domingo, 28 de septiembre de 2008

La imposible teodicea


He hecho un paréntesis en la lectura del libro de Küng sobre el Islam, para leerme el excelente libro del profesor Juan Antonio Estrada titulado La imposible teodicea, Madrid, Trotta, 1997. Se trata de un amplio estudio en el que se aborda el difícil asunto de la conciliación del mal con el monoteísmo que presupone a un dios omnipotente y bueno. Estrada hace un análisis y crítica de las distintas respuestas (teodiceas) que a lo largo de la historia han intentado justificar a Dios a pesar del mal imperante en la creación. La teoría de la retribución, el pecado original, el leibniziano mejor de los mundos posibles, refutado por el terremoto de Lisboa que hizo escribir a Voltaire un intensísimo poema sobre la condición trágica del hombre… Y en efecto, esto es lo que prevalece, por encima de todo ingenuo optimismo: la condición trágica del hombre, que siempre pierde, abocado a la enfermedad, la vejez y la muerte. Es esta reflexión la que llega a la cima con Dostoievski y Albert Camus. En el primero se expresa perfectamente (en Los hermanos Karamazov) la aporía representada en que, por un lado, el mal impugna a Dios y hace dudar seriamente de su existencia (pensemos en el contundente ejemplo que el autor ruso utiliza: el sufrimiento inútil de niños torturados), pero por otro, el bien exige la existencia de Dios. Según Dostoievski, la solidaridad requiere la fundamentación de un Dios que le dé consistencia (“Si Dios no existe, todo está permitido”). Subraya que lo que salva al hombre es la relación solidaria con los demás, lo cual no elimina el mal, pero en cierto modo lo vence. La postura ante el insuperable mal existente en el mundo es el mero combate contra el mal, como se manifiesta en la mencionada novela hacia el final.

Camus representa la postura del ateo. Porque el mal tiene un efecto curiosamente contradictorio en relación con la creencia religiosa. A unos, la experiencia del mal absoluto (Auschwitz) los aproximó a Dios, mientras que a otros los condujo a un razonable y comprensible ateísmo que algunos supervivientes mantuvieron toda su vida (Primo Levi, Amery). Es decir, del horror surge la creencia, pero también, la increencia. Y resulta imposible justificar una u otra opción como más racional, pues ambas son posicionamientos existenciales, opciones que intentan abordar el problema de la naturaleza trágica de la existencia humana. Por tanto, ambas son razonables, pero no racionales. En el caso de Camus, el ateísmo se concretiza en una solidaridad como lucha contra el mal pero sin fundamentación teórica, operante sólo como praxis ética. Además, no deja de tener en cuenta que el destino del hombre es trágico, ya que finalmente prevalece siempre la muerte. El gran paradigma del solidario ateo es el médico (el doctor Rieux, de la novela La peste) que cura, aun sabiendo que se halla inmerso en una lucha inútil, porque el paciente siempre acaba muriendo.

Las de Dostoievski y Camus son dos sabias reflexiones que nos confrontan con la inevitabilidad e insuperabilidad del mal, con su imposible reconciliación con el Dios de los monoteísmos. Pero también, Camus nos enseña que, y esto vale tanto para creyentes como para ateos, la respuesta que se dé al mal es a nivel de la praxis, como un combate sin cuartel contra el mal en todos sus aspectos: físico (vejez, enfermedad, muerte) y moral (guerra, hambre, explotación laboral, injusticia, corrupción, poder abusivo, etc). Es decir, debemos acostumbrarnos a la carencia de respuestas teóricas y, para el creyente, al misterio de un Dios todopoderoso que permite el mal en su creación. En todo caso, al hombre le corresponde combatir y hallar el sentido, precisamente, en esta lucha trágica contra el horror acechante.

Reflexionando estas ideas a partir del libro de Estrada he recordado la decoración de la capilla Jesucristo Liberador de la UCA en El Salvador. Al fondo, en la entrada, hay unas terribles pinturas de torturas reflejadas con toda crudeza. ¿Qué significa esa perturbación en la paz y la armonía de una capilla? Son el mal. El mal que debe mirarse de frente y tenerse presente en la devoción religiosa, sin engaños. No, cualquier milagro, si los hubiera, no resiste la abrumadora prevalencia del mal en la creación. Que se lo pregunten a las víctimas de El Mozote en El Salvador. Mujeres, niños, ancianos que, absurdamente, sin merecerlo, fueron víctimas de una masacre gratuita que seguía la lógica del horror y la guerra. Quien se quiera hacer una idea puede ver la película Voces inocentes, que refleja cómo la población civil sufrió en medio del fuego cruzado, los secuestros, la tortura, los reclutamientos forzosos de niños, etc. Y en medio de ese enorme sacrificio sin sentido de inocentes, en esa situación límite en la que ningún milagroso Dios acudió a impedir la masacre, es donde surge la pregunta que también formulara Jesús en la cruz, antes de morir, como las víctimas de Auschwitz o El Mozote, torturado injustamente: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? Este clamor, también el de la figura simbólica Job, en el Antiguo Testamento, expresa una experiencia profundamente humana, la del abandono del justo en medio del predominio y la victoria del horror y el mal. Paradójicamente ahí, en ese silencio de Dios, es donde el profesor Estrada explica, al final de su libro, que puede hallarse la relación madura y auténticamente cristiana con el Dios de Jesús. No en una religiosidad de tipo mágico, que busca el milagro y la compra de favores a una divinidad que salvaría la vida a unos y mataría a otros. Esta última incongruencia nos llevaría a una imagen terrible de Dios como justiciero y fuente del mal, en la que el viejo miedo al numen terrible y el deseo producido por la contingencia humana prevalecerían en vez de asumir que el mal existe inexplicable y absurdamente.

Ante el mal, sólo cabe hacer lo de Jesús, jugársela hasta la muerte. La salvación que ofrece el nazareno, si nos ceñimos a una lectura histórica de los evangelios, es la de un seguimiento por parte del fiel que le lleva a tomar partido incondicional siempre por el débil, exponiéndolo todo obstinadamente, en un combate a vida o muerte contra el mal; combate que, de algún modo inexplicable y misterioso, y a pesar de que el mal gana siempre la partida, salvaría a los hombres. En cierto modo, la solidaridad trágica de Camus, pero esta vez con el enigmático aval de la divinidad.

En toda esta reflexión dignos son de mencionar, además, los filósofos Walter Benjamin y Max Horkheimer. El primero trae a colación la necesidad de una redención de las víctimas de las injusticias del pasado, injusticias que han conformado la historia y la civilización tal como la conocemos. Esta posibilidad de sentido para el horror, es rechazada por Horkheimer, que, sin embargo, admite la teología como expresión del deseo o anhelo de que la víctima tenga la última palabra, de que el verdugo no triunfe finalmente. Desde luego, nada de esto demuestra la existencia de Dios. Pero aquí estaría la aportación de una concepción más teológica que filosófica, que sería pesimista respecto al hombre pero optimista respecto a su destino (escatología, mesianismo). Lo contrario del ateísmo de Camus que, optimista con el hombre, es pesimista en relación con su destino trágico y absurdo en el que lo último es, se mire como se mire, la muerte.

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