viernes, 13 de junio de 2008

La luz en la oscuridad


Estoy leyendo al filósofo Karl Jaspers, concretamente la última parte de su obra magna Filosofía, dedicada a la metafísica y a lo que él denomina “lo trascendente”. Según él, lo trascendente es lo que surge en los límites de la razón empírica, del pensamiento lógico y, sobre todo, en determinadas situaciones existenciales. Se trata de algo inabarcable, husmeado en los diversos modos de fracaso, donde el hecho de toparse con una cierta frontera permite intuir de algún modo que hay algo más, inexpresable. Lo trascendente es lo que apenas puede sino sugerirse y que es imposible conceptualizar o ni siquiera concebir con las categorías del pensamiento. Simplemente reluce. Me ha parecido hallar cierta similitud en Jaspers con el planteamiento kantiano de los límites de la razón, el fenómeno y el noúmeno como ese más allá sugerido e inalcanzable. Aun más, me recuerda el texto de Jaspers al planteamiento heideggeriano sobre el Ser y algunas reflexiones sobre la nada. Como dije en un post anterior, también creo que es muy fuerte la influencia de la teología negativa, el budismo y ciertos místicos.

La concepción del filósofo alemán me sugiere una interpretación libre, no ceñida a la suya pero sí inspirada en ella, de lo que en efecto revelan ciertos límites que voy a expresar con ejemplos, principalmente relacionados con la creación artística y en conexión con lo dicho sobre el palo flamenco de la siguiriya, el cantaor Camarón de la Isla y temas afines en los que realizado un cierto boceto de esta teoría del límite aplicable sobre todo, creo, al arte. No son ideas nuevas ni originales, como es evidente, pero su desarrollo en este blog forma parte de una digestión personal y creo que comunicable de las mismas.

Desde hace tiempo me fascina, como a muchos, la conocida obra pictórica de Van Gogh. He visitado dos veces, con detenimiento, el museo donde se expone una gran parte de sus cuadros en Ámsterdam, y creo que fue en esas visitas cuando comencé a percatarme de que su obra expresa intensamente este término de lo real que revela lo que, siguiendo a Jaspers, acaso podríamos denominar, con alguna reserva, “Lo trascendente”. No tiene por qué hacerse una lectura religiosa de esto, ya que lo he encontrado también en grandes ateos, como Albert Camus o incluso Nietzsche. Quizás sea algo semejante a eso que Witgenstein consideró “Lo místico”, el hecho de que el mundo sea, de haya algo. Este haber algo es lo que resplandece en los cipreses de ciertos cuadros del pintor holandés, remarcado y sugerido, como atmósfera o contorno o halo que irradian los objetos, en especial, como digo, ciertos cipreses de alguno de sus cuadros. También los paisajes rurales, las montañas que se derriten de calor, la monotonía del trigo en el campo. Quizás sea en los temas paisajísticos y de naturaleza donde mejor se aprecia. Un ciprés en medio del campo, el cielo lleno de ondulaciones expresadas por su pincelada característica, la luna o las estrellas de algún nocturno. Los objetos de estos cuadros parecen decir algo, con su mera presencia. Es un algo que el pintor parece ver en la realidad, acaso con su visión distorsionada por la enfermedad, y que extrae de ella y enfatiza con el óleo. Sus cipreses parecen estar afirmando, solitarios, que son.

En mi trayectoria de lector, ha habido dos autores que en la literatura me han producido esta especie de vibración sugerente. Uno es el Albert Camus de su período más nietzscheano, el del ensayo El mito de Sísifo o la novela El extranjero. Creo que apunta, aunque él no lo interpretara tal vez como Jaspers o como yo lo hago, a un gozo afirmativo, el gozo de que en juego con la nada predominante haya un cierto ritmo, en el que lo que reluce es el ahora y la efímera, delicada y trágica sensibilidad corporal. El sentido sería eso (aunque debo recordar que hablar de sentido en relación con lo trascendente es también equívoco para Jaspers, pues se intenta con ello categorizar lo no categorizable). Un sentido vital, lúdico, en el que se evidencia que hay algo, aun precariamente. Es en el juego de término de lo vital ante la nada y el absurdo existencial donde yo reconozco el límite revelador, la vibración invisible que sugiere el algo más. Desde luego desde su ateísmo es posible que Camus no reconociera esto… o sí. De hecho, hay una obra reciente en la que se han publicado unas conversaciones sobre religión cercanas a su muerte absurda, en la que parece que comenzaba a aceptar una cierta trascendencia de tipo religioso. Aunque esto son especulaciones que él nunca llegó a desarrollar, como es sabido. Pero si fuera cierto que manifestó esta tendencia al final de su vida, es posible que ya estuviera insinuada en su obra anterior, aunque su sistema fuera, en efecto, el sistema ateo de un universo cerrado y sustentado en sí mismo. Lo cierto es que su obra literaria expresa en ocasiones, como en todo el existencialismo, la precariedad del ser (y de los entes), rodeados y compuestos por la nada, abocados constantemente a un término. Es aquí donde el límite vuelve a resplandecer.

Sobre todo he constatado este raro esplendor del mundo en el que relucen también, reveladoramente, sus límites, en la poesía y relatos del escritor Jorge Luis Borges. Es el autor que mejor expresa lo que yo intento aclarar, con torpeza, en estas líneas. El que él mismo considerara su mejor poema se llama, precisamente, “Límites”. Te invito, querido lector, a que lo leas con atención. Lo recita él mismo en un vídeo en youtube que enlacé en un post anterior. Encuentra el autor argentino en las cosas, y en él mismo, esa gravedad hacia la nada que puede manifestar cualquier objeto cotidiano, como si en lo corriente se escondiera una verdad conmovedora, un afirmar que, al mismo tiempo que somos, no somos. Manifiesta su poesía esta precariedad de todo lo existente, de la misma manera que en Camus el hombre es Sísifo, y halla su limitado sentido en el propio mundo donde no es posible hallar orientación. De nuevo, el resplandor de la limitación que, personalmente, siento como una soterrada sugerencia al mismo tiempo. Para Borges, como para el budismo o Schopenhauer, el mundo (fenoménico) es ilusorio, irreal y tiende constantemente a la nada. Su magia de artista es mostrarlo claramente en los objetos y en los empeños y en las inventadas trascendencias de los hombres.

Seguramente tienes, querido lector, muchos más ejemplos. Habrás leído autores que yo no he leído y que acaso no leeré jamás. Seguro que ves esto mejor expresado por algunos místicos y filósofos que interpretas con menos pobreza que la que manifiesta mi comprensión. El vaciamiento de que habla el budista, el fracaso de la cruz, el monótono giro extático del sufí… La búsqueda sin fin en la humilde historia de los hombres. Tú podrás decirlo, mostrarlo o vivirlo con mayor precisión. Te acercarás más o simplemente de otra manera más eficaz, a una cara de la poliédrica realidad donde el choque revelador con la limitación sea más revelador aun. Creo que, después de todo, es la biografía y existencia personal la que acaba revelándonos ese algo más. Aunque está también el sufrimiento, el mal, la injusticia social como lugares que en la biografía personal muestran esta ambigüedad de lo real, que muere y renace. Seguramente cualquier lugar de este universo, como el mágico Aleph borgesiano, puede ser una ventana al todo y a la nada.

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