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viernes, 14 de noviembre de 2008

Sobre la libertad


En un comentario a la entrada anterior expresaba nuestro amigo Jake su opinión sobre el espíritu crítico en la universidad. Como el tema lo merece, prefiero dedicar una entrada expresamente al tema y continuar así el diálogo. Yo también creo, como dice él, que es fundamental la labor de instancia crítica por parte de la universidad, una de cuyas funciones principales entiendo que ha sido y debe ser la vigilancia del poder para evitar abusos en la sociedad. En este sentido, lo que hace falta es algo que decía Kant en relación con la Ilustración y con la filosofía, esto es, libertad. Si no hay libertad, todo el mundo comprende fácilmente que resulta imposible ejercer esa vigilancia crítica dentro de la sociedad. Y la libertad, como conocen organizaciones del tipo Amnistía Internacional viene dada por la independencia, que a su vez la da, en el caso de esta encomiable organización, el no depender de subvenciones públicas ni de instituciones privadas (sólo reciben el dinero de las cuotas de los socios). Así es posible, dado el caso, plantar cara a quienes abusan, sin que éstos puedan tener como baza la posibilidad de “cerrar el grifo”.

Pues bien, creo que esto ocurre en todas las instituciones, la universidad entre ellas. Es evidente que hay alguien que paga. Y es ahí donde, no entro si estos miedos son justificados o no, pueden operar ciertos temores en quienes dependemos del “grifo” que paga y contrata, de quienes lo abren o lo cierran. Es una forma de anti-ilustración, en el sentido de anti-espíritu crítico, basada en lo que ya señalara Kant como mayores enemigos del pensamiento libre y autónomo: el miedo y la comodidad. Porque ejercer de instancia crítica puede suponer a veces que hay que expresar ciertas opiniones contrarias a actitudes y dinámicas que uno encuentra en la sociedad.

Todo ello nos conduce a una problemática, y es que difícilmente la universidad se va a enfrentar a quienes pagan. Hasta ahora, en España, el dinero de las universidades públicas ha sido público, con lo cual es en el terreno de la política donde se decidían a fin de cuentas el destino de los fondos, en la política de dentro y fuera de las universidades. Esto tiene sus ventajas y sus inconvenientes. Pero ahora, parece, que la situación cambia. Creo que la tendencia será a seguir el modelo norteamericano de financiación privada, según el cual, el mayor número de investigaciones son pagadas por empresas privadas. El peligro de esto es que, si antes era una clase política la que decidía, dentro de su relativa autonomía respecto a las fuerzas del mercado, ahora es directamente el mercado el que decide. Y esto me parece peligroso. Porque si nos fijamos, la figura del intelectual como agente crítico surgió en una época, dentro de la Modernidad, en la que ciertas personas (escritores, profesores, filósofos, científicos) tenían libertad, en el sentido de independencia. Se creó una élite que podía permitirse el peligroso lujo de pensar, y de cuestionar críticamente las cosas en la sociedad, vigilando con mayor o menor efectividad los posibles abusos del poder. En este sentido, me parece que para continuar así, la universidad debe tender a la máxima independencia, teóricamente de todos los poderes, pero en especial del poder de la economía y el mercado. Si éste último se erige en guía nuestro, y nos determina qué debemos investigar (e incluso qué conclusiones debemos extraer de nuestras investigaciones), el fin del espíritu crítico está garantizado.

Esta es, expresada muy concisamente, mi modesta opinión, acaso más un presentimiento acerca de lo que puede suceder que otra cosa. Porque está bien que la universidad se relacione con la sociedad y los futuros puestos de trabajo de sus alumnos, pero si se pierde autonomía, y por tanto libertad, su vieja y noble función crítica se reducirá a mera retórica.

miércoles, 12 de noviembre de 2008

Sí hay futuro


Después de un tiempo dedicado en gran parte a la confección de un artículo y a la docencia, vuelvo a este querido blog, en cierto modo prolongación de ambos intereses profesionales (investigación y docencia). Han sido tardes enteras de biblioteca y hemeroteca en distintas facultades, hasta la noche. Además he leído algunas cosas interesantes de Benjamin, Kafka y otro libro de Torres Queiruga titulado “Repensar la resurrección”. Y las clases van bien. En estos días la reflexión aborda el carácter postmoderno de nuestras sociedades, de la mano de textos, películas comentadas en clase y algo de literatura. El laborioso y lento proceso del diálogo en que todos nos educamos va surtiendo su efecto en todos los que nos vemos periódicamente en clase. Un diálogo freiriano que encuentro realizado en un descubrimiento musical que hice hace algunos años. Se trata de Manu Chao, con su curioso collage de lenguas y músicas. Su música tiene un efecto similar al de un abrazo, por el que se hace evidente que en el mestizaje crecemos. Escuchándola uno siente cerca lugares lejanos y utopías acaso olvidadas que renacen en un disco que es una única, prolongada y frecuentemente alegre canción. Con los sonidos fabrica un puente que manifiesta la inutilidad de guerras por muy preventivas que sean. Porque Manu Chao se moja y hace lo que todos tendríamos que hacer… aunque Goliat se pierda entre las nubes y su voz rugiente derribe a las personas como muñequillos, aunque la victoria parezca clara y previsible para los mismos de siempre, y aunque los lobos y los carros de Babilón acechen.