jueves, 11 de septiembre de 2008

Antiutopía y utopía


Ya estoy de nuevo en Granada. Ahora, como suele ocurrir, el mes transcurrido en el extranjero queda como un sueño revitalizador que me nutrirá durante un tiempo. Por referirme a lo más intelectual, me queda la tarea de componer un escrito a partir de cierta idea desarrollada en mi conferencia: la dialéctica propia del horror en el cual, a pesar de la tiniebla que lo cubre todo, vemos alzarse la luz de la utopía. Hay escritores en la historia de la literatura en los que esto es patente, narradores de pesadillas e infiernos de maquinismo y muerte en los que, sin embargo, cabe vislumbrar un cierto atisbo de esperanza. Cuando todo está perdido, en lo más hondo del horror y del fracaso, es posible que reluzca fugazmente su opuesto. Esto es lo que el cristianismo expresa con el Crucificado, en la medida en que el triunfo llega (la resurrección) cuando todo ha fracasado y cuando la justicia ha sido brutalmente aniquilada por el mal victorioso. Creo que ésta es una de las intuiciones más provechosas del Cristianismo, que éste llega a considerar centro y esencia de su cosmovisión. Es el mal el que produce la reacción que Adorno considerará nuevo imperativo ético: Evitar a toda costa que algo como Auschwitz se repita. La ética, como la esperanza, emerge a partir del contacto con el mal que aniquila todo. Ésta es la dialéctica de vida y muerte del Tercer Mundo, que conoce la mayoría pobre de la humanidad.