lunes, 8 de diciembre de 2008

Los punkys tienen razón


En el nihilismo punky parece no haber lugar para la esperanza. Si nos atenemos al punk inglés de los últimos años 70 del siglo XX, centrando nuestra mirada en grupos musicales como Sex Pistols, resulta evidente un peligroso impulso autodestructivo que condujo a muchos, de hecho, a la muerte antes de tiempo tras una corta trayectoria de excesos. Los punkys negaban todo lo negable, sin atisbar (ni querer hacerlo) un remoto rayo de esperanza. Vivían en estercoleros, cerca de los vertederos de basura en los arrabales de Londres, de donde conseguían la ropa y los pocos muebles que usaban. Se identificaban con la basura, como indica el término “punk”, con las ratas y con las ruinas. A menudo habitaban en lugares en los que amenazaba el continuo peligro de derrumbe… Respiraban habitualmente en una atmósfera enturbiada de fuerte olor a vómitos y orines, de antro y olvido. No creían en el futuro y se mofaban de las utopías de hippies e intelectuales de la época. Su música rompía con cualquier armonía y belleza en una búsqueda premeditada de la fealdad, como el baile que inventaron (pogo), que consistía en empujarse violentamente.
Recuerdo todavía a principios de los noventa una vieja casa céntrica en ruinas en la ciudad que yo habitaba, una casa que acabaron demoliendo ante el evidente peligro de derrumbe que presentaba. Dentro vivían hacinados en la oscuridad un grupo de punkys que yo no llegué a conocer, pero sí una amiga, que me comentó que había escapado llorando de aquel lugar tras una corta visita. Cuando vio aquello sintió sensaciones no demasiado agradables. Quizás miedo o angustia, o asco, o acaso la presencia de la muerte y el final.
La conocida indumentaria de los punkies aludía también a la destrucción. El propio cuerpo era atravesado por escandalosos piercings y modificaciones artificiales en un desafío al dolor, en una especie de juego con el dolor estetizado, en el que yo sigo creyendo ver la presencia de la muerte. Porque tenían la virtud de hacer visible lo que tal vez estuviera presente de manera más sutil en otros grupos sociales, indumentarias y valores. Según ellos, no había más respuesta que la suya a una sociedad que mataba y podría todo lo que toca y que ensalza a la muerte de múltiples maneras. Creo que, como un negativo, representaban la mirada tétrica y pesimista a todo lo que los hippies miraron, por su parte, con una mirada esperanzada.
Pero en lo más hondo de su pozo, en su asco y en su agresividad, también, como una lejana estrella, puede distinguirse la esperanza. Tras el límite hay más territorio. Y su contundente impugnación negadora nos sitúa en un límite que ellos hacen visible, un límite de muerte y destrucción que está ahí, pero que no vemos, salvo que sea hecho visible con las lentes de aumento de los punkies. Ellos dicen que estamos en el final de la historia, pero un final nada glorioso. Debemos, pues, agradecerles que nos abran los ojos para ver lo que nos amenaza calladamente, y que en ese abrir los ojos, al mismo tiempo y sin quererlo, nos den la visión de una prometedora esperanza.