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Mostrando entradas de enero, 2008

Como una vieja balada irlandesa

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Si hay una experiencia netamente humana, universalmente compartida, es la conmoción generada por el paso del tiempo. Es esto lo que un John Huston tardío nos ofrece con la película Dublineses, basada en el cuento Los muertos, de James Joyce. Con el aire de una balada irlandesa, la modesta acción nos conduce a una cena en la que, siguiendo una tradición, se reúnen unas personas en la casa de tres hermanas que hacen de anfitrionas. Acuden algunas parejas, un borrachín con su madre, un cantante de ópera, un anciano… son seres corrientes, mostrados sin idealizaciones de ningún tipo, pero con un aire de ternura que impregna el filme. La atmósfera, y ahí voy, es decadente, pues se trata de un retrato magistral de la nostalgia, de los efectos del paso del tiempo en el alma humana. La cámara se regodea en diversos objetos y lugares de la casa, mientras una de las anfitrionas, decrépita, canta con voz desafinada por la edad. Los objetos son enseres cotidianos, cosas de una época ya inexistente…

Donde brillan los relámpagos

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He retomado la lectura de Simone Weil, que había dejado hace algún tiempo. He ido a ella fascinado por su historia y lo poco que sé de su pensamiento. Sin lugar a dudas, debió ser una mujer extraordinaria, creo que un ejemplo a seguir por el enfoque y el compromiso hasta el límite que practicó toda su vida. Los textos que he leído manifiestan una profundísima vida interior que tuvo, como debe ser, su reflejo en una no menos profundísima “vida exterior”. Ante un juez explicó que había deseado la cárcel (luchó en la resistencia, en la Francia de Petain en los años 40) para lograr la identificación plena con los oprimidos. El magistrado la juzgó loca y fue absuelta. Pero no acabó ahí la cosa: ayunos, renuncia a un puesto de profesora universitaria para trabajar en una fábrica, rechazo a una vida dedicada exclusivamente al estudio (era mujer de gran erudición) para jugar a las cartas y charlar con la gente, penalidades varias… Todo ello nos puede hacer que la veamos como loca, en efecto, …

Tras un pálido minotauro

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Moby Dick es una novela enigmática. Las interpretaciones de la misma se han multiplicado desde que se escribiera, y ninguna de ellas, como suele ocurrir, la agota. Para mí la novela posee un buen aval: recuerdo los momentos que dediqué a su lectura como momentos felices. Durante días el océano se constituyó en un desesperante laberinto, cuyo centro, ubicado en todas partes, albergaba un espantoso minotauro blanco. Acompañé a la obsesión del capitán Ahab, obsesión en la que su vida de marinero obtuvo un sentido de la muerte. Los símbolos, la novela como una gran alegoría, se burlan de una realidad que es más de lo que parece, pero que por eso, se convierte en menos. El gigante blanco arrastra al Pequod en una travesía de meses por un laberinto que, como el que forma el desierto, no tiene muros ni puertas. Ahab prefiere el fracaso antes que vivir sin sentido. El componente épico de la novela se funde con el religioso en un impulso a seguir navegando hacia un horizonte inalcanzable, pero…

Utopía y sentido.

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Respecto a lo que hablábamos en el post del 14 de diciembre de 2007 a partir del libro de J. M. Castillo (el post que dediqué a exponer cómo existe una suerte de autoengaño que ayuda a colaborar con la injusticia, pero con la conciencia limpia y autocomplacientemente), he hallado la siguiente cita de Bonhoeffer: “Con la huida de la discusión pública, este o aquel alcanzan el refugio de la práctica privada de la virtud. No roba, no mata, no adultera, hace el bien según sus fuerzas. Pero en su libre renuncia a la publicidad sabe guardar exactamente los límites permitidos que le preservan del conflicto. Así tiene que cerrar sus ojos y oídos ante la injusticia que existe a su alrededor. Sólo a costa de engañarse a sí mismo puede conservar su intachabilidad privada de la contaminación que produce una conducta responsable en el mundo. Todo lo que hace, jamás le compensará de lo que omite. O bien perecerá en esta intranquilidad o llegará a la hipocresía de todo fariseo.” (Bonhoeffer, D., Ét…

Lo que expresa Dostoyevski

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He terminado el voluminoso libro de Küng al que me he referido en el post anterior. En efecto, me he encontrado con que el teólogo lleva a cabo una breve confrontación con el budismo, pero a mi juicio ésta resulta demasiado escasa. Su esfuerzo estriba en demostrar que el concepto negativo de nirvana no lo es tanto, y que, aunque los budistas no lo suscriban, aluden con él a una realidad positiva que lo asemeja a la idea de Dios de los monoteísmos clásicos. Me ha parecido, por lo poco que he leído sobre budismo que cualquier budista serio discreparía hondamente de esto, y que explicaría, en la medida de lo posible, que el nirvana no es equiparable en absoluto con el ser (ni con la nada). El océano en que se disuelve la gota, libre del samsara (rueda de reencarnaciones, el universo y la vida tal como lo conocemos… ilusoriamente) no es Dios. Habría que buscar en los textos budistas y escuchar las interpretaciones de los eruditos de esa religión sin Dios. Küng, en el libro ¿Existe Dios?, …