jueves, 18 de septiembre de 2008

ciencia y religión


En la fotografía podemos apreciar perfectamente sintetizado, en una alegoría muy expresiva, lo que podríamos denominar la “moral ilustrada”. Con esto no me refiero a teorías éticas desarrolladas por el movimiento ilustrado dieciochesco, sino a la escala de valores propia de la Ilustración. Es decir, en la imagen, perteneciente a la famosa Enciclopedia, vemos ensalzada a la “Verdad”, a la que la filosofía quita el velo, mientras a los pies de ambas todas las ciencias y las artes rinden tributo a su “diosa”. Se trata, ciertamente, y como tanto se ha puesto de manifiesto, de una fe que ha secularizado los esquemas religiosos, convirtiendo en misión sagrada la búsqueda de conocimiento y la verdad. Si antes se confiaba en la revelación interpretada literalmente, en una verdad revelada cuyo último fundamento era Dios, ahora se sustituye la divinidad por la razón que, caminando sola y sin ayuda, se sabe con capacidad para dirigir la búsqueda de la verdad. Durante mucho tiempo, se ha visto en este proceso una antítesis de lo que suponía el viejo saber fundamentado teológicamente. Los ilustrados, como mucho, aceptaron un deísmo que ubicaba a Dios en el lugar del primer motor inmóvil, sin aceptar intervenciones milagrosas ni una relación personal con los hombres. Desde aquí, el viejo conflicto entre la fe y la razón se dirime a favor de una razón secularizada que combate a una teología con la que no tendría nada que ver.

Creo que así sigue considerando el asunto hoy día muchísimas más personas de lo que imaginamos. Pero esta situación es propia de un siglo XVIII superado ya por ambos planos, el científico y la fe religiosa. No es necesario seguir ubicándose en estos términos de dicotomía hoy día, y concebir la fe como una obstinación completamente irracional que acepta sin cuestionar los dogmas transmitidos por la tradición eclesiástica. Esta es la postura de Hans Küng, que define la fe como una razonable confianza, que sin la certeza absoluta de las verdades científicas, puede apostar (¿pascalianamente?) por un fundamento que garantiza que, a pesar de todo, la justicia y el bien tendrán la última palabra. En este sentido, se hace perfectamente compatible el desarrollo de la ciencia, sin titubeos ni miedos absurdos a que nuestra fe resulte cuestionada. El error durante mucho tiempo fue querer hacer de la Biblia un tratado científico en lugar de realizar una lectura global y simbólica de la misma. No hay que creer al pie de la letra, como hacen algunas ingenuas concepciones fundamentalistas cristianas, la historia de Adán y Eva, sino ir más allá, con sensibilidad e inteligencia, de la misma imagen o historia que se nos presenta. El debate entre darwinismo y creacionismo, tan presente en Estados Unidos, se disuelve si no concebimos esa oposición entre la Biblia y los estimables logros científicos. Porque Dios, recuerda Küng, no es un tapa-agujeros para la ciencia, ni debe ser pensado desde la ciencia, ya que su “lugar” es otro.

Esto no quiere decir que los descubrimientos científicos no deban tocar a la teología. Por supuesto que sí. Creer en Dios, dice Küng, no debe suponer un sacrificio del intelecto, ya que la fe no es fe en una imagen concreta presentada por la Biblia. (Por cierto, el Corán anima constante y enérgicamente al saber y a estudiar científicamente el mundo). Al contrario, la fe resulta enriquecida (como también el ateísmo, claro) por la investigación seria y rigurosa de la naturaleza, la historia, la economía, la sociología, la psicología. Abordar científicamente los propios textos del Nuevo Testamento e incluso los dogmas del Credo católico es sano. No pierde la fe porque se cuestione la imagen tradicional de la vida eterna, el cielo o el infierno, porque determinadas concepciones se revisen a la luz de la historia y la ciencia para entender mejor los propios dogmas de fe. Y así lo entienden hoy, desde luego, gran parte de la teología y los creyentes más sensatos de todas las religiones. Hay que argumentar y analizar sin miedo las creencias religiosas. Es algo que la propia Iglesia sabe y admite desde hace doscientos años, cuando hubo de confrontarse con el desafío de la Ilustración, aunque muchos dentro y fuera de ella parecen no haberse dado cuenta. Finalmente, después de siglos de enfrentamientos, la teología y la religión incorporó a su discurso, sabiamente, el espíritu ilustrado, junto con los descubrimientos y análisis de la ciencias.

En definitiva, se puede creer profundamente en la validez de la ciencia y en sus conclusiones, y al mismo tiempo ostentar una fe religiosa como la cristiana. El saber y la reflexión crítica, desde este enfoque, se manifiestan enriquecedoras y perfectamente compatibles con una fe de las que mueve montañas. Éste es el caso del teólogo Hans Küng.

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