sábado, 26 de julio de 2008

¿Por quién tomar partido?


Continúo leyendo el libro de José María Castillo, Espiritualidad para insatisfechos, Madrid, Trotta, 2007. Me parece un libro muy recomendable para muchas personas, pero en particular para aquella clase de seres de corazones y mentes inquietos, que se percatan de la incoherencia entre la Iglesia (papado, curia romana, cardenales y obispos) y los más elementales e indiscutibles principios evangélicos. Es una triste realidad que el enorme abandono de la Iglesia católica por parte de cada vez más personas obedece, en parte, a esta incongruencia elemental, a la evidente contradicción de una Iglesia católica que ha perdido el norte. Castillo diagnostica este masivo éxodo fuera de la institución que hace décadas canalizaba la generosidad y el heroísmo de muchos, que hoy desembocan en las ONG o proyectos de compromiso social. En realidad, afirma, se trata de un error fundamental de la teología que se está pagando de esta manera, el de una teología y religión centrada en el pecado y no en el sufrimiento. La generosidad de tanta gente que acude a otros cauces para transformar el mundo y ayudar de manera efectiva a los demás, parte de la reacción empática que siente el sufrimiento ajeno y lo combate. Es algo, en realidad, cercano al proyecto de Jesús, a la idea de “Reino de Dios” que propuso como vía de acercamiento a una divinidad entrelazada inextricablemente con lo humano y terrenal, aun manteniendo su trascendencia. Es este proyecto de encuentro con Dios en lo humano y en la paliación de sufrimientos a los seres humanos lo central en su mensaje, no el culto a su persona o la obsesión con el pecado y la pureza, que se relacionan mejor con la ética helénica que con Jesús.

Sin embargo, el teólogo Castillo matiza que no es posible hacer del cristianismo un mero proyecto social. Siempre debe haber una cierta atracción por Cristo y fidelidad a su persona, así como una vivencia mística. En realidad, lo que debe hacerse como cristiano es armonizar ambas facetas relacionadas con Cristo: la persona de Jesús y el proyecto de Jesús. Si las escindimos una de otra, se puede incurrir en los excesos que él, muy bien, describe. El primer exceso es el de quienes reducen su cristianismo a un entusiasmo por la persona de Jesús que conduce a devociones “espirituales”, de capilla, que casi nunca salen de ella. Esto es una corrupción del cristianismo porque “tener fe es dedicar la vida a hacer más soportable la existencia de los que más sufren y, en general, de todos los que tienen la vida amenazada, limitada, empobrecida o atropellada, por el motivo que sea (P. 102)”. Es verdad que Jesús dio continuas advertencias en este sentido.

En realidad, creo que es la piedad como vinculación amorosa con el otro que sufre, la imagen concreta del sufriente, su dolor de carne y hueso que conmueve y conmociona, lo que define una buena fe cristiana. La adscripción incondicional al débil. Esta es una idea fundamental del libro de Castillo, la de la compasión sentida no desde el poder o las alturas, sino desde las “bajuras”, en los márgenes, en la pobreza y la renuncia a ser los primeros (aunque él acentúa fuertemente los aspectos positivos y alegres de la fe, la presencia de Dios en lo que alegra al ser humano y se relaciona con la vida y sus placeres). Si no es así, la caridad tiende a convertirse en una farsa que encubre sentimientos de grandeza o inconfesables deseos de que no cambien las cosas para poder mantener cierto status y privilegios sociales.

La compasión sinceramente sentida y el partido por el débil también deben servir para discernir si el cristianismo de quienes lo practican como mero proyecto social o político de izquierda se limita a una inmoral utilización del dolor de los pobres para obtener primeros puestos y privilegios. Un verdadero cristiano jamás se instala en el poder olvidando que se debe a los de abajo, porque entonces además contribuye a perpetuar las injusticias y obra con egoísmo según su interés particular. Es ese pensar siempre en el débil y debernos a él, seria y profundamente, lo que señala el auténtico seguimiento de Jesús. A partir del libro de Castillo me parece entender que para este seguimiento, pues, es precisa una dosis de fervor por Cristo, por un lado, y un claro y sincero posicionamiento a favor de los que sufren, por otro. Quienes se sitúan en sólo uno de los extremos, espiritual o social, “tienen que llevar sobre sus conciencias el dolor de las víctimas y la vergüenza de los ‘nadies’. Si es que a unos y otros les queda algo de vida en la conciencia” (P. 104). Porque la política que encubre individualismos y egoísmos, por muy de izquierdas que diga ser, no lo es. No obstante, no caigamos en confundir las cosas y pensar injustamente que toda persona comprometida socialmente tiene en el fondo un algo de embaucadora. Esta creencia es rotundamente falsa y resulta desmentida por numerosas personas sinceramente luchadoras por los demás, que creo dieron ejemplo en el pasado o lo dan ahora. Absolutizar una opinión ciega ante esto sólo sirve para justificar y apoyar el discurso lleno de prejuicios del “fuerte” y bien instalado.

En el fondo de todo, hay un miedo a los pobres que se puede sintetizar señalando que ponen en cuestión los privilegios (y las construcciones ideológicas) que hacen el juego a la sociedad de los ricos y pobres (aunque los pobres ni siquiera supongan un peligro real o vayan a hacer a estas alturas ninguna revolución). Un pobre arroja a la cara del rico “espiritual” su colaboración con el mal, como hará todo discurso que parta de la perspectiva del oprimido. Será un discurso, o teología, que recordará al acaso bienintencionado piadoso “espiritual” que es cómplice del dolor que combatió el propio Jesús. Precisamente, la falta de fe que los apóstoles muestran en ocasiones se vincula a esta incomprensión del mensaje de Jesús, muestra Castillo con citas de los evangelios.

Por tanto el lugar de la verdad y del cristianismo está abajo. Esto, seguramente, lo saben quienes masivamente abandonan la Iglesia, paradójicamente, desde un profundo respeto por los valores evangélicos. Una Iglesia que se lleva bien con los poderosos es una Iglesia que, necesariamente, les viene muy bien y les sigue el juego. Una Iglesia que hace esenciales temas como si debe haber nota o no en la asignatura de religión o la “familia tradicional”, pero que apenas hace nada, más allá de la arrogante limosna, por paliar los verdaderos y sangrantes males del mundo. Dice Castillo: “La misma Iglesia que acoge con todos los honores a hombres sin entrañas de misericordia se tira a la calle pidiendo que no le llamen matrimonio a la unión de dos personas que se quieren o que suspendan con nota a los chiquillos que no llegan a aprenderse bien el catecismo. ¿No resulta extraño todo esto? ¿Qué espiritualidad hay detrás de tales conductas? Son preguntas que todos tenemos que hacernos en este momento y tal como están las cosas” (P. 140).

No hay comentarios: