martes, 29 de julio de 2008

Promesas que sí lo son


En la anterior entrada sugerí una interpretación discutible, como todas, de la película American Beauty. Contrapuse lo que denominé “vida” a lo que podríamos denominar “lo cotidiano”. Mi intención fue hacer una lectura social, incluso política, de la trama, aun siendo consciente de que la interpretación podía decantarse por una perspectiva de tipo existencial, más básica y que tocaría un sustrato hondo. Ya no hablaríamos de los peligros de la sociedad consumista y opulenta, sino de una alternativa vital que se ofrece a cualquier ser humano en cuanto que tiene que decidir muchos derroteros por donde caminar durante su breve estancia en el tiempo. En realidad, ambas lecturas son válidas y significan que se acentúa uno u otro aspecto como ojo desde el que se mira a la existencia humana. Me refiero, pues, a la visión socializante frente a la más personal o existencialista, centrada en el individuo sufriente. Pues bien, yendo a la interpretación que de manera brevísima sugerí ayer, aclaro que cuando me refería a la vida, a los retazos de vida que representan, entre otras cosas, las rosas o la bolsa de plástico que baila (también quizás la melancólica y ensoñadora melodía que la acompaña), quería apuntar a una existencia verdaderamente humana, plena, realizada. Esta existencia feliz es la que todos nos merecemos en cuanto seres humanos, y creo que tenemos la posibilidad real de ella. ¿En qué consiste? La respuesta es complicada y entra en el pantanoso terreno de las éticas materiales y los conceptos de la “buena vida”. Sí me atrevo a sugerir que podría ser la que Maslow señala en su famosa pirámide de las necesidades, desde las más básicas a las superiores. Siguiendo en parte a los psicólogos, una vida humanizada es aquella en que los individuos aman, son amados y son libres, superando los obstáculos señalados por Erich Fromm que desliza las existencias hacia terrenos de muerte, como son el fanatismo o el autoritarismo. La vida con la que sueña el protagonista de la película es, pienso, esa misma. Para ver el modelo recuerda momentos del pasado, en los que existía la promesa de felicidad con la que nacemos todos los seres humanos, y que, lamentablemente, se va marchitando como a él le ocurre. Yo creo, y en esto soy optimista, que esta suerte de vida realizada es posible, aunque su consecución cuesta a los hombres y a la humanidad tanto como un parto lento y doloroso. Esto son los sueños que tiene “Kevin Spacey”, pero que andan viciados por la realidad que vive, y son por eso ambiguos.

La posibilidad de una vida nueva es evidenciada por la película sobre todo en la bolsa de plástico que danza movida por el viento arremolinado. Se puede entender que esto es un breve escape místico que ofrece el filme, como la hermosa música al final y las fotografías de tiempos pasados. ¿Es un sueño? Yo ayer decía que era un retazo de vida, es decir, una levísima insinuación, seductora, de algo no real, en la medida en que no existe en medio de la gris existencia de los personajes de la película, pero que irrumpe suavemente en ella. Ese fulgor momentáneo de una “buena vida” posible tiene mucho de amargura, porque se sabe irrealizable aquí y ahora, pero también sugiere, paradójica y misteriosamente, su posibilidad de realización. Está en la realidad. Ocurrió en el pasado, en los viejos sueños, en las ilusiones de la juventud. Tiene que aprovechar los pocos rincones donde la realidad le deja bailar su melancólica danza, y como puede, se cuela en ella. Como un resorte, hace cambiar la vida, momentánea y trágicamente, del protagonista.

Todos los personajes se percatan de que les vendieron una falsa felicidad y que la realización prometida por el mundo que los produjo resultó ser una farsa. Se sienten muy esclavos e infelices. No existe la comunicación existencial (Jaspers) en su restringido universo.

Creo que la situación real de los personajes puede concebirse de dos maneras. Como una suerte de condena que todos tenemos a no ser felices en este valle de lágrimas, o como una posibilidad que podría transformarse en digamos un tiempo mesiánico (utópico) que ya llega con el baile de la austera bolsa de plástico. Podemos ser más o menos pesimistas en cuanto a las posibilidades del aquí y ahora en el que transcurren nuestras humanas existencias. Esto es un trasfondo teórico que hace ver la película en una línea más “dualista” que acentúa la inevitabilidad del mal o en una más monista que cree que hay lugar para el hombre en el lóbrego mundo que, en principio, habita. No sabría decantarme claramente por una u otra visión. A ratos, la bolsa que danza solitariamente en una esquina perdida me dice que en el mundo hay mucho dolor. Y eso es cierto. Pero a ratos, la bolsa me dice que el dolor podría al menos mitigarse si los seres humanos nos decidiéramos a ser, sencilla y humildemente, seres humanos.