martes, 29 de julio de 2008

Promesas que sí lo son


En la anterior entrada sugerí una interpretación discutible, como todas, de la película American Beauty. Contrapuse lo que denominé “vida” a lo que podríamos denominar “lo cotidiano”. Mi intención fue hacer una lectura social, incluso política, de la trama, aun siendo consciente de que la interpretación podía decantarse por una perspectiva de tipo existencial, más básica y que tocaría un sustrato hondo. Ya no hablaríamos de los peligros de la sociedad consumista y opulenta, sino de una alternativa vital que se ofrece a cualquier ser humano en cuanto que tiene que decidir muchos derroteros por donde caminar durante su breve estancia en el tiempo. En realidad, ambas lecturas son válidas y significan que se acentúa uno u otro aspecto como ojo desde el que se mira a la existencia humana. Me refiero, pues, a la visión socializante frente a la más personal o existencialista, centrada en el individuo sufriente. Pues bien, yendo a la interpretación que de manera brevísima sugerí ayer, aclaro que cuando me refería a la vida, a los retazos de vida que representan, entre otras cosas, las rosas o la bolsa de plástico que baila (también quizás la melancólica y ensoñadora melodía que la acompaña), quería apuntar a una existencia verdaderamente humana, plena, realizada. Esta existencia feliz es la que todos nos merecemos en cuanto seres humanos, y creo que tenemos la posibilidad real de ella. ¿En qué consiste? La respuesta es complicada y entra en el pantanoso terreno de las éticas materiales y los conceptos de la “buena vida”. Sí me atrevo a sugerir que podría ser la que Maslow señala en su famosa pirámide de las necesidades, desde las más básicas a las superiores. Siguiendo en parte a los psicólogos, una vida humanizada es aquella en que los individuos aman, son amados y son libres, superando los obstáculos señalados por Erich Fromm que desliza las existencias hacia terrenos de muerte, como son el fanatismo o el autoritarismo. La vida con la que sueña el protagonista de la película es, pienso, esa misma. Para ver el modelo recuerda momentos del pasado, en los que existía la promesa de felicidad con la que nacemos todos los seres humanos, y que, lamentablemente, se va marchitando como a él le ocurre. Yo creo, y en esto soy optimista, que esta suerte de vida realizada es posible, aunque su consecución cuesta a los hombres y a la humanidad tanto como un parto lento y doloroso. Esto son los sueños que tiene “Kevin Spacey”, pero que andan viciados por la realidad que vive, y son por eso ambiguos.

La posibilidad de una vida nueva es evidenciada por la película sobre todo en la bolsa de plástico que danza movida por el viento arremolinado. Se puede entender que esto es un breve escape místico que ofrece el filme, como la hermosa música al final y las fotografías de tiempos pasados. ¿Es un sueño? Yo ayer decía que era un retazo de vida, es decir, una levísima insinuación, seductora, de algo no real, en la medida en que no existe en medio de la gris existencia de los personajes de la película, pero que irrumpe suavemente en ella. Ese fulgor momentáneo de una “buena vida” posible tiene mucho de amargura, porque se sabe irrealizable aquí y ahora, pero también sugiere, paradójica y misteriosamente, su posibilidad de realización. Está en la realidad. Ocurrió en el pasado, en los viejos sueños, en las ilusiones de la juventud. Tiene que aprovechar los pocos rincones donde la realidad le deja bailar su melancólica danza, y como puede, se cuela en ella. Como un resorte, hace cambiar la vida, momentánea y trágicamente, del protagonista.

Todos los personajes se percatan de que les vendieron una falsa felicidad y que la realización prometida por el mundo que los produjo resultó ser una farsa. Se sienten muy esclavos e infelices. No existe la comunicación existencial (Jaspers) en su restringido universo.

Creo que la situación real de los personajes puede concebirse de dos maneras. Como una suerte de condena que todos tenemos a no ser felices en este valle de lágrimas, o como una posibilidad que podría transformarse en digamos un tiempo mesiánico (utópico) que ya llega con el baile de la austera bolsa de plástico. Podemos ser más o menos pesimistas en cuanto a las posibilidades del aquí y ahora en el que transcurren nuestras humanas existencias. Esto es un trasfondo teórico que hace ver la película en una línea más “dualista” que acentúa la inevitabilidad del mal o en una más monista que cree que hay lugar para el hombre en el lóbrego mundo que, en principio, habita. No sabría decantarme claramente por una u otra visión. A ratos, la bolsa que danza solitariamente en una esquina perdida me dice que en el mundo hay mucho dolor. Y eso es cierto. Pero a ratos, la bolsa me dice que el dolor podría al menos mitigarse si los seres humanos nos decidiéramos a ser, sencilla y humildemente, seres humanos.

lunes, 28 de julio de 2008

Falsas promesas


La admirable película American Beauty, ganadora de cinco oscars, siempre me ha dejado un regusto amargo al acabar. Porque a pesar de las escenas hilarantes y del humor que la vetea, conduce a una fúnebre moraleja. El dolor del tiempo perdido, el afán por recuperar los antiguos sueños, el áspero y chirriante contacto de la fantasía con la realidad grisácea, son su nota predominante. Porque transcurre en el film una lucha agónica contra el tiempo, que va dejando su estela de nostalgia e ilusiones perdidas. Los personajes están solos, vestidos con el ropaje de sus mentiras, las suyas y las que la sociedad les hizo creer, la de una felicidad mercantilizada de éxitos que los ha ido marchitando. En breves ráfagas, la vida, la vida auténtica, se muestra, lo que produce un contraste que acentúa la amargura. Las rosas suelen expresar en ocasiones esta irrupción de lo alegremente sexual, de una vida afirmada en su cuerpo y en su carne, que los sueños de felicidad mercantil y ambición acabaron matando. El personaje principal, protagonizado por Kevin Spacey, emprende un viaje en pos de lo que perdió tiempo atrás, ayudado por el ejercicio físico, algún contacto con las drogas y el estilo de vida adolescente a sus cuarenta años. Intenta arañar belleza y sentido a una existencia que acaba de descubrir anodina y falsa. La película formula varias cuestiones relacionadas con esto: ¿Qué ha pasado con la vida del protagonista o de todos los vitalmente fracasados personajes que aparecen? ¿Por qué dejaron que la felicidad se diluyera hasta apenas perdurar sino en algún vaporoso sueño o en el extraño baile de una bolsa de plástico agitada por el viento?

La belleza americana hay que buscarla en los basureros (como bien supieron los punkies de Londres), en desechos que arrastra el viento arremolinado, en lo que irradie algo de calor, algún recuerdo amable, cualquier menudencia en la monotonía de un centro comercial o en una barriada residencial de clase media. Quizás en algún envase vistoso. O en algún objeto perdido por donde se cuela. Pero no se puede ir más allá de esos restos ruinosos, como retazos de vida moribunda.

La perfección vendida a golpe de anuncio publicitario tiene mucho de muerte, de falsa felicidad mendigada por seres que ocultan, hasta el punto de ignorarlo, su propio espanto. Hay una continua tensión en la película, un sustrato de violencia a punto de estallar que de hecho revienta brutalmente. En los personajes hay mucha ira contenida que hace algunas escenas, como las comidas familiares de los protagonistas, muy desagradables de ver, casi angustiosas. Hay, pues, violencia bien disimulada, la violencia que consiste, básicamente, en negarse a ser, en el triunfo de un nihilismo disfrazado de lo contrario.

Los personajes dan pena, algunos, como el protagonista principal se hacen muy entrañables, caen bien en su lucha desesperada por ser ellos, por hallar belleza o vida o libertad. Me da la sensación de que son personajes cómicos en medio de una trama trágica. Porque el filme es profundamente pesimista. Quisiera haber sido Easy rider, mostrar ese también trágico viaje iniciático a lomos de Harleys, pero mucho más encantadoramente ingenuo, sesentero. Lamentablemente, hoy día no puede rodarse una película así, como la de los moteros melenudos que consiguen ser libres al menos por un tiempo, sino que resulta más verosímil una historia que, como American Beauty, exprese la imposibilidad de ser libres en la sociedad que vende libertad.

sábado, 26 de julio de 2008

¿Por quién tomar partido?


Continúo leyendo el libro de José María Castillo, Espiritualidad para insatisfechos, Madrid, Trotta, 2007. Me parece un libro muy recomendable para muchas personas, pero en particular para aquella clase de seres de corazones y mentes inquietos, que se percatan de la incoherencia entre la Iglesia (papado, curia romana, cardenales y obispos) y los más elementales e indiscutibles principios evangélicos. Es una triste realidad que el enorme abandono de la Iglesia católica por parte de cada vez más personas obedece, en parte, a esta incongruencia elemental, a la evidente contradicción de una Iglesia católica que ha perdido el norte. Castillo diagnostica este masivo éxodo fuera de la institución que hace décadas canalizaba la generosidad y el heroísmo de muchos, que hoy desembocan en las ONG o proyectos de compromiso social. En realidad, afirma, se trata de un error fundamental de la teología que se está pagando de esta manera, el de una teología y religión centrada en el pecado y no en el sufrimiento. La generosidad de tanta gente que acude a otros cauces para transformar el mundo y ayudar de manera efectiva a los demás, parte de la reacción empática que siente el sufrimiento ajeno y lo combate. Es algo, en realidad, cercano al proyecto de Jesús, a la idea de “Reino de Dios” que propuso como vía de acercamiento a una divinidad entrelazada inextricablemente con lo humano y terrenal, aun manteniendo su trascendencia. Es este proyecto de encuentro con Dios en lo humano y en la paliación de sufrimientos a los seres humanos lo central en su mensaje, no el culto a su persona o la obsesión con el pecado y la pureza, que se relacionan mejor con la ética helénica que con Jesús.

Sin embargo, el teólogo Castillo matiza que no es posible hacer del cristianismo un mero proyecto social. Siempre debe haber una cierta atracción por Cristo y fidelidad a su persona, así como una vivencia mística. En realidad, lo que debe hacerse como cristiano es armonizar ambas facetas relacionadas con Cristo: la persona de Jesús y el proyecto de Jesús. Si las escindimos una de otra, se puede incurrir en los excesos que él, muy bien, describe. El primer exceso es el de quienes reducen su cristianismo a un entusiasmo por la persona de Jesús que conduce a devociones “espirituales”, de capilla, que casi nunca salen de ella. Esto es una corrupción del cristianismo porque “tener fe es dedicar la vida a hacer más soportable la existencia de los que más sufren y, en general, de todos los que tienen la vida amenazada, limitada, empobrecida o atropellada, por el motivo que sea (P. 102)”. Es verdad que Jesús dio continuas advertencias en este sentido.

En realidad, creo que es la piedad como vinculación amorosa con el otro que sufre, la imagen concreta del sufriente, su dolor de carne y hueso que conmueve y conmociona, lo que define una buena fe cristiana. La adscripción incondicional al débil. Esta es una idea fundamental del libro de Castillo, la de la compasión sentida no desde el poder o las alturas, sino desde las “bajuras”, en los márgenes, en la pobreza y la renuncia a ser los primeros (aunque él acentúa fuertemente los aspectos positivos y alegres de la fe, la presencia de Dios en lo que alegra al ser humano y se relaciona con la vida y sus placeres). Si no es así, la caridad tiende a convertirse en una farsa que encubre sentimientos de grandeza o inconfesables deseos de que no cambien las cosas para poder mantener cierto status y privilegios sociales.

La compasión sinceramente sentida y el partido por el débil también deben servir para discernir si el cristianismo de quienes lo practican como mero proyecto social o político de izquierda se limita a una inmoral utilización del dolor de los pobres para obtener primeros puestos y privilegios. Un verdadero cristiano jamás se instala en el poder olvidando que se debe a los de abajo, porque entonces además contribuye a perpetuar las injusticias y obra con egoísmo según su interés particular. Es ese pensar siempre en el débil y debernos a él, seria y profundamente, lo que señala el auténtico seguimiento de Jesús. A partir del libro de Castillo me parece entender que para este seguimiento, pues, es precisa una dosis de fervor por Cristo, por un lado, y un claro y sincero posicionamiento a favor de los que sufren, por otro. Quienes se sitúan en sólo uno de los extremos, espiritual o social, “tienen que llevar sobre sus conciencias el dolor de las víctimas y la vergüenza de los ‘nadies’. Si es que a unos y otros les queda algo de vida en la conciencia” (P. 104). Porque la política que encubre individualismos y egoísmos, por muy de izquierdas que diga ser, no lo es. No obstante, no caigamos en confundir las cosas y pensar injustamente que toda persona comprometida socialmente tiene en el fondo un algo de embaucadora. Esta creencia es rotundamente falsa y resulta desmentida por numerosas personas sinceramente luchadoras por los demás, que creo dieron ejemplo en el pasado o lo dan ahora. Absolutizar una opinión ciega ante esto sólo sirve para justificar y apoyar el discurso lleno de prejuicios del “fuerte” y bien instalado.

En el fondo de todo, hay un miedo a los pobres que se puede sintetizar señalando que ponen en cuestión los privilegios (y las construcciones ideológicas) que hacen el juego a la sociedad de los ricos y pobres (aunque los pobres ni siquiera supongan un peligro real o vayan a hacer a estas alturas ninguna revolución). Un pobre arroja a la cara del rico “espiritual” su colaboración con el mal, como hará todo discurso que parta de la perspectiva del oprimido. Será un discurso, o teología, que recordará al acaso bienintencionado piadoso “espiritual” que es cómplice del dolor que combatió el propio Jesús. Precisamente, la falta de fe que los apóstoles muestran en ocasiones se vincula a esta incomprensión del mensaje de Jesús, muestra Castillo con citas de los evangelios.

Por tanto el lugar de la verdad y del cristianismo está abajo. Esto, seguramente, lo saben quienes masivamente abandonan la Iglesia, paradójicamente, desde un profundo respeto por los valores evangélicos. Una Iglesia que se lleva bien con los poderosos es una Iglesia que, necesariamente, les viene muy bien y les sigue el juego. Una Iglesia que hace esenciales temas como si debe haber nota o no en la asignatura de religión o la “familia tradicional”, pero que apenas hace nada, más allá de la arrogante limosna, por paliar los verdaderos y sangrantes males del mundo. Dice Castillo: “La misma Iglesia que acoge con todos los honores a hombres sin entrañas de misericordia se tira a la calle pidiendo que no le llamen matrimonio a la unión de dos personas que se quieren o que suspendan con nota a los chiquillos que no llegan a aprenderse bien el catecismo. ¿No resulta extraño todo esto? ¿Qué espiritualidad hay detrás de tales conductas? Son preguntas que todos tenemos que hacernos en este momento y tal como están las cosas” (P. 140).

lunes, 21 de julio de 2008

Sucumbir a la tentación


Una forma de dualismo es el que opone lo divino a lo humano, o Dios a su creación. Su práctica ausencia en el Antiguo Testamento y los sinópticos nos sugiere que pudo originarse a partir de corrientes griegas como el platonismo y que puede resultar realmente ajeno a cierta forma de entender el cristianismo. En la actualidad, hay teólogos que insisten en superar esta perspectiva dualista, señalando ciertos males que acarrea. Concretamente, he empezado a leer otro libro de José María Castillo sobre el controvertido asunto de la espiritualidad (Espiritualidad para insatisfechos, Madrid, Trotta, 2007), asunto en el que el mencionado dualismo se hace a menudo muy presente. Castillo culpabiliza a esta tradicional oposición de lo divino y lo humano de que la espiritualidad haya adoptado formas intimistas que la conciben como un trabajo solitario de búsqueda de una pureza y virtud individuales e internas. Esta forma de espiritualidad se ha desarrollado en contradicción con la vida, en cuanto que la vida es materia, historia, biología, lo que se ha llamado “carne” en definitiva. Castillo encuentra que esto no sólo es dañino a la propia religión, que llega a verse como enemiga de la felicidad humana, pues obliga a prescindir de placeres y gozos profundamente humanos, sino que es contraria al mensaje de los propios evangelios. Analiza un pasaje (Lc 4, 19) en el que la espiritualidad de Jesús la relaciona el mismo Jesús con un pasaje de Isaías (Is 61, 1-2) en el que se concibe toda espiritualidad como volcada hacia los demás y hacia la vida y felicidad material de los demás. Desde luego, Castillo incluye como “vida” lo “carnal”. Yo creo que lo humano, en efecto, aparece en las Escrituras ligado a la tierra (Gen 2) y siempre es expresado, incluso cuando se describe un contacto más directo con la divinidad, en términos muy sensuales. Desde el principio, también, el ser humano aparece como relación, construyéndose en el vínculo con los demás (simbolizado por la pareja originaria).
Por tanto, en lo poco que llevo leído del libro de Castillo, la espiritualidad es la vida influida por el espíritu, cuyo principal ingrediente es la búsqueda y afirmación de la felicidad aquí y ahora de todos los seres humanos. Esto implica que la espiritualidad se ejerce necesariamente en oposición a los poderes “de este mundo”, políticos y religiosos (como muestra con absoluta claridad el ejemplo de Jesús) que generan sufrimiento de cualquier tipo (económico, moral) a las personas. Y leyendo esta idea me ha venido a la mente la advertencia del pasaje de las tentaciones en Lucas (Lc 4, 1-13). Como es sabido, se relata en dicho pasaje cómo el demonio sube a Jesús a un monte y le muestra todos los reinos del mundo, para que si lo adora, le pertenezcan. Jesús, cristianamente, lo rechaza. Creo que aquí se advierte de un peligro que siempre acompaña a quienes, acaso bienintencionadamente, pretenden cumplir con el evangelio. Se trata de la utilización de un buen lugar de poder desde el que ayudar a que haya menos mal en el mundo. Esto es la tentación de quien quiere ser buen cristiano reinando en el mundo. El peligro estriba en que el poder corrompe, pues implica hacer determinadas concesiones al pecado e instalarse en un sistema estructuralmente malo que sin lugar a dudas contagia y daña a uno mismo y, sobre todo, al prójimo. Por eso, si miramos a la Iglesia, cabe pensar que tal vez le viniera bien volver a un humilde posicionamiento de marginación, minoría y exilio, como el que tuvo en sus inicios. Desde ahí, la compasión y la empatía con los que sufren serían más auténticas, como dice Metz, desde una fraternal horizontalidad similar a la vivida por los primeros cristianos. El estar buscando y construyéndose, a menudo contra corriente, e incluso la defensa desesperada de causas perdidas la acercaría más a lo que creo que marcó la vida y predicación de Jesús y los primeros cristianos. No se puede criticar el pecado del mundo desde ciertos valores, si se está bien instalados en el mundo. Quizás de aquí arrancan los dualismos y las contradicciones. El rechazo al mundo, desde una visión alternativa a la más tradicional y conservadora, no supone el rechazo a lo material y placentero, sino al poder y sus corrupciones. Si esto se tiene claro, no existiría el peligro de acomodarse, de no cargar con la propia cruz, de acumular bienes materiales que atan e impiden estar radicalmente dispuestos para la lucha por los demás, de perder el tiempo enterrando a los muertos, de cumplir con rituales que nos obligan a olvidar a los menos favorecidos (parábola del buen samaritano), de no condenar ni juzgar elaborando complejas casuísticas y preceptos morales que hacen sentirse culpables a la gente de bien, etc. En definitiva, la Iglesia volvería a lo más esencial, en lugar de empantanarse en aquello que hace más infelices a los seres humanos negando la vida y sus fenómenos, como son la sexualidad y el placer. Aunque claro, aquí todo depende de lo que entendamos por "vida". Sé que desde ciertos dualismos que priorizan lo divino y lo sobrenatural, la vida es, paradójicamente, lo que la niega. De ahí que se diga defenderla y practicar la caridad prohibiendo los preservativos contra el SIDA, la muerte digna o el intachable amor que pueda sentir y profesarse una pareja homosexual.
La religión tiene una ineludible vertiente política, como todo lo humano. Pero la cuestión es dónde nos situamos para hacer política: ¿en la cima de los reinos de este mundo, o entre quienes acudieron a Jesús y escucharon su mensaje, abajo, entre los últimos? Esto es un serio dilema, porque no se puede servir a dos amos. De los verdaderos cristianos nadie habla, ya que se limitan a querer y dejarse acoger por los demás en silencio. Es en ellos en quienes pienso cuando intento descubrir qué es realmente el cristianismo. Por el contrario, los otros, los mediáticos, los que exigen a los demás sin ver la viga en el propio ojo, alejan y confunden.

domingo, 13 de julio de 2008

Sobre ortodoxia y ortopraxis


Personalmente, cuando me asombro ante la distancia que encuentro en ciertas visiones del cristianismo y lo que me parece evidente tras la lectura y reflexión sobre el sentido de lo que van contando los evangelios y otros textos del Nuevo Testamente (y el Antiguo), recurro a la concepción y análisis de las ideologías a la que apuntan los marxistas. Grosso modo, como es bien conocido, la ideología surge en un segundo momento de lo social, en el ámbito de la cultura y los valores, para justificar y encubrir una determinada estructuración de la sociedad. Con claridad se ve en la comparación de la religión con el opio de Karl Marx, que nos recuerda la función aletargante con la que la religión tradicional puede contribuir a que las cosas no cambien en el mundo. Desde esta perspectiva, el cristianismo enarbolado por muchos puede favorecer su cómoda instalación en un mundo injusto y lleno de lo que Ellacuría llamaba “pecado estructural” (un mundo alejado de Dios debido a sus dinámicas sociales y económicas, que originan sufrimiento). La omisión de ayuda, el silencio cómplice, el desvío de la mirada hacia cuestiones banales como el uso de contraceptivos, la obediencia y la humildad mal entendidas que llevan a la sumisión respecto a los poderes y jerarquías de este mundo, son un ejemplo de cómo ha ocurrido una escandalosa tergiversación de lo que fue una religión de esclavos y marginados sociales. Esta tergiversación es denunciada, precisamente, por muchos mártires no reconocidos oficialmente, como los de la UCA o Monseñor Romero en El Salvador. No creo en el reproche que en ocasiones se les hace, de que se desviaran de la ortodoxia “metiéndose en política”, porque ya estamos todos metidos en política queramos o no (también el monje de clausura o el anacoreta retirado en las montañas). Su martirio habría que compararlo al de los primeros cristianos que entonces se enfrentaban al paganismo frente a los que defendían la fe.

Hoy la defensa de la fe va por otros derroteros, como señala Metz, es decir, consiste en denunciar y poner en entredicho las tergiversaciones e idolatrías cómplices con un mundo de pecado, el mundo de los dos tercios de humanidad inocente que se muere de hambre, y por tanto opuesto a la voluntad de Dios. Ésta es la auténtica defensa de la fe, de la ortodoxia y la ortopraxis frente a una alarmante desviación que se olvida, entre otros lugares centrales, de los pobres. Por eso, América Latina ha sido continente de martirio en el sentido más ortodoxo y cristiano del término. Pero sobre todo, entre esta suerte de mártires que no gustan a la teología más tradicional y conservadora, lo que se ha dado es una respuesta empática a una interpelación, la de la víctima, la de quien además de mártir, es pobre, sin nombre y olvidado en su dolor a veces hasta por la Iglesia. El buen cristiano, o simplemente la persona de bien, profese la religión o no religión que profese, se caracteriza por escuchar valiente y receptivamente este clamor olvidado, aunque cuestione su cómoda instalación en los lugares privilegiados de la sociedad.

Es la compasión y el amor, tan cristianos, lo que pienso que más allá de elucubraciones intelectuales, ha conducido a la teología de la liberación al intento de superar las visiones dualistas y gnósticas de la teología más tradicional que tal vez fue necesaria en otros tiempos. Desde una praxis de amor y aceptación de la creación, se elabora la teología que la apoya, como momento intelectual de una relación solidaria y horizontal con el prójimo. A diferencia de la otra teología que en cuanto ideología paraliza toda transformación caritativa del mundo movida por la compasión, tenemos una teología que libera, en un estricto y coherente seguimiento de Jesús.

El dualismo no puede proporcionar fuerza para una liberación auténtica. Inspira a héroes, es cierto, y mueve a acciones piadosas, pero esconde la contradicción interna de un profundo odio al mundo, a la vida y a los hombres. Para obtener la salvación, hay que negar todo ello. Por eso, las “liberaciones” gnósticas entran más de lleno en dinámicas verticalistas asociadas a inconfesables sentimientos de poder y delirios de grandeza soterrados, de quienes buscan sobre todo ser dioses o santos “espiritualmente” perfectos. No creo que tenga que extenderme para advertir del peligro que conlleva esto. Un ejemplo: para solidarizarse con los pobres (o el planeta) se puede renunciar a una vida consumista y a ciertas comodidades, como decía Ivan Illich, pero esto no es lo mismo que la abstinencia y la mortificación de quien cree convertirse en un ser puro y virtuosamente angelical de beatífica sonrisa y elevado por encima de los demás de esta manera. Son dos posicionamientos distintos, dos maneras diametralmente opuestas de estar en el mundo. Y si buscamos una función ideológica en la segunda, se puede relacionar con sociedades jerárquicas y desiguales, ya que establece, como digo, diferencias “metafísicas” entre los hombres. Además, el dualismo, en su desvaloración del mundo, acepta resignadamente la universalidad del mal y el pecado en nuestro “inframundo”, con lo que no se mueve un dedo para remediarlo. Esto viene muy bien a ciertas clases y dinámicas sociales.

En síntesis, el dualismo manifiesta una ambigüedad que aunque lo hace apto para heroísmos y santidades extraordinarias, lo hace también cómplice, más o menos consciente, del mal en el mundo. Por contra, no olvidemos que toda compasión con los vencidos y las víctimas, elementos prioritarios en la predicación de Jesús, es ya política, como diría el pedagogo Paulo Freire, y puede incitar a una praxis de liberación. De otro modo, la compasión tiene algo de falsedad y teatro.

viernes, 11 de julio de 2008

Las tres edades


Dicen que cuando alguien va a morir repentinamente y es consciente de ello, transcurre por la mente una especie de película hecha de momentos relevantes de su vida, extraídos del saco sin fondo de la memoria. Supongo que serán momentos de distinto género, que patalean y brincan por salir a escena: personas, sensaciones, situaciones concretas, sentimientos, recuerdos lejanos; matices de una vida que reluce en el recuerdo al mismo tiempo que se apaga como una estrella fugaz. Uno atrapa su propia vida, en un intento de evitar la muerte, recuperando los recuerdos que lo constituyen. Todo es un rescate de la tiniebla final.

Hay agonía también cuando van muriendo los seres queridos, porque al desaparecer las figuras lejanas o al tornarse borrosas en la memoria uno siente que algo de sí mismo también se torna borroso y la propia persona se difumina como en una niebla. Pero mientras hay memoria, por muy frágil que sea, seguimos siendo el yo que Hume juzgó mera ilusión formada precisamente por recuerdos. Esto es patente en la película Blade Runner, en la que los seres sin recuerdos que son los replicantes coleccionan viejas fotografías de familias ajenas, en un trágico intento de aferrarse a una existencia que sienten con la intensidad exuberante de los jóvenes, pero también vivida como algo inane y frágil. Al sentir la cercanía del límite insuperable, como quienes recurren a las dietas y la cirugía estética al dejar la juventud, los replicantes recurren a las viejas fotografías familiares de personas que no conocen.

En la medida en que nos constituyen los lugares y seres de la infancia o de la adolescencia existe una fortísima ligazón afectiva a estos recuerdos primigenios. De ahí la persistencia de la atracción por ciertos olores o sabores. Los recuerdos más antiguos a menudo son simplemente sensaciones procedentes de esa sensualidad atávica de los primeros días de playa, campo o ciudad. Sin ellos no somos nada y seguramente sean lo último en olvidarse. Son este tipo de acontecimientos, de días felices, de momentos compartidos con los otros que fueron produciendo nuestro yo (padres, hermanos, escuela, primeros amigos…), los que de algún modo nos identifican y resumen. Seguramente sean los que acudan a asistir a quienes se aferran a la vida, si tienen tiempo, durante los segundos que dure la última de sus agonías.

Todo inútil. Dice Quevedo: “Y no hallé cosa en que poner los ojos/ que no fuese recuerdo de la muerte”. Nuestra civilización intenta evitar estos lúgubres pensamientos con fantasías de invencible juventud, pero la realidad es que esa juventud, con los seres que la moldearon, se va borrando y perdiendo. Lo sabemos por el proceso de envejecimiento de los seres queridos y el propio. Porque se muere muchas veces, como también dice el poeta castellano: “, y he quedado/ presentes sucesiones de difunto”. Es este extraño juego de la memoria del que agoniza un intento de recuperar lo inasible y perdido para siempre, aunque un detestable cuervo nos exclame amargamente “nevermore”. Entonces, retornamos a ver las cabelleras sin las canas, las primeras bandadas de aves migratorias, los veranos siempre nuevos, los acentos y las palabras locales que más tarde descubrimos que eran sólo locales, la promesa de felicidad de cierto libro por leer, los insectos siempre extraños y grotescos, los misteriosos animales, los inventos, la sal del mar en la boca, el crecimiento de las plantas, la ciudad de la cual la actual sólo conserva el nombre, la habilidad de los carpinteros, el asombroso griterío en el mercado de abastos, el perturbador primer contacto con el público… Estos son los dones que perduran en la memoria débil, como sombras de los seres antaño vivos que componen el hades. Podemos cerrar los ojos y recuperar por instantes cuando la vida era eléctricamente nueva. Entonces se la ama al tiempo que se la sabe efímera y fantasmal. Esos precarios recuerdos, acaso aderezados de amor y alegría, son los que acuden en la agonía a salvarnos.

jueves, 10 de julio de 2008

La religión descafeinada


Quiero referirme con brevedad a ciertas corrientes de la teología actual, que se desmarcan de las visiones dualistas que tanto daño han hecho y siguen haciendo. Para estas concepciones (Teología de la Liberación, Teología Política de Metz, Hans Küng, movimientos de base, etc.) no existe una oposición tajante entre Dios y la creación, de manera que la materia-vida-cuerpo resultan revalorizados, haciendo inútil la vía de la negación del mundo o de la realidad humana para alcanzar el ámbito de lo sagrado. Como dice Torres Queiruga, no hay una separación entre lo sagrado y lo profano en la medida en que el mundo (fuera del templo) es el lugar de la realización del hombre que es, a fin de cuentas, lo que quiere la divinidad. No deben andar descaminadas estas críticas a la teología tradicional cuando resulta que el efecto del dualismo consiste en una suerte de descafeinización del cristianismo que a mi juicio lo falsea y pervierte, en la medida en que lo convierte en la ideología que nos permite no ser cristianos de facto, pero con buena conciencia y creyendo sí serlo. Paradojas de la historia y de los seres humanos. Porque creo que el seguimiento de Cristo produce paz, pero también perturba. Basta hacer una lectura de los evangelios sincera y valiente. Hay que sospechar de quien lo interpreta de manera que justifica una vida cómoda, en la medida en que se ha podido forzar la letra para que diga lo que no dice. Curiosamente, a veces ayuda a esto el literalismo fundamentalista, que nunca deja de ser un posicionamiento humano, demasiado humano, pues toca lo que se entiende una revelación intocable con los propios miedos, inquietudes e intereses. El sentido de la letra no siempre es el literalmente expresado y pretender que sí lo es resulta, paradójicamente, una traición a la propia letra. La letra siempre muestra más, va más allá de ella misma, por lo que el sentido literal significa un asfixiante constreñimiento de la palabra. Además, ¿cómo encerrar al inabarcable Dios en un discurso inamovible? ¿Qué arrogante pretensión es esta? ¡Pero si todo lo real-humano está afectado por el espacio y el tiempo! No hay discurso ni lenguaje que perdure tal cual y que resulte algo acabado, tampoco el lenguaje en que se expresa la revelación y, mucho menos, los sistemas explicativos filosóficos o teológicos.

En los post anteriores andábamos escribiendo sobre heroísmo y ética del cuidado. Creo que el difícil seguimiento coherente de Jesús de Nazaret conduce a una mezcla de ambas praxis morales. Está claro que Jesús sufrió, pero siempre desde un máximo interés por evitar el sufrimiento ajeno. Ejerció el “cuidado” como relatan los evangelios (establece relaciones personales, señala, llama a personas concretas, cura, toca a los enfermos, siente lástima, cambia su opinión al ser interpelado, se preocupa por el hambre y el cansancio de sus discípulos, etc.). Su breve predicación muestra este rasgo esencial continuamente. Para él, pues, los hombres y las mujeres concretos, de carne y hueso, importaban, y mucho. Pero es la realización de este “cuidado”, su interés por el bien de los demás, aquí y ahora, lo que lo convirtió en un modelo de heroísmo (de ética heroica). Su muerte-martirio, como recordaba Leonardo Boff en cierto escrito durante la pasada Semana Santa, no fue cualquier muerte. Fue el precio de su interés profundamente humano y su sensibilidad ante el dolor de los demás. Fue esta preocupación, llevada al límite, la que lo enemistó posiblemente con las autoridades del momento, con el culto farisaico ritualista y su rigorismo legal de preceptos (aunque hay diversas opiniones acerca del grado y rasgos de esta “enemistad”). Su parcialidad por los pobres y los excluidos, en este sentido, le supuso el fracaso brutal de la muerte. Pero, nótese bien de nuevo, que fue una muerte acarreada en su lucha contra el sufrimiento, motivada por su alto grado de compasión y empatía con el sufrimiento ajeno. Jamás quiso que un ser humano sufriera ni muriera como un perro, como ha llegado a decirse últimamente en relación con los cuidados paliativos y la muerte digna, tergiversando gravemente, por tanto, el sentido de la obra y palabra del fundador del cristianismo. Es precisamente el odio al propio ser humano y a sus placeres lo que, desde el dualismo religioso, se ha llegado a entender que aproxima a una divinidad que, curiosamente, odiaría a su propia creación y nos exigiría separarnos de ella (!?).

Toda esta descafeinización dualista del cristianismo ha hecho plenamente válida la conocida crítica marxista que lo consideró “opio del pueblo”, es decir, un elemento ideológico al servicio de una estructuración social injusta. En este sentido tal vez es en el que Metz suele denominar “teología burguesa” a la teología al servicio de esta descafeinización. Como dice Torres Queiruga, puestos a escoger entre el ateísmo y ese cristianismo corrompido, más vale el ateísmo. En esta tesitura, apostar por el ser humano y afirmarlo obligaría, en efecto, a ser ateo; frente a una religión que niega al ser humano. No es extraño que espante a la gente una religión terrorífica que les obliga a odiarse a sí mismos y al mundo. Pero afortunadamente, también ha habido teólogos dispuestos a enriquecer su visión con la crítica ilustrada (en cierto modo eso fue el Concilio Vaticano II) y que han desarrollado interpretaciones inteligentes, creativas y sugerentes que superan los hoy ya ideológicos y anacrónicos dualismos platonizantes. Por ellos han pasado Feuerbach, Freud, Nietzsche, Marx, sin que esto quiera decir que se haya abandonado la creencia. Creo que son estas personas y los movimientos de base con los que se asocian, quienes están dando proféticamente el verdadero testimonio y los que, de algún modo, mantienen viva la llama.