lunes, 28 de julio de 2008

Falsas promesas


La admirable película American Beauty, ganadora de cinco oscars, siempre me ha dejado un regusto amargo al acabar. Porque a pesar de las escenas hilarantes y del humor que la vetea, conduce a una fúnebre moraleja. El dolor del tiempo perdido, el afán por recuperar los antiguos sueños, el áspero y chirriante contacto de la fantasía con la realidad grisácea, son su nota predominante. Porque transcurre en el film una lucha agónica contra el tiempo, que va dejando su estela de nostalgia e ilusiones perdidas. Los personajes están solos, vestidos con el ropaje de sus mentiras, las suyas y las que la sociedad les hizo creer, la de una felicidad mercantilizada de éxitos que los ha ido marchitando. En breves ráfagas, la vida, la vida auténtica, se muestra, lo que produce un contraste que acentúa la amargura. Las rosas suelen expresar en ocasiones esta irrupción de lo alegremente sexual, de una vida afirmada en su cuerpo y en su carne, que los sueños de felicidad mercantil y ambición acabaron matando. El personaje principal, protagonizado por Kevin Spacey, emprende un viaje en pos de lo que perdió tiempo atrás, ayudado por el ejercicio físico, algún contacto con las drogas y el estilo de vida adolescente a sus cuarenta años. Intenta arañar belleza y sentido a una existencia que acaba de descubrir anodina y falsa. La película formula varias cuestiones relacionadas con esto: ¿Qué ha pasado con la vida del protagonista o de todos los vitalmente fracasados personajes que aparecen? ¿Por qué dejaron que la felicidad se diluyera hasta apenas perdurar sino en algún vaporoso sueño o en el extraño baile de una bolsa de plástico agitada por el viento?

La belleza americana hay que buscarla en los basureros (como bien supieron los punkies de Londres), en desechos que arrastra el viento arremolinado, en lo que irradie algo de calor, algún recuerdo amable, cualquier menudencia en la monotonía de un centro comercial o en una barriada residencial de clase media. Quizás en algún envase vistoso. O en algún objeto perdido por donde se cuela. Pero no se puede ir más allá de esos restos ruinosos, como retazos de vida moribunda.

La perfección vendida a golpe de anuncio publicitario tiene mucho de muerte, de falsa felicidad mendigada por seres que ocultan, hasta el punto de ignorarlo, su propio espanto. Hay una continua tensión en la película, un sustrato de violencia a punto de estallar que de hecho revienta brutalmente. En los personajes hay mucha ira contenida que hace algunas escenas, como las comidas familiares de los protagonistas, muy desagradables de ver, casi angustiosas. Hay, pues, violencia bien disimulada, la violencia que consiste, básicamente, en negarse a ser, en el triunfo de un nihilismo disfrazado de lo contrario.

Los personajes dan pena, algunos, como el protagonista principal se hacen muy entrañables, caen bien en su lucha desesperada por ser ellos, por hallar belleza o vida o libertad. Me da la sensación de que son personajes cómicos en medio de una trama trágica. Porque el filme es profundamente pesimista. Quisiera haber sido Easy rider, mostrar ese también trágico viaje iniciático a lomos de Harleys, pero mucho más encantadoramente ingenuo, sesentero. Lamentablemente, hoy día no puede rodarse una película así, como la de los moteros melenudos que consiguen ser libres al menos por un tiempo, sino que resulta más verosímil una historia que, como American Beauty, exprese la imposibilidad de ser libres en la sociedad que vende libertad.