domingo, 13 de julio de 2008

Sobre ortodoxia y ortopraxis


Personalmente, cuando me asombro ante la distancia que encuentro en ciertas visiones del cristianismo y lo que me parece evidente tras la lectura y reflexión sobre el sentido de lo que van contando los evangelios y otros textos del Nuevo Testamente (y el Antiguo), recurro a la concepción y análisis de las ideologías a la que apuntan los marxistas. Grosso modo, como es bien conocido, la ideología surge en un segundo momento de lo social, en el ámbito de la cultura y los valores, para justificar y encubrir una determinada estructuración de la sociedad. Con claridad se ve en la comparación de la religión con el opio de Karl Marx, que nos recuerda la función aletargante con la que la religión tradicional puede contribuir a que las cosas no cambien en el mundo. Desde esta perspectiva, el cristianismo enarbolado por muchos puede favorecer su cómoda instalación en un mundo injusto y lleno de lo que Ellacuría llamaba “pecado estructural” (un mundo alejado de Dios debido a sus dinámicas sociales y económicas, que originan sufrimiento). La omisión de ayuda, el silencio cómplice, el desvío de la mirada hacia cuestiones banales como el uso de contraceptivos, la obediencia y la humildad mal entendidas que llevan a la sumisión respecto a los poderes y jerarquías de este mundo, son un ejemplo de cómo ha ocurrido una escandalosa tergiversación de lo que fue una religión de esclavos y marginados sociales. Esta tergiversación es denunciada, precisamente, por muchos mártires no reconocidos oficialmente, como los de la UCA o Monseñor Romero en El Salvador. No creo en el reproche que en ocasiones se les hace, de que se desviaran de la ortodoxia “metiéndose en política”, porque ya estamos todos metidos en política queramos o no (también el monje de clausura o el anacoreta retirado en las montañas). Su martirio habría que compararlo al de los primeros cristianos que entonces se enfrentaban al paganismo frente a los que defendían la fe.

Hoy la defensa de la fe va por otros derroteros, como señala Metz, es decir, consiste en denunciar y poner en entredicho las tergiversaciones e idolatrías cómplices con un mundo de pecado, el mundo de los dos tercios de humanidad inocente que se muere de hambre, y por tanto opuesto a la voluntad de Dios. Ésta es la auténtica defensa de la fe, de la ortodoxia y la ortopraxis frente a una alarmante desviación que se olvida, entre otros lugares centrales, de los pobres. Por eso, América Latina ha sido continente de martirio en el sentido más ortodoxo y cristiano del término. Pero sobre todo, entre esta suerte de mártires que no gustan a la teología más tradicional y conservadora, lo que se ha dado es una respuesta empática a una interpelación, la de la víctima, la de quien además de mártir, es pobre, sin nombre y olvidado en su dolor a veces hasta por la Iglesia. El buen cristiano, o simplemente la persona de bien, profese la religión o no religión que profese, se caracteriza por escuchar valiente y receptivamente este clamor olvidado, aunque cuestione su cómoda instalación en los lugares privilegiados de la sociedad.

Es la compasión y el amor, tan cristianos, lo que pienso que más allá de elucubraciones intelectuales, ha conducido a la teología de la liberación al intento de superar las visiones dualistas y gnósticas de la teología más tradicional que tal vez fue necesaria en otros tiempos. Desde una praxis de amor y aceptación de la creación, se elabora la teología que la apoya, como momento intelectual de una relación solidaria y horizontal con el prójimo. A diferencia de la otra teología que en cuanto ideología paraliza toda transformación caritativa del mundo movida por la compasión, tenemos una teología que libera, en un estricto y coherente seguimiento de Jesús.

El dualismo no puede proporcionar fuerza para una liberación auténtica. Inspira a héroes, es cierto, y mueve a acciones piadosas, pero esconde la contradicción interna de un profundo odio al mundo, a la vida y a los hombres. Para obtener la salvación, hay que negar todo ello. Por eso, las “liberaciones” gnósticas entran más de lleno en dinámicas verticalistas asociadas a inconfesables sentimientos de poder y delirios de grandeza soterrados, de quienes buscan sobre todo ser dioses o santos “espiritualmente” perfectos. No creo que tenga que extenderme para advertir del peligro que conlleva esto. Un ejemplo: para solidarizarse con los pobres (o el planeta) se puede renunciar a una vida consumista y a ciertas comodidades, como decía Ivan Illich, pero esto no es lo mismo que la abstinencia y la mortificación de quien cree convertirse en un ser puro y virtuosamente angelical de beatífica sonrisa y elevado por encima de los demás de esta manera. Son dos posicionamientos distintos, dos maneras diametralmente opuestas de estar en el mundo. Y si buscamos una función ideológica en la segunda, se puede relacionar con sociedades jerárquicas y desiguales, ya que establece, como digo, diferencias “metafísicas” entre los hombres. Además, el dualismo, en su desvaloración del mundo, acepta resignadamente la universalidad del mal y el pecado en nuestro “inframundo”, con lo que no se mueve un dedo para remediarlo. Esto viene muy bien a ciertas clases y dinámicas sociales.

En síntesis, el dualismo manifiesta una ambigüedad que aunque lo hace apto para heroísmos y santidades extraordinarias, lo hace también cómplice, más o menos consciente, del mal en el mundo. Por contra, no olvidemos que toda compasión con los vencidos y las víctimas, elementos prioritarios en la predicación de Jesús, es ya política, como diría el pedagogo Paulo Freire, y puede incitar a una praxis de liberación. De otro modo, la compasión tiene algo de falsedad y teatro.