lunes, 1 de diciembre de 2008

Mejora y progreso


De las verdades más aclamadas en los últimos tiempos, dentro y fuera de la universidad, figura que el progreso intelectual se lograría mediante la canalización de ciertos impulsos egoístas arraigados en nuestra naturaleza. Se trataría exactamente del mito capitalista del sujeto que se realiza compitiendo por unos recursos o premios que no están a disposición de todo el grupo humano de que se trate. Así pues, como dice el personaje de Michael Douglas en Wall Street, si mal no recuerdo, es la ambición la que dinamizaría a las personas, sacándolas de su pereza y poniéndolas a luchar entre sí. Se supone que de esta lucha nacería bienestar para todos. Por tanto, el motor que nos movería para mejorar y aumentar el nivel de conocimiento científico en la sociedad (por centrarnos en el mundo de la academia) habría de ser un combinado de ambición y competitividad, por la que cada cual buscaría hacerse con ciertos premios ofrecidos a los más luchadores, los más tenaces y los más astutos.
Bueno, esto es un modelo de funcionamiento del sujeto y de la sociedad que parece avalar el más generalizado y razonable sentido común. Pero de un tiempo para acá, en medio del contexto competitivo que se ha impuesto en la sociedad y la universidad, a veces, he podido detenerme y preguntarme si este camino es el verdaderamente correcto. En principio, y están las Olimpiadas para demostrarlo, la excelencia y la autosuperación la logramos en esa especie de combate legalmente regulado que es ya cualquier institución educativa. Uno daría las clases lo mejor posible, por ejemplo, para destacar, ganar más dinero, más estabilidad laboral, obtener un mayor rango o recibir el reconocimiento institucional. Pero cuando esto se piensa despacio, uno encuentra que hay algo que no cuadra.
En primer lugar: ¿verdaderamente es sólo el egoísmo lo que nos mueve? Que sólo nos mueve el mero interés individual, la búsqueda de un alimento espiritual o material para afirmar nuestro ego, contra los demás, es cuestionable y ha sido cuestionado. Por decir fechas y lugares, baste el ejemplo del que hablo en la anterior entrada entre otros que tengo en mente. Para eso sirve la memoria histórica, por cierto. En efecto, se puede cuestionar esa visión por la que la humanidad consiste en un conglomerado de átomos o burbujas que buscando su interés exclusivamente individual prosperan. Esto puede no ser cierto. Sin tener que llegar a los pocos casos de heroísmo y auténtica solidaridad que puede dar nuestra especie, hemos de recordar que hay autores que han destacado el imprescindible papel de la alteridad y el diálogo (existencial), de los demás, para la propia realización. Nos hacemos con los demás, no contra los demás. Y este otro o tú al que debemos el ser no es un mero ente o cosa, sino una persona, no un enemigo o un rival. Pero antes de entrar en moralizaciones, recordemos que también, la pedagogía y la didáctica demuestran las bondades del aprendizaje cooperativo y la colaboración entre las personas para superar obstáculos y crecer en un sentido amplio. Hay decenas de investigaciones y casi nadie lo discute a nivel teórico… aunque como es característico de nuestra escisión vital entre lo teórico y lo práctico, a efectos prácticos no demostramos creer los beneficios de la colaboración en la sociedad y la salud humana que demuestra la ciencia.
Porque podemos dar la vuelta a las cosas. Me explico, antes referí el ejemplo de las Olimpiadas, y a él de nuevo me remito. Pero en esta ocasión deseo traer a colación las imágenes, que dieron la vuelta al mundo, de unos competidores en los juegos paralímpicos de hace cuatro años que, ante la angustia del deportista que había caído al suelo en una carrera, se detuvieron. Se olvidaron de su interés en ganar la carrera. Y en un valiente acto de progreso y creatividad se apearon del tren de la misma lógica que los había condenado y marcado como atletas paralímpicos, o sea, marginados en el mundo del deporte, incapacitados para lograr las mejores marcas absolutas. Se salieron de esta lógica y ayudaron al que se había caído. Acabaron entrando todos juntos en la meta y agarrados de las manos. En fin, una lección de estilo de vida y sociedad alternativo, una creativa propuesta cultural.
En medio de la vorágine neoliberal de divisiones y subdivisiones y escalas y rangos y rankings que supuestamente garantizan la excelencia humana, a veces también me detengo y recuerdo, asombrado, la lección de aquellos atletas. Su propuesta de una humanidad menos laberíntica, fría y enfermiza que la nuestra, anhelada desde la sabia marginalidad de los “incapacitados”. Una humanidad acaso más eficaz que la nuestra y más práctica. Ello me lleva a sospechar que puede haber gato encerrado en esta firme convicción que a todos nos cala los huesos, la de que funcionamos bien cuando somos ambiciosos y competidores, como átomos o burbujas que defienden su espacio vital a costa del espacio vital de los demás. Porque somos lobos, nos dicen. Una sociedad de lobos convencidos de que somos y siempre seremos lobos… mientras el silencio de los corderos clama por lo que nos hemos dejado en el camino.

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