viernes, 5 de diciembre de 2008

Perversiones neoliberales


El neoliberalismo acaba impregnando nuestras vidas, en la medida en que se sustenta en unos pre-juicios en torno al ser humano y la sociedad que acabamos asumiendo. Las ideologías se esfuerzan en desarrollar discursos que fundamentan desde la teoría, con un tono supuestamente neutral, las valoraciones que rigen nuestras vidas. Que esto es así ha sido ampliamente estudiado y es bien conocido. Todo lo cual nos conduce a extremar nuestros cuidados cuando nos pronunciamos con juicios generales acerca de nuestra naturaleza o tendencias. Por eso es posible y necesario sospechar de cuantas definiciones implícitas de lo humano nos encontramos ya dadas, de esas que todos asumimos sin chistar como cosa evidente. Podría ocurrir que estén operando lo que Ellacuría llamaba “ideologizaciones”, es decir, un pensamiento y una teoría al servicio de una praxis económica concreta. Desde esta perspectiva, lógicamente, el capitalismo en su versión actual, el llamado “neoliberalismo”, ha generado una cosmovisión de la que se nutre y que nos impregna hasta tocar los elementos más profundos de nuestras interioridades.

Me vienen a la memoria dos elementos que a mi juicio son muy perniciosos: el hacer las cosas por dinero (y su reflejo en el afán de posesión o de propiedad) y el desprecio por lo común. Señalo estos dos elementos porque sus devastadores efectos son fácilmente constatables en cualquier contexto en que nos movamos, dentro de la sociedad actual. Lo terrible del caso es que ambos significan una peligrosa corrupción de las formas de relación y felicidad que verdaderamente necesitamos para vivir. Que el dinero y que la propiedad privada son buenos como motores para la conducta humana y la producción es un pensamiento que genera graves infelicidades y perturbaciones sociales. Por ejemplo, respecto al dinero, creo que es evidente que hacer de éste la motivación para tareas como la enseñanza o la medicina, entre otras, puede corromper dichas tareas. En el caso de la enseñanza, la experiencia me ha demostrado que los casos de grandes maestros que, ya jubilados, han dedicado su vida con eficacia a la educación jamás han actuado por dinero. Su motivación ha sido otra, la que sea, pero no ganar dinero. Cuando ganar dinero se convierte en el motor para la docencia, el resultado es un ejercicio flojo de la misma, sin fuerza ni vida. Sencillamente, el dinero no es suficiente potente como gasolina para el magisterio. Por dinero uno no revisa una y otra vez lo que hace en las aulas y se empeña contra viento y marea en una tarea cuyo optimismo contrasta con el catastrófico mundo en el que se ejerce la docencia. Tampoco el dinero hace que exista fuerza vital y pasión en ella. Ni es suficiente para interesarse verdaderamente en los niños y alumnos, para tomárselos en serio y escucharlos. Ha de haber una motivación en la propia tarea docente en sí misma, un afán de volcarse en ella que no proporciona la ganancia económica.

Con mayor evidencia es en el ejercicio de la medicina, tarea altruista y heroica por excelencia, donde se manifiesta aún más la incapacidad del dinero para llevarla a cabo. Cuando el dinero se mezcla, en el caso de la industria farmacéutica por ejemplo, todos sabemos lo que ocurre. Que se lo pregunten a los 70 millones de personas que estuvieron a punto de verse sin tratamiento contra el cáncer o el SIDA porque Novartis poseía y reclamaba sólo para sí la patente.

Que el dinero destroza y desorganiza numerosos ámbitos de la economía y la producción es evidente. Por dinero va la gente a la calle y se queda en el paro, por dinero todo en la informática o la tecnología de las comunicaciones aumenta su caos, por dinero aparece la corrupción en todas las esferas de la sociedad, por dinero se habla de aumentar la jornada laboral a 65 horas semanales, por dinero nadie puede acceder a una vivienda en España, por dinero existe el Tercer Mundo, por dinero se explota a la gente en el trabajo... Por dinero, en suma, no se crea la riqueza. Aunque se nos haga creer lo contrario.

Y respecto al desprecio por lo común, baste un paseo por las comunidades de vecinos o barriadas de muchas ciudades. En primer lugar el efecto de la privatización salvaje son ciudades como muchas en el denominado Tercer Mundo que están sucias, inseguras, afeadas y estresantes. Y en el denominado Primer Mundo, al que llega poco a poco esta salvaje oleada neoliberal, tenemos que ya pudre la convivencia entre las personas, cada vez más encerradas en sus burbujas de bienestar privado. No se entiende el valor de lo compartido, y la gente invierte de buena gana en sus pisos pero no en las zonas comunes de escaleras y garages, por ejemplo. Esto genera situaciones clamorosas en la que lo común apenas vale para nadie.

En síntesis, estos son dos buenos ejemplos de cómo falla el neoliberalismo. Sus principios y valores más básicos hacen agua porque destrozan vidas y sociedades. Pero lo aterrador es ver cómo todos asumimos sus mentiras con sumisión y pasividad, permitiéndonos odiar con suficiencia a quien nos habla de utopías. Porque no queremos ni oír siquiera esa palabra.

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