sábado, 20 de diciembre de 2008

Pobreza con papel de regalo


Es casi un tópico decir que las Navidades son un período de exaltación consumista. En efecto, si nos fijamos bien, en estos días aparece con evidencia toda la patología propia de nuestro mundo, concentrada y exaltada. Lo que eran símbolos evangélicos de pobreza, de partido por los pobres, se han dulcificado y lejos de la crudeza propia de una escena como la del pesebre y el establo, aparecen idealizados con un halo mágico, ahistórico. La pobreza es vista como un lugar positivo en sí mismo del que uno participa llevando el belén a la propia casa, en lugar de ir uno al establo y al pesebre. Los hogares se llenan de belenes domesticados. De este modo, lo tenebroso del establo en invierno queda oculto en un ambiente casi de película de Walt Disney. El mal es disfrazado y se fomenta un bien consistente en la oferta de escaparates llenos de luces. La “luz del mundo” que nació con los pobres es, diabólicamente, tergiversada y convertida en su contrario. Es una luz que oculta la pobreza, antes que manifestarla como luz a ella misma sin disimular los dolores que le son propios. La pobreza es vista como una situación ideal, lejana, fácil de superar con los medios de la sociedad de consumo que, paradójicamente, la han originado. Pero toda explicación de la misma es neutralizada y justificada con la necesidad de la alegría fácil. Porque la luz del establo es, en efecto, alegría, pero también lucha y derrota. El bien que ahora se nos vende es el del regalo, un bien inútil, basado en un olvido ciego, y en el individualismo de las relaciones con los seres queridos del ámbito más cercano. Más allá de nuestros familiares, se espiritualiza el acto de dar la limosna y se desarrolla un amor que significa una implicación cómoda y a medias. La dureza de la condición del pobre junto con sus causas resultan, por tanto, fácilmente neutralizadas, por lo que no la sentimos más allá de las lágrimas frente a un reportaje de la televisión o un programa de donaciones y beneficencia. Así pues, el mal que mata, sale una vez más victorioso, presentándonos su faz intachable, que con su mirada convierte los corazones en piedra frente a los escaparates y los televisores. Queda oculto en medio de los maniquíes que exhiben la moda de invierno, el confeti y los cotillones, en el ambiente hogareño, en la solemnidad de las misas, en la alegría facilona pero fingida. Aunque a veces sólo tenemos este fingimiento como clave del mayor y más generalizado fingimiento, como pista que se nos cuela en medio de nuestros sueños consumistas.
En la navidad, nos limpiamos de nuestra miseria moral y nos abrazamos en una estúpida catarsis de fiesta para, acto seguido, seguir robando, matando y explotando con la buena conciencia de habernos querido mucho.