miércoles, 28 de mayo de 2008

Y en las cavernas seguimos


La seguiriya en el cante jondo nos retrotrae directa y violentamente a ciertos estratos básicos de los que procede. Sale de las profundidades de un pozo. Es como un torbellino de campanadas recias que irrumpen y acaban silenciando todo lo demás. Es un cante rancio y añejo que impone un recogimiento que los cabales manifiestan con el silencio que suele helar el ambiente cuando el cantaor se destroza, mortalmente, el alma. Su relación con el sufrimiento es tal que un cantaor profesional me dijo que para cantarla bien, hace falta haber sufrido. Una persona hipotéticamente exenta de angustias y dolores no podría entender la seguiriya. La seguiriya existe porque existe el sufrimiento. De él nace y por él tiene su razón de ser. La guitarra imita las lágrimas y los quejidos y modulaciones de la voz del cantaor subliman el llanto. Porque sobre todo, la seguiriya es un llanto que, destilado, se convierte en todos los llantos. La letra suele aludir a cierta historia breve y dramática que se narra, o a una simple queja, pero el poderoso efecto de la voz jonda, los gestos y la concentración de los rostros que cantan o escuchan, las manos, producen un contagio por el que uno siente que ese dolor, en el fondo, es de todos. Cuando el cantaor llora, todos los que lo escuchan sienten que tiene razón, que hay motivos para llorar; y más allá de la causa inmediata o de la tragedia que se cuenta, aparecen las frases lapidarias y sentenciosas que claman la verdad de que el dolor nos constituye... de que ciertos dolores son inevitables en la existencia.

Esto, a veces en medio de noches de juerga flamencas, es acogido con el peculiar recogimiento que puede apreciarse en los que acompañan al Terremoto de Jerez en la seguiriya que muestro en el vídeo del post anterior. Las imágenes serias, los hombres y mujeres que aparecen callados, graves, son una plasmación ejemplar de esta verdad esencial con la que conecta a través de cierto hilo invisible la seguiriya. Nadie expuso mejor el dolor que significa haber nacido que el filósofo Schopenhauer. Que vivir es sufrir, también, lo expresa conmovedoramente la seguiriya. En su agitación y su solemnidad, en el silencio que impone, los cabales saben que el cante sienta cátedra diciéndonos lo que somos. Y eso conmociona.

Pero de ello, aparte del razonable lamento por la desdicha, surge precisamente el sentimiento de que la desdicha es común, es decir, compartida. Escuchando la seguiriya uno siente, también muy a là Schopenhauer, que el dolor nos une. En los momentos más intensos de la exaltación jonda, se puede percibir esta verdad con total nitidez. Y como en la transformación, contada por el poeta Ovidio, de cierta ninfa en su propio llanto, en el que literalmente se deshace, nos podría ocurrir a nosotros. Es como si la seguiriya al hacernos mirar para adentro nos pusiera a nadar en ese mar de desamparo que la vida cotidiana finge ignorar, pero del que procedemos. Porque actuamos como si no supiéramos que no somos más que un puñado de tierra, de la tierra de que estamos todos hechos.

Pero el caso es que somos lo mismo. Si fuéramos capaces de encarar esta verdad y extrajéramos conclusiones, hallaríamos la ética. Habríamos llegado a una ética de la compasión como la descrita por Schopenhauer. Una compasión por el otro cuyo sufrimiento es mi sufrimiento. Contemplar esta compartida inanidad debería hacer que prorrumpiéramos en abrazos, cosa también frecuente en las noches de juergas, por cierto. Dicho en términos semejantes, la seguiriya nos enseña a amar, o, al menos, las razones para amar a los demás. Al retrotraernos a ese núcleo ciego e íntimo en que todos somos dolorosamente iguales y en el que ya no hay pompas, convenciones ni jerarquías sociales con las que disfrazarnos, sabemos la verdad básica expresada por el hinduismo y realizada por el budismo, la verdad declarada por la afirmación de que “Yo” y “Tú” somos iguales. Pero sólo somos capaces de verlo en los carnavales (en los que las máscaras hacen que afloren las verdades ocultas y disimuladas en la vida corriente), o en los golpes de la vida y los malos momentos o, acaso, durante el efímero rapto extático de la seguiriya cuando el cantaor nos transfigura.

domingo, 25 de mayo de 2008

Gritos de las cavernas


Siempre me ha resultado sorprendente cómo ha podido considerarse el flamenco, equivocadamente, como folclore y como un ejemplo de arte pachanguero y alegre. No creo que en su esencia sea nada de esto. Si nos centramos en lo que implica actualmente todo arte considerado folclórico, podemos comprobar que supone un ejercicio de revitalización pretendida de bailes y música antiguas, casi desaparecidas y en las que los pueblos que las produjeron hace décadas que dejaron de expresarse realmente. Esta revitalización ha venido acarreada por su utilización turística o nacionalista, que han procurado ver en ellas la esencia de una cultura que, contrariamente, fluye viva por otros derroteros. Si concebimos así el arte folclórico, rápidamente, y a poco que entendamos de ello, el flamenco escapa de esta concepción encorsetada, prefabricada y moribunda con la que ciertos intereses han querido identificar no sé qué esencias de los pueblos. El flamenco es un minoritario, pero poderoso medio de expresión actualmente vivo, un lenguaje con el que se expresan en estos momentos personas y grupos de ciertos sectores de Andalucía y algunas otras zonas de España. Para quien no conozca esta música profundamente perturbadora por la que circulan corrientes de subterráneas pulsiones y tragedias, baste ver la reciente película documental Polígono Sur. El arte de las tres mil. En ella puede asistirse a la transfiguración de quienes apenas logran sobrevivir en un barrio marginal, que a menudo es comparado con un guetto, en la ciudad de Sevilla. Es una transfiguración que desde la miseria y la pobreza de vocabulario, cultura formal, economía, nivel social, se eleva de manera impresionante ante la barra de cualquier tasca o en la calle alrededor de una fogata. La gente del barrio, cuando se transforma en el compás y las hondas tonalidades del cante y el baile flamenco, hablan lo que no hablan con las palabras. La sensación es de que sacan toda la fuerza expresiva que de otro modo permanece invisible y soterrada. Entonces son ellos verdaderamente y son las personas que en la marginalidad yacían invisibilizadas. Asoma artísticamente una dignidad que para poderse ver desde fuera, ha de procurarse estar a la elevada altura y dignidad que caracteriza a los bailaores y cantaores.
Por tanto, el flamenco es actualmente un medio de expresión que sigue evolucionando; es un lenguaje vivo. No debe ser confundido con el moribundo folclore en el que nadie, salvo quien padece de nacionalismo decimonónico, puede creer verdadera y seriamente. Pero además, la confusión que quiso entender el cante jondo como folclore quiso también considerarlo un estilo alegre, propio de la charanga y la pandereta, de la broma fácil y la juerga intrascendente. Esto es rotundamente falso. Como he dicho, querido lector, por el arte flamenco circula una tenebrosa corriente subterránea que, sin exageración, puedo afirmar que hiela todo lo que toca. Es profundo, oscuro, lúgubre. El propio Camarón de la Isla, tan dado a la rumba y los tangos, lo expresa cuando canta unas bulerías cuya letra dice:

Yo a un anciano le pegué
porque me faltó en la calle
y al año cuando me enteré
que ese hombre era mi padre
gotas de sangre lloré.

Esta combinación de ritmo festero, como es la rapidísima y difícil bulería, con la seriedad de una auténtica tragedia expresada en pocos versos impactantes, lo dice todo. No, el flamenco no es alegre. Nació literalmente de quejidos que hacían llorar al francés Debussy o a Falla, imposibles de escribir con la notación musical convencional, quejidos que te envuelven y zarandean como campanadas. Así, la seguiriya, mi cante o palo favorito, es como recias campanadas que inicia la guitarra y en las que el cante se va desgranando. El cantaor llora mientras las letras van expresando sentimientos atávicos asociados a la existencia humana que en su fondo siempre es trágica. La voz deshecha en quejidos va expresando, sin demasiadas palabras, esta tragedia esencial que nos constituye a todos. Esta universalidad del flamenco, más allá de la función folclórica que ven en él quienes no lo entienden, ha sido capaz, por ejemplo, de conectar con el arte y el sentir, acaso también profundamente trágicos, de los japoneses. Un músico japonés afincado en España contaba en televisión esa íntima afinidad entre ciertos cantos lentos y hondos desarrollados también por la cultura japonesa, cuyo nombre he tratado de averiguar, lamentablemente en vano.
El flamenco no es, a pesar de la honrosa excepción de El Cabrero, un arte rebelde. La soleá, más sosegada que la seguiriya, expresa esta suerte de melancólica resignación con la que la situación del pobre y el marginado expresa la situación de todos los hombres. Es un testimonio, pura y simplemente, del dolor y el desgarro que supone vivir para cualquier persona. Es por tanto, una vez más, una lección que procede de los límites y márgenes como lo es el Polígono Sur sevillano que he mencionado. Son las vidas desahuciadas por la marginación, el alcohol y la pobreza las que nos recuerdan, sabiamente, nuestra condición. Y es esta dolorosa carga que inevitablemente conlleva desde su origen, de vidas vividas al límite y destrozadas, la que nos causa esa perturbación cuando escuchamos los poderosos cantes de voces rasgadas que milagrosamente se arrancan a cuerpos deshechos. Esta realidad, desde luego, impugna cualquier afirmación en el sentido de considerar alegres al flamenco, o al pueblo que lo produjo en sus inicios. Porque el flamenco nos retrotrae a los orígenes ciegos y brutales que otros pueblos expresaron con historias de cíclopes y titanes. El flamenco es vientre, miedos, rotundas culpabilidades, incertidumbres y también amistades y abrazos en la penumbra de un universo hostil y silencioso.



domingo, 11 de mayo de 2008

Sobre objetos restaurados


Los textos que nos han llegado de la Antigüedad pagana nos producen la sensación de que proceden al mismo tiempo de un mundo muy cercano y muy lejano y extraño. Uno no siempre está seguro de estar entendiendo con exactitud lo que los lectores antiguos entendían en el recio y conciso latín de Cicerón o Séneca, o el griego de los estoicos Epicteto o Marco Aurelio. Menciono a estos autores, considerados menores ante otros, por ser a los que estoy dedicando mi tiempo de lectura últimamente, y por ser los que me han abierto el apetito para estudiar el latín y el griego retomando algo comenzado hace muchos años. De estas lenguas y literaturas, ya extrañas para muchos, incluso intelectuales, se desprende algo que no existe en las lenguas que se hablan, llamadas vivas. Por ejemplo, el tópico del horaciano Carpe Diem escrito en un idioma que se considera muerto, vibra como no lo puede hacer en una lengua viva. Quien escribió eso pertenecía a un mundo que nos ha llegado por la casualidad de guerras y triunfos militares, del naufragio de una historia mucho más hostil con otras lenguas y pueblos. El latín se salvó porque lo adoptó una cristiandad que creció y se nutrió en el mundo antiguo grecolatino. Todo esto, la rareza de su compleja y precisa gramática, llena de matices que son muy difícilmente traducibles, nos cuenta, si sabemos y queremos oírla, una parte de la historia humana, es decir, de la existencia (otros dirían naturaleza) humana.

Los antiguos hablaban con sorprendente modernidad y sutileza, pero en sociedades brutales, muy distintas de las nuestras (que son brutales de otro modo) y aún vírgenes del cristianismo que acabó impregnándonos por completo. Esto es una de las claves que durante siglos los han hecho atractivos para muchos estudiosos. Se da la grata circunstancia de que si deseamos entendernos, y acaso recuperar cierto origen perdido pero aún vagamente presente (Vg. Nietzsche), o recuperar la filosofía que acabó siendo tapada por la filosofía (Vg. Heidegger), o simplemente recuperar inquietudes remotas que pueden orientarnos en aspectos como la educación y la reflexión pedagógica, hemos de mirar sin rubores y contra las siempre impugnables modas, a los autores antiguos y sus lenguas. Éstos constituyen una sabiduría que tiene el potencial para aclararnos quiénes y cómo somos, y, todavía más importante, hacia dónde vamos. Muchos grandes autores han dialogado con la Antigüedad, recurriendo a ella e interpretándola, y como es conocido, alguien comentó que ese diálogo y relectura es, básicamente, la filosofía.

viernes, 9 de mayo de 2008

Realismo de lo imposible


Respecto al Mayo del 68 puede decirse que nos ilumina en la medida en que fracasó. Lo que en este mes evocamos pertenece, sin duda, al pasado, y como comenzó, terminó. Pero una cosa es reconocer que los tiempos han cambiado y otra el esfuerzo de algunos por tapar y olvidar. Me da la sensación de que a pesar de los muchos documentales que sobre aquello veremos en los próximos días, Mayo del 68 no puede ser seriamente anhelado por muchos que lo vivieron en plena efervescencia y que incluso participaron de ello. Que aquello se hubiera prolongado habría supuesto un mazazo para quienes hoy lo evocan incluso con sincera emoción. Es esta emoción al evocar este peligroso recuerdo primaveral la que impugna el oscurantismo de nuestro presente, un presente que teme reconocerse en el 68, pero que paradójicamente vibra cuando lo evoca. Muchos reconocerán de esta manera que el olvido del 68 es una amarga equivocación que estropeó sus vidas. Admiten que la senda que dejaron era por donde verdaderamente habrían transitado con humano gozo. En estos días el emocionado recuerdo encubrirá la naturaleza de exorcismo con el que los documentales intentarán, una vez más, cerrar un capítulo. El 68 yacerá en estos días como nostalgia que no irá mucho más allá de la pantalla de los televisores que nos ofrezcan imágenes de estudiantes y obreros cambiando el mundo. Tan fugaz como ha venido ahora el mes de celebración de aquella temida locura, en efecto, el 68 retornará a los infiernos del olvido como una triste sombra. Porque lo temen.

Pero fue la derrota de la ilusión de aquella primavera mágica, tras las revueltas y la posterior resaca nihilista-postmoderna-punkarra, la que nos garantiza que el potencial subversivo perdura irradiante y vivo. El recuerdo, aunque retorne a la nada, brillará puro, como conservado entre cristales, para que nos emocionemos recordándolo. Esta emoción impugnará ceremoniosa, una y otra vez, nuestras autojustificaciones, engaños y racionalizaciones que elaboramos para convencernos de que es el triste presente de hoy el que vale realmente. En el fondo sabemos que no es así, y que lo que vale es lo que la melancólica nostalgia de estos días nos evocará. También estarán los sueños en la noche que todo lo encubre, la literatura, el parco latín y el florido griego para darnos ese tirón de orejas que necesitamos para no dormirnos del todo.

Con pena atisbaremos, miedosos y alejados de su núcleo, todo el torbellino vital del 68. Pero a pesar de la pena y la vergüenza de no haber estado a la altura de las utopías que nos hicieron felices, podremos sonreír. Porque el mero hecho de que una vez en la historia humana hubo un mayo del 68 nos evocará la sencilla verdad de que hay una salvación para las personas mineralizadas y sometidas a la procacidad de su sentido común y espíritu práctico.

viernes, 2 de mayo de 2008

Del inquietante pasado


Aunque hay quien se empeña en verlo superado, pienso que mayo del 68 señaló uno de los mayores referentes recientes de masivo impulso utópico, que impregnó el arte, la cultura, la música, la política y la universidad. He comprobado que lo que entonces acaeció en varios lugares del mundo no es siempre conocido ni comprendido por quienes hemos nacido después de esos años o no teníamos “uso de razón”. El caso es que en los años 60 y 70 del siglo XX, por las razones que fueran, ocurrieron cosas que hoy nos parecen como de otro mundo. Casi de buenas a primeras, miles de estudiantes y jóvenes se marchan a fundar comunas y a vivir formas de civilización alternativas. Aquello debió ser un movimiento ciertamente masivo que cuestionó con enorme fuerza los valores y roles tradicionales. Acaso con ingenuidad, a veces con fanatismo, pero siempre con un derroche de creatividad e ilusión, se dijeron cosas como: “Sed realistas, exigid lo imposible”. Más allá de las palabras, se cambiaron radicalmente las costumbres y se comenzó a emplear un término ya para siempre asociado a aquellos años: “contracultura”. Se practicó una severa crítica a la sociedad consumista y puritana de la época, y, al mismo tiempo, se quiso vivir la alternativa a la misma.

Como retazos de aquello, para intentar aproximarse imaginativamente a aquella generalizada voluntad de cambiar las cosas, por parte de los jóvenes en especial, podemos acudir a ciertas películas o iconos del momento. Acaso lo mejor que en este sentido se pueda hacer es sumergirse en la música de Jimi Hendrix, The Doors, The Beatles, Pink Floyd, Bob Dylan, Joan Baez. Es importante, para la gente de hoy, comprender que en su esencia, aquello fue algo más que una moda consumista. Es cierto que se acabó derivando en búsquedas estéticas e interioristas un tanto inútiles, pero hoy debemos recalcar que las personas jóvenes que comenzaron a vestir extravagantemente pretendían cambiar el mundo convencidos de ello y con toda su inmaculada energía.

De todas las creaciones e imaginaciones de la época, podríamos aconsejar la película Easy Rider. En ella, dos moteros en sus respectivas y descomunales harleys recorren el medio rural sureño norteamericano, atravesando comunas hippies, ciudades en fiesta, granjas, etc. A ellos se une un inolvidable Jack Nicholson en uno de sus primeros papeles, haciendo de alcoholizado abogado luchador por los derechos civiles de los negros. El clima a menudo es onírico, con escenas de auténtica psicodelia y surrealismo. Se muestra lo bueno de aquello, pero se atisba y estallan también los eternos odios de los hombres. La pretensión de transformar todo de buenas a primeras, de realizar un cambio de vida tan radical era tan grotesca como heroica, y tan inútil aparentemente como eficaz a la larga. Hay que atender a la música, excelente, y a los diálogos.

Como las flores de mayo, los sesenta duraron poco y acabaron muriendo, pero dejaron su fruto y semilla. Hoy lo sabemos y debemos reconocérselo a aquellas rebeldes criaturas. Vitales, valientes, intelectuales, pacifistas, artistas… Supieron decir “No” a lo que en efecto hay que decir “No” y afirmaron con frenesí, en cambio, la vida en su pura esencia. La vida creadora, imaginativa, desafiante. Creo que en cierto modo en las modas y la vestimenta de hoy acaso perdure algo de entonces. No es lo mismo, desde luego, pero puede que tras las rastas actuales siga estando la lucha contra Babilonia, soterrada, invisible, tal vez inconsciente. Y me empeño en ver esa afirmación, ese “Sí” decidido, incluso en el crudo y también admirable nihilismo de los punkys.