lunes, 21 de julio de 2008

Sucumbir a la tentación


Una forma de dualismo es el que opone lo divino a lo humano, o Dios a su creación. Su práctica ausencia en el Antiguo Testamento y los sinópticos nos sugiere que pudo originarse a partir de corrientes griegas como el platonismo y que puede resultar realmente ajeno a cierta forma de entender el cristianismo. En la actualidad, hay teólogos que insisten en superar esta perspectiva dualista, señalando ciertos males que acarrea. Concretamente, he empezado a leer otro libro de José María Castillo sobre el controvertido asunto de la espiritualidad (Espiritualidad para insatisfechos, Madrid, Trotta, 2007), asunto en el que el mencionado dualismo se hace a menudo muy presente. Castillo culpabiliza a esta tradicional oposición de lo divino y lo humano de que la espiritualidad haya adoptado formas intimistas que la conciben como un trabajo solitario de búsqueda de una pureza y virtud individuales e internas. Esta forma de espiritualidad se ha desarrollado en contradicción con la vida, en cuanto que la vida es materia, historia, biología, lo que se ha llamado “carne” en definitiva. Castillo encuentra que esto no sólo es dañino a la propia religión, que llega a verse como enemiga de la felicidad humana, pues obliga a prescindir de placeres y gozos profundamente humanos, sino que es contraria al mensaje de los propios evangelios. Analiza un pasaje (Lc 4, 19) en el que la espiritualidad de Jesús la relaciona el mismo Jesús con un pasaje de Isaías (Is 61, 1-2) en el que se concibe toda espiritualidad como volcada hacia los demás y hacia la vida y felicidad material de los demás. Desde luego, Castillo incluye como “vida” lo “carnal”. Yo creo que lo humano, en efecto, aparece en las Escrituras ligado a la tierra (Gen 2) y siempre es expresado, incluso cuando se describe un contacto más directo con la divinidad, en términos muy sensuales. Desde el principio, también, el ser humano aparece como relación, construyéndose en el vínculo con los demás (simbolizado por la pareja originaria).
Por tanto, en lo poco que llevo leído del libro de Castillo, la espiritualidad es la vida influida por el espíritu, cuyo principal ingrediente es la búsqueda y afirmación de la felicidad aquí y ahora de todos los seres humanos. Esto implica que la espiritualidad se ejerce necesariamente en oposición a los poderes “de este mundo”, políticos y religiosos (como muestra con absoluta claridad el ejemplo de Jesús) que generan sufrimiento de cualquier tipo (económico, moral) a las personas. Y leyendo esta idea me ha venido a la mente la advertencia del pasaje de las tentaciones en Lucas (Lc 4, 1-13). Como es sabido, se relata en dicho pasaje cómo el demonio sube a Jesús a un monte y le muestra todos los reinos del mundo, para que si lo adora, le pertenezcan. Jesús, cristianamente, lo rechaza. Creo que aquí se advierte de un peligro que siempre acompaña a quienes, acaso bienintencionadamente, pretenden cumplir con el evangelio. Se trata de la utilización de un buen lugar de poder desde el que ayudar a que haya menos mal en el mundo. Esto es la tentación de quien quiere ser buen cristiano reinando en el mundo. El peligro estriba en que el poder corrompe, pues implica hacer determinadas concesiones al pecado e instalarse en un sistema estructuralmente malo que sin lugar a dudas contagia y daña a uno mismo y, sobre todo, al prójimo. Por eso, si miramos a la Iglesia, cabe pensar que tal vez le viniera bien volver a un humilde posicionamiento de marginación, minoría y exilio, como el que tuvo en sus inicios. Desde ahí, la compasión y la empatía con los que sufren serían más auténticas, como dice Metz, desde una fraternal horizontalidad similar a la vivida por los primeros cristianos. El estar buscando y construyéndose, a menudo contra corriente, e incluso la defensa desesperada de causas perdidas la acercaría más a lo que creo que marcó la vida y predicación de Jesús y los primeros cristianos. No se puede criticar el pecado del mundo desde ciertos valores, si se está bien instalados en el mundo. Quizás de aquí arrancan los dualismos y las contradicciones. El rechazo al mundo, desde una visión alternativa a la más tradicional y conservadora, no supone el rechazo a lo material y placentero, sino al poder y sus corrupciones. Si esto se tiene claro, no existiría el peligro de acomodarse, de no cargar con la propia cruz, de acumular bienes materiales que atan e impiden estar radicalmente dispuestos para la lucha por los demás, de perder el tiempo enterrando a los muertos, de cumplir con rituales que nos obligan a olvidar a los menos favorecidos (parábola del buen samaritano), de no condenar ni juzgar elaborando complejas casuísticas y preceptos morales que hacen sentirse culpables a la gente de bien, etc. En definitiva, la Iglesia volvería a lo más esencial, en lugar de empantanarse en aquello que hace más infelices a los seres humanos negando la vida y sus fenómenos, como son la sexualidad y el placer. Aunque claro, aquí todo depende de lo que entendamos por "vida". Sé que desde ciertos dualismos que priorizan lo divino y lo sobrenatural, la vida es, paradójicamente, lo que la niega. De ahí que se diga defenderla y practicar la caridad prohibiendo los preservativos contra el SIDA, la muerte digna o el intachable amor que pueda sentir y profesarse una pareja homosexual.
La religión tiene una ineludible vertiente política, como todo lo humano. Pero la cuestión es dónde nos situamos para hacer política: ¿en la cima de los reinos de este mundo, o entre quienes acudieron a Jesús y escucharon su mensaje, abajo, entre los últimos? Esto es un serio dilema, porque no se puede servir a dos amos. De los verdaderos cristianos nadie habla, ya que se limitan a querer y dejarse acoger por los demás en silencio. Es en ellos en quienes pienso cuando intento descubrir qué es realmente el cristianismo. Por el contrario, los otros, los mediáticos, los que exigen a los demás sin ver la viga en el propio ojo, alejan y confunden.

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