lunes, 11 de agosto de 2008

El Salvador, Centroamérica


Es difícil conocer la realidad de un país como El Salvador, sobre todo cuando mi vida acá se ciñe a lo meramente académico. Pero que hay grandes bolsas de pobreza y una mínima inversión en lo público es evidente. Me dicen algunos profesores de economía que también realizan su estancia hospedados donde yo estoy, que no se invierte en lo público porque no se ingresa en las cuentas del estado, es decir, apenas se pagan impuestos. Por lo visto no lo hace, por ejemplo, la prensa, al ser considerada un bien cultural, pero tampoco aportan mucho las grandes empresas y bancos, cuyo apoyo al país se considera suficiente en cuanto que “crean puestos de trabajo”. El resultado es patente, en las calles que se hallan generalmente en bastante mal estado, por decir un ejemplo. Y no hablemos de la sanidad, la seguridad, la educación, etc. En fin, que el dinero entra y sale casi exclusivamente de unos pocos bolsillos privados. El grueso de la población vive con grandes esfuerzos y el colmo es, me dicen, que la pobreza alcanza a la mitad de los seis millones de habitantes que tiene este superpoblado país cuya extensión es apenas la de una provincia española. El resto de la región tiene problemas similares y hasta peores: Guatemala, Honduras, Nicaragua... El sueldo mínimo base es de unos de 150 dólares mensuales, con precios muy similares a los de España en casi todos los sectores. Se dan fenómenos como las maquilas, donde los obreros trabajan a destajo en largas jornadas laborales por muy poco sueldo para producir productos muy baratos en la industria textil que son vendidos caros en el Primer Mundo. Otra peculiaridad es que aquí no existen las vacaciones pagadas. Hay también graves problemas de inseguridad en muchas zonas de la capital (proliferación de bandas organizadas) y un tercio de salvadoreños son emigrantes, en especial en Estados Unidos, desde donde mandan remesas a sus familiares que evitan el quiebre total de la economía nacional y permiten la supervivencia de casi toda la población residente en el país. Contrariamente a lo que algunos pudieran pensar, los salvadoreños son muy activos y trabajadores, pero muchos se encuentran con la imposibilidad de salir de la miseria por más horas que trabajen e ingenio que le echen. Según los gurús del neoliberalismo, como Hayek, por lo visto esta es la gente que sobra en el mundo, los que no valen y tienen que perecer.
Aquí uno palpa la realidad de dos tercios de la humanidad condenada al hambre sin ningún tipo de remedio o ayuda por parte de nadie. Sencillamente, muchos debemos el bienestar a haber nacido en un sitio determinado del mundo y no en otro, por mero e injusto azar. Uno no puede sino recordar dolorosamente los juicios a la ligera nacidos de un evidente desconocimiento que tiene que oír en Europa y España, cuando se pontifica acerca de América Latina desde un bienestar que ciega para comprender y ponerse en el lugar de los demás. Porque como dice Jon Sobrino, el lugar desde el que se piensa (en el caso de la teología, pero no sólo en esta disciplina) importa epistemológicamente, pues el entorno contribuye a abrirnos los ojos e interpelarnos para que comprendamos cosas sobre el hombre, sobre la historia o sobre los evangelios que en otros sitios no pueden entenderse. ¡Con cuánta peligrosa y arrogante ignorancia se juzga y se prejuzga lo que ocurre en la castigada y bendita América Latina!