, en las manos huesudas y delgadas como las suyas. Cantaores callejeros con sus guitarras a cuesta, cuevas de palmas huecas y frentes sudorosas, en la lejana y dolorosa luz de los extrarradios, entre escombros, junto a hogueras o en tascas. Camarón protagoniza una resurrección por la que su voz continúa, como en vida, trasfigurando la tragedia cotidiana en alegría mortal.

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