martes, 12 de agosto de 2008

¿Desde dónde?


Como dije hace unos días, estoy leyendo el libro Jesucristo liberador de Jon Sobrino. Se trata de una excelente visión de la cristología desde el punto de vista de la denominada teología de la liberación, que comienza precisamente señalando algunos elementos alienantes en las imágenes de Cristo que se han transmitido. Básicamente, el peligro consiste en idealizar a Jesús, que lo concibe como caridad en abstracto sin el elemento de denuncia profética que lo acompañó toda su vida. Se trata de la imagen de un Cristo de la que se ha eliminado el conflicto, la relación con la historia y centrada en sí misma, en vez de apuntar a lo que él siempre destacó como centro de su predicación: el reino de Dios. Frente a esto, la gran aportación latinoamericana es haber enfatizado el elemento de liberación de los males concretos que afectan a los seres humanos que se hallaba implícito en actividades jesuánicas como los milagros y las curaciones. Los hechos y dichos de Jesús (las parábolas) manifestaron su oposición a todo lo que material y espiritualmente esclaviza al hombre. Manifestó en todo ello además una indiscutible parcialidad, por más que a veces se quiera suavizar, a favor de los más oprimidos, es decir, los pobres en cuanto marginados sociales y carentes de los mínimos para vivir. Recuerda Sobrino la conclusión de Medellín y Puebla: “Los pobres son destinatarios privilegiados de la misión de jesús, lo cual es ya sumamente importante y novedoso; pero, además, hacen presentes al Jesús profeta y evangelizador. Son su sacramento dinámico”.
A continuación Sobrino señala la importancia del lugar desde el que se hace la teología, es decir, que el contexto histórico social en donde nos situemos nos puede abrir los ojos para captar ciertas realidades y verdades. Por eso, hay que reflexionar en el lugar adecuado como condición epistemológicamente necesaria. Dice: “El lugar no inventa el contenido, pero fuera de ese lugar difícil será encontrarlo y leer adecuadamente los textos acerca de él. Ir a ese lugar, quedarse en él y dejarse afectar por él es esencial a la cristología”. Latinoamérica, en la medida en que es lugar de vida y muerte, donde en la muerte reluce la vida, supone un privilegiado contexto para vislumbrar la presencia y sentido del Crucificado. La presencia continua de la vida amenazada pone en funcionamiento la reflexión y obliga a no ser neutral ni a divagar en problemáticas que se alejan de lo perentorio. El pueblo crucificado interpela y obliga muchas veces a agachar la cabeza e induce a la conversión (caso de Monseñor Romero). “Desde este horizonte de vida y muerte, la cristología ha recuperado lo esencial de Jesús como el anuncio de un reino de vida a los pobres en contra del antirreino de muerte. Y no es éste pequeño fruto de estar en el lugar social de la pobreza”. Así pues, no es irrelevante dónde se sitúe el teólogo (o, creo, el pensador), pues recibirá lecciones e interpelaciones que le facilitarán el acceso a ciertas verdades. Sobrino dice que los pobres son luz que ilumina para ver más y mejor que desde cualquier otra parte. Como se señala en las Escrituras, en el crucificado (o el siervo de Yahvé) hay algo que otorga una luz al pensamiento que éste no obtiene en otras partes. Es esta presencia del crucificado la que hace descubrir ideologizaciones en los discursos aparentemente neutrales y escandalosas parcialidades disfrazadas de imparcialidad.
En los próximos días espero seguir leyendo este libro que se encamina a un estudio del Jesús histórico como corrector de las ideologizaciones de la cristología más abstracta. Se tratará de, sin renunciar a la reflexión más teórica, evitar los sueños de una razón en cuanto hybris que nos dificulte conectar con la esencia de la fe. Para ello, dice Sobrino que es más operativo ver a Cristo, en un primer momento, desde Jesús, y no a la inversa. Esto lo han intentado de distinto modo algunas cristologías europeas y, por supuesto, la teología de la liberación latinoamericana.

jueves, 7 de agosto de 2008

Al otro lado


Me encuentro de nuevo, tras algunos años desde la última vez, en El Salvador. Voy a impartir un curso de doctorado sobre las relaciones entre Paulo Freire y algunos pensadores y corrientes filosóficas, aparte de otras actividades académicas. El recuerdo de la anterior estancia en el país me ha estado acompañando todo el tiempo, del modo en que suelen hacerlo los recuerdos: moldeado por acontecimientos posteriores, incluso rehecho en gran medida, idealizado, pulido, entremezclado con otros “pasados” y otros “presentes” una vez convertido en pasaje de la memoria. Un recuerdo vivo que, también, me hizo ver otro futuro.
En efecto, otra vez estoy junto al centro Monseñor Romero, el jardín de las Rosas, la UCA, la casita de huéspedes. De todo ello hablaré en los próximos post, supongo. El Salvador ha pasado a ser ahora dueño de mis instantes, El Salvador, tan cercano y tan lejano para mí. Un rincón de la inmensa y perturbadora América Latina.
Esta vez todo me sonaba familiar al llegar, al contrario que en la primera estancia. Parecía como si no hubiese transcurrido tiempo. Pero lo cierto es que en medio de estos dos momentos ha habido más cosas, más noches, más lecturas. La llegada ha sido tranquila, dejando atrás la asfixiante ola de calor en España y topándome con el griterío de pericos y una vegetación exuberante. Porque aquí la naturaleza es tremenda y fuerte, llena de exaltación vital, pero a veces delicada cuando toma la forma de un diminuto colibrí que aletea inocentemente entre flores.
Aquí he terminado de leer el libro de Hans Küng titulado Credo. Se trata de una interpretación de la oración del credo que el teólogo desarrolla con su habitual amenidad, desembocando en su inteligente visión del cristianismo, un cristianismo que ha escuchado receptivamente a la Ilustración, los maestros de la sospecha, la ciencia, la historia, la crítica textual y las demás religiones. Confirmo mi opinión de que es un autor muy aconsejable para quienes no se convenzan con las posturas más fundamentalistas. Como él dice, la fe es una creencia razonable (no racional meramente) que se sitúa entre las lecturas más literales y puristas, que obligan al sacrificio de la razón y el sentido común, y el ateísmo que, como lógica respuesta al oscurantismo, se plantea como alternativa. Küng justifica el cristianismo en cuanto que la existencia humana gana con él, frente a las dos mencionadas posturas más extremas a las que él va replicando. Según él, se puede creer sin tener que sacrificar todos los logros obtenidos por el saber humano y la historia. Su postura se asemeja en algunos aspectos a la teología de la liberación, corriente a la que pertenece el nuevo libro que he comenzado, aprovechando en lugar en que me hallo: Jesucristo liberador, de Jon Sobrino. Intento, con todas estas lecturas de teología, aclarar entre otras cosas si se puede, como defiende Küng, creer razonablemente y de manera que no implique alienaciones ni peligrosos sacrificios del intelecto. Todos ellos presentan una religión que libera, es decir, que no niega lo humano, sino que, al contrario, lo potencia.