StatCounter







martes, 23 de diciembre de 2008

Cuando todo depende de la suerte


Ayer en España se celebró el gran sorteo de la lotería de Navidad, como cada año por estas fechas. En los noticieros dedicaron más de veinte minutos a presentarnos el previsible jolgorio de los ganadores, con el consabido champán, los cantos y los saltos y los abrazos. Todo como siempre. El espectador de esta felicidad a veces mira la pantalla insensible ante el circo que se muestra o manifiesta algún tipo de empatía, acaso un asomo de sonrisa, ante la contemplación de una fiesta de tal calibre. Pero yo, como me decía Jake, estoy empeñado en ver el lado tenebroso de las cosas, que suele ser, por cierto, también el más cómico. Por eso, yo califico de tragicómica la celebración de los ganadores (y el llanto de los perdedores paralizados por su dolor).

Nos recuerdan año tras año que la suerte es de todos, que a cualquiera le puede tocar el premio. Aun más, en todas las cadenas de televisión se oía el también consabido comentario que versa así: “Han sido agraciadas personas humildes que lo necesitaban, residentes en un barrio obrero”. En efecto, es para celebrar cuando la fortuna le toca a uno, en especial a quienes más lo necesitan. Aunque hay personas que trabajan de sol a sol, sin vislumbrar una salida, sin premio alguno... pero eso también, puede pensarse, es cuestión de suerte. Y no digamos quienes por la crisis (y tengo casos conocidos) se han quedado en el paro. Aquí nuevamente es la diosa fortuna la que hace de las suyas, pues toca como quiere y a quien le place. Todo tiene el encanto de la magia. De hecho, seguro que alguno de los agraciados había puesto velas a algún santo que medió para que el Todopoderoso mirara su desgracia particular, producto también de la suerte, pero esta vez de la mala suerte. Porque ya lo decían los antiguos, la fortuna es libre, imprevisible y lo único que podemos hacer es someternos a sus designios ciegos. Así que mañana, los españolitos volveremos a conformarnos con la cara lúgubre de una diosa fortuna menos generosa, que nos acompañará todo el año. Aunque siempre podremos poner velas a los santos y realizar sortilegios el fin de año para llamar su atención. Diremos, mientras nos dedicamos a los hechizos, que todo es puro azar: la riqueza y la pobreza, que siempre han existido, y que lo sabio será conformarse con ello. Después de todo, en España tenemos tanta buena suerte que somos parte de la eufórica Europa que acaba de prohibir que la jornada laboral ascienda a las inicialmente propuestas 65 horas. Qué bien, qué suerte tenemos.

En el espectáculo televisivo de ayer había una incongruencia difícil de advertir y, por qué no decirlo, una inmoralidad.

sábado, 20 de diciembre de 2008

Pobreza con papel de regalo


Es casi un tópico decir que las Navidades son un período de exaltación consumista. En efecto, si nos fijamos bien, en estos días aparece con evidencia toda la patología propia de nuestro mundo, concentrada y exaltada. Lo que eran símbolos evangélicos de pobreza, de partido por los pobres, se han dulcificado y lejos de la crudeza propia de una escena como la del pesebre y el establo, aparecen idealizados con un halo mágico, ahistórico. La pobreza es vista como un lugar positivo en sí mismo del que uno participa llevando el belén a la propia casa, en lugar de ir uno al establo y al pesebre. Los hogares se llenan de belenes domesticados. De este modo, lo tenebroso del establo en invierno queda oculto en un ambiente casi de película de Walt Disney. El mal es disfrazado y se fomenta un bien consistente en la oferta de escaparates llenos de luces. La “luz del mundo” que nació con los pobres es, diabólicamente, tergiversada y convertida en su contrario. Es una luz que oculta la pobreza, antes que manifestarla como luz a ella misma sin disimular los dolores que le son propios. La pobreza es vista como una situación ideal, lejana, fácil de superar con los medios de la sociedad de consumo que, paradójicamente, la han originado. Pero toda explicación de la misma es neutralizada y justificada con la necesidad de la alegría fácil. Porque la luz del establo es, en efecto, alegría, pero también lucha y derrota. El bien que ahora se nos vende es el del regalo, un bien inútil, basado en un olvido ciego, y en el individualismo de las relaciones con los seres queridos del ámbito más cercano. Más allá de nuestros familiares, se espiritualiza el acto de dar la limosna y se desarrolla un amor que significa una implicación cómoda y a medias. La dureza de la condición del pobre junto con sus causas resultan, por tanto, fácilmente neutralizadas, por lo que no la sentimos más allá de las lágrimas frente a un reportaje de la televisión o un programa de donaciones y beneficencia. Así pues, el mal que mata, sale una vez más victorioso, presentándonos su faz intachable, que con su mirada convierte los corazones en piedra frente a los escaparates y los televisores. Queda oculto en medio de los maniquíes que exhiben la moda de invierno, el confeti y los cotillones, en el ambiente hogareño, en la solemnidad de las misas, en la alegría facilona pero fingida. Aunque a veces sólo tenemos este fingimiento como clave del mayor y más generalizado fingimiento, como pista que se nos cuela en medio de nuestros sueños consumistas.
En la navidad, nos limpiamos de nuestra miseria moral y nos abrazamos en una estúpida catarsis de fiesta para, acto seguido, seguir robando, matando y explotando con la buena conciencia de habernos querido mucho.

miércoles, 17 de diciembre de 2008

La mano que mece la cuna


Cuando se leen las críticas a la democracia representativa por parte de Kropotkin, tal como las explica en Palabras de un rebelde, asombra de nuevo la frescura y actualidad de todo lo que dijo en el contexto de entresiglos. Todo se resume en la idea de que el gobierno representativo, a pesar del supuesto avance que significa frente a las dictaduras, es la mejor manera de mantener dinámicas de poder (autoritarias) en la sociedad, a favor de unos pocos contra la mayoría, porque añade el beneficio de ser un sistema político que se vende como “gobierno emanado del pueblo”, es decir, “legítimo”, éticamente irreprochable. Enumera el rebelde ruso las consabidas lacras de la corrupción, el espectáculo circense de las elecciones, las falsas promesas, la disciplina de voto en los diputados, la enorme capacidad de decidir sobre múltiples aspectos que se concentra en pocas manos (gobierno y diputados), la desactivación de la contestación social, los pactos a espaldas de los ciudadanos, etc. En suma, todo lo que sucede cuando el poder es delegado en personas que lo pueden mantener sin ser requeridos para rendir cuentas o controlados eficazmente por la mayoría (en este sentido, el voto cada cuatro años carece de eficacia). En el fondo, si aceptamos los argumentos de Kropotkin, el poder a secas, con sus parcialidades y corrupciones, continúa “haciendo de las suyas”, pero con la diferencia de una mayor legitimidad unánimemente aceptada, frente al lógico desprestigio de los absolutismos y las dictaduras.

No obstante, se puede alegar, como dijo Churchill, que las democracias representativas son “el peor de todos los sistemas políticos con la excepción de todos los demás”. Pero el caso es que no garantizan la justicia social o el poder desde la base, y ahora apelo a la mera observación de lo que hoy día ocurre en los llamados “estados de derecho”. Hay mecanismos, como señala a menudo Noam Chomsky, de férreo control de los ciudadanos que funcionan con una eficacia mayor que los burdos, aunque terroríficos, modos propios de las dictaduras. Es como si viviéramos en dictaduras sin dictador, o dictaduras anónimas, que causan la mayor indefensión en los desconcertados ciudadanos. Veamos, someramente, algunos elementos autoritarios de las democracias representativas hoy día:

1. Se cometen injusticias de las que nadie responde, porque en realidad, no hay alguien, concreto, singular, que las cometa. Esto se vive cada vez que hay que tratar con máquinas (contestadores automáticos, programas informáticos) que determinan las respuestas y los cauces de acción. En una ocasión, cierta compañía telefónica me hizo una trastada, a lo que invariablemente, respondían los operarios que era culpa del “programa”. Del mismo modo, un ciudadano puede ser requerido a pagar injustamente, con la amenaza de figurar en listas de morosos o ser denunciado (con todo el peso de la ley). Y nadie se hace eco de sus quejas.

2. La ley, que supuestamente nos protege, no resulta eficaz para evitar abusos, pero sin embargo, es aceptada irónicamente como elemento de defensa para los ciudadanos. Además de la abundancia de ladrones de guante blanco que llevan décadas actuando con total impunidad, tenemos que, si alguien pretende reclamar contra los abusos laborales o de consumo cometidos por una empresa, se interna en un largo y complejo laberinto burocrático que hace desistir a cualquiera. De hecho, uno constata que la ley protege, de múltiples maneras laberínticas, a los más fuertes. Pero la legitimidad de la misma ley que favorece abusos no queda en entredicho, pues, kafkianamente, es aceptada como moral positiva y fuente de definición del bien y del mal. Es el imperio del derecho que se confunde con la ética. A la hora de estudiar una sociedad, se estudian sus leyes, pero se elude la reflexión moral, por ejemplo. El efecto final es que uno “es ejecutado” sintiéndose, encima, culpable y merecedor de la ejecución. Es un triste sarcasmo que adopta diversas formas y que se extiende al mundo psicológico y las vivencias padecidas en la empresa, la universidad, el comercio, etc. En el caso de la universidad, que me pilla bien cercano, se trata de la emergencia reciente, en España, de una maquinaria burocrática descomunal que, con la excusa de la mejora de la docencia y la investigación, se ha erigido en una suerte de poder anónimo que “mata” haciéndote sentir, encima, culpable. Se genera un enorme stress y miedo a no llegar a los requisitos por parte de profesores, titulaciones, universidades… en las muchísimas evaluaciones que impiden que el profesor (gremio que se ha atomizado hasta la exageración) se centre en investigar y enseñar, llenándolo de ansiedad y sin tiempo para analizar críticamente todo este entramado alienante. En general, y hablo ahora de la sociedad en su conjunto, hay un ataque cada vez mayor a la dignidad personal, de manera que el poder trata paternalmente a los ciudadanos, alardeando de eficacia y de buenas intenciones. Quizás sea un buen ejemplo de esto las reiterativas campañas de la dirección general de tráfico. El poder se nos vende como benefactor y protector de nuestros intereses, pero a costa de la libertad (caso de las leyes norteamericanas para leer la correspondencia sin autorización judicial) y de la dignidad, porque los ciudadanos son infantilizados y engañados. El poderoso gusta de fotografiarse con un niño en brazos y sabe que una declaración en la tele con gesto serio y traje formal hace milagros a la hora de crear la realidad. Y si no, se repite la misma falsa verdad hasta que el ciudadano se duerme arrullado por el eco de la cansina canción.

3. Aunque suene a tópico: la gran eficacia de la publicidad para crear gustos y opiniones. Se dice no obstante, con cinismo, que el mercado obedece neutralmente a las demandas, y que consiste en la oferta de bienes apreciados por los ciudadanos. Se oculta que esta demanda es provocada con poderosos medios que juegan con el miedo o la sexualidad, entre otras cosas. Además existe una poderosa censura anónima, estudiada por Bourdieu, que tiende a desechar lo que no se acopla a los gustos del mercado, gustos que a su vez son conformados por la propia información censurada, en una especie de círculo. Un periódico que explique la verdad de las revueltas en Grecia que están ocurriendo actualmente, en un análisis neutral y objetivo, no vende, pero porque hay una audiencia que no quiere ese análisis, configurada para no demandarlo ni creérselo. De este modo, vende más que se diga que son grupos afines al terrorismo de Al Qaeda, en una evidente exageración fuera de lugar y tendenciosa. Y esto es así porque es lo que “gusta” y “atrae” la atención de la gente asustada por las imágenes de caos en las ciudades. Así también, puede meterse en el ominoso saco del terrorismo diversos grupos anarquistas no violentos, feministas, de liberación del Tercer Mundo, de obreros y parados, de estudiantes ninguneados, etc.

4. El imperio de un mercado, con su ley de la oferta y la demanda, que se erige en la norma suprema, pero olvidando que no se dan las mismas condiciones de partida para todos y que la satisfacción de la demanda se hace a costa de la carencia de lo mínimo sufrida por dos tercios de la humanidad. La oferta, que requiere una forma injusta de producción, no es inocente. Nace con las manos ensangrentadas.

En Estados Unidos, siendo el país más rico de la Tierra, 40 millones de ciudadanos carecen de cobertura sanitaria. Cuando el mercado regula desde el egoísmo, en lugar de generar riqueza y felicidad para todos, produce concentración y acaparación de la riqueza por unos pocos, junto con enormes bolsas de pobreza. En el caso de la sanidad en EEUU, el dato que acabo de proporcionar (extraído de Le Monde Diplomatique, edición de diciembre de 2008, pag. 1) es suficientemente elocuente. El mercado de la ley de la oferta y la demanda no da abasto para todos. No todos cabemos en él.

5. Aunque parezca oportunista, y ya lo dijeron Kropotkin o Marx: las crisis cíclicas producidas por la especulación y la economía fantasmagórica son propias del capitalismo. De esto, en la actualidad, sí se habla.

6. El fin del pensamiento utópico, de las visiones críticas y alternativas, de la reflexión filosófica, que son tachadas de no científicas o acordes con los tiempos. O, como dijimos en entradas anteriores, mercantilizadas, convertidas en modas u objetos de consumo. De esta tendencia fatal del capitalismo de consumo se viene escribiendo décadas. Y respecto a la utopía que se nos vende (en España es la utopía comercializada del antifranquismo), incluso cuando se habla de “memoria histórica”, la memoria es selectiva y olvida ciertos momentos como el verano libertario en la Barcelona de 1936. Porque lo que vence, en definitiva, es el sentido común y el pragmatismo. Se llama moderación y prudencia a lo que no es sino aceptación sumisa del statu quo, es decir, una simple adaptación irreflexiva a lo que hay.

7. Diversos mecanismos burocráticos por los que se ha impuesto un control del conocimiento y la producción científica desde la sacralización del mercado y la estadística. La estadística es un excelente y útil instrumento, pero no un rasero para medir incontestablemente la realidad. Se olvida el carácter provisional del mismo, de las hipótesis científicas, el necesario tanteo lento y gradual que supone el verdadero conocimiento. Se fuerza constantemente a la realidad. El resultado es una ciencia inútil o con una utilidad ya determinada de antemano, es decir, una ciencia sesgada y canalizada a favor de ciertos fines invisibles que no se discuten. Así, la crítica ejercida tradicionalmente por los intelectuales es sabiamente neutralizada hoy día. Lo valioso es las veces que lo citan a uno, por ejemplo, o la velocidad de producción, todo lo cual fomenta una producción raramente útil. Pero lo inútil, una vez más, es presentado como “útil”. Porque, finalmente, el gran mérito del poder es trastocar el sentido de las cosas, dominar el lenguaje y hacer ver como blanco lo que es negro (recuerden la novela 1984 de Orwell).

8. E insisto en que lo peor, lo espantoso, es que no hay un culpable de toda esta pesadilla. Todo lo que he enumerado son dinámicas anónimas, producto de una compleja mezcla de factores y elementos que se escudan mutuamente, que funcionan maquinalmente, que pactan sin mediar palabra, y a los cuales difícilmente se puede plantar cara. Y esos mismos factores nos han hecho olvidar la crítica de las ideologías que podía neutralizarlos o, por lo menos, ponerlos en evidencia. Si esta crítica persiste, lo hace de manera aislada y sin apenas hallar eco en la sociedad.

Después de todo esto, ¿podemos seguir llamando democracia a nuestras democracias?

lunes, 8 de diciembre de 2008

Los punkys tienen razón


En el nihilismo punky parece no haber lugar para la esperanza. Si nos atenemos al punk inglés de los últimos años 70 del siglo XX, centrando nuestra mirada en grupos musicales como Sex Pistols, resulta evidente un peligroso impulso autodestructivo que condujo a muchos, de hecho, a la muerte antes de tiempo tras una corta trayectoria de excesos. Los punkys negaban todo lo negable, sin atisbar (ni querer hacerlo) un remoto rayo de esperanza. Vivían en estercoleros, cerca de los vertederos de basura en los arrabales de Londres, de donde conseguían la ropa y los pocos muebles que usaban. Se identificaban con la basura, como indica el término “punk”, con las ratas y con las ruinas. A menudo habitaban en lugares en los que amenazaba el continuo peligro de derrumbe… Respiraban habitualmente en una atmósfera enturbiada de fuerte olor a vómitos y orines, de antro y olvido. No creían en el futuro y se mofaban de las utopías de hippies e intelectuales de la época. Su música rompía con cualquier armonía y belleza en una búsqueda premeditada de la fealdad, como el baile que inventaron (pogo), que consistía en empujarse violentamente.
Recuerdo todavía a principios de los noventa una vieja casa céntrica en ruinas en la ciudad que yo habitaba, una casa que acabaron demoliendo ante el evidente peligro de derrumbe que presentaba. Dentro vivían hacinados en la oscuridad un grupo de punkys que yo no llegué a conocer, pero sí una amiga, que me comentó que había escapado llorando de aquel lugar tras una corta visita. Cuando vio aquello sintió sensaciones no demasiado agradables. Quizás miedo o angustia, o asco, o acaso la presencia de la muerte y el final.
La conocida indumentaria de los punkies aludía también a la destrucción. El propio cuerpo era atravesado por escandalosos piercings y modificaciones artificiales en un desafío al dolor, en una especie de juego con el dolor estetizado, en el que yo sigo creyendo ver la presencia de la muerte. Porque tenían la virtud de hacer visible lo que tal vez estuviera presente de manera más sutil en otros grupos sociales, indumentarias y valores. Según ellos, no había más respuesta que la suya a una sociedad que mataba y podría todo lo que toca y que ensalza a la muerte de múltiples maneras. Creo que, como un negativo, representaban la mirada tétrica y pesimista a todo lo que los hippies miraron, por su parte, con una mirada esperanzada.
Pero en lo más hondo de su pozo, en su asco y en su agresividad, también, como una lejana estrella, puede distinguirse la esperanza. Tras el límite hay más territorio. Y su contundente impugnación negadora nos sitúa en un límite que ellos hacen visible, un límite de muerte y destrucción que está ahí, pero que no vemos, salvo que sea hecho visible con las lentes de aumento de los punkies. Ellos dicen que estamos en el final de la historia, pero un final nada glorioso. Debemos, pues, agradecerles que nos abran los ojos para ver lo que nos amenaza calladamente, y que en ese abrir los ojos, al mismo tiempo y sin quererlo, nos den la visión de una prometedora esperanza.




viernes, 5 de diciembre de 2008

Perversiones neoliberales


El neoliberalismo acaba impregnando nuestras vidas, en la medida en que se sustenta en unos pre-juicios en torno al ser humano y la sociedad que acabamos asumiendo. Las ideologías se esfuerzan en desarrollar discursos que fundamentan desde la teoría, con un tono supuestamente neutral, las valoraciones que rigen nuestras vidas. Que esto es así ha sido ampliamente estudiado y es bien conocido. Todo lo cual nos conduce a extremar nuestros cuidados cuando nos pronunciamos con juicios generales acerca de nuestra naturaleza o tendencias. Por eso es posible y necesario sospechar de cuantas definiciones implícitas de lo humano nos encontramos ya dadas, de esas que todos asumimos sin chistar como cosa evidente. Podría ocurrir que estén operando lo que Ellacuría llamaba “ideologizaciones”, es decir, un pensamiento y una teoría al servicio de una praxis económica concreta. Desde esta perspectiva, lógicamente, el capitalismo en su versión actual, el llamado “neoliberalismo”, ha generado una cosmovisión de la que se nutre y que nos impregna hasta tocar los elementos más profundos de nuestras interioridades.

Me vienen a la memoria dos elementos que a mi juicio son muy perniciosos: el hacer las cosas por dinero (y su reflejo en el afán de posesión o de propiedad) y el desprecio por lo común. Señalo estos dos elementos porque sus devastadores efectos son fácilmente constatables en cualquier contexto en que nos movamos, dentro de la sociedad actual. Lo terrible del caso es que ambos significan una peligrosa corrupción de las formas de relación y felicidad que verdaderamente necesitamos para vivir. Que el dinero y que la propiedad privada son buenos como motores para la conducta humana y la producción es un pensamiento que genera graves infelicidades y perturbaciones sociales. Por ejemplo, respecto al dinero, creo que es evidente que hacer de éste la motivación para tareas como la enseñanza o la medicina, entre otras, puede corromper dichas tareas. En el caso de la enseñanza, la experiencia me ha demostrado que los casos de grandes maestros que, ya jubilados, han dedicado su vida con eficacia a la educación jamás han actuado por dinero. Su motivación ha sido otra, la que sea, pero no ganar dinero. Cuando ganar dinero se convierte en el motor para la docencia, el resultado es un ejercicio flojo de la misma, sin fuerza ni vida. Sencillamente, el dinero no es suficiente potente como gasolina para el magisterio. Por dinero uno no revisa una y otra vez lo que hace en las aulas y se empeña contra viento y marea en una tarea cuyo optimismo contrasta con el catastrófico mundo en el que se ejerce la docencia. Tampoco el dinero hace que exista fuerza vital y pasión en ella. Ni es suficiente para interesarse verdaderamente en los niños y alumnos, para tomárselos en serio y escucharlos. Ha de haber una motivación en la propia tarea docente en sí misma, un afán de volcarse en ella que no proporciona la ganancia económica.

Con mayor evidencia es en el ejercicio de la medicina, tarea altruista y heroica por excelencia, donde se manifiesta aún más la incapacidad del dinero para llevarla a cabo. Cuando el dinero se mezcla, en el caso de la industria farmacéutica por ejemplo, todos sabemos lo que ocurre. Que se lo pregunten a los 70 millones de personas que estuvieron a punto de verse sin tratamiento contra el cáncer o el SIDA porque Novartis poseía y reclamaba sólo para sí la patente.

Que el dinero destroza y desorganiza numerosos ámbitos de la economía y la producción es evidente. Por dinero va la gente a la calle y se queda en el paro, por dinero todo en la informática o la tecnología de las comunicaciones aumenta su caos, por dinero aparece la corrupción en todas las esferas de la sociedad, por dinero se habla de aumentar la jornada laboral a 65 horas semanales, por dinero nadie puede acceder a una vivienda en España, por dinero existe el Tercer Mundo, por dinero se explota a la gente en el trabajo... Por dinero, en suma, no se crea la riqueza. Aunque se nos haga creer lo contrario.

Y respecto al desprecio por lo común, baste un paseo por las comunidades de vecinos o barriadas de muchas ciudades. En primer lugar el efecto de la privatización salvaje son ciudades como muchas en el denominado Tercer Mundo que están sucias, inseguras, afeadas y estresantes. Y en el denominado Primer Mundo, al que llega poco a poco esta salvaje oleada neoliberal, tenemos que ya pudre la convivencia entre las personas, cada vez más encerradas en sus burbujas de bienestar privado. No se entiende el valor de lo compartido, y la gente invierte de buena gana en sus pisos pero no en las zonas comunes de escaleras y garages, por ejemplo. Esto genera situaciones clamorosas en la que lo común apenas vale para nadie.

En síntesis, estos son dos buenos ejemplos de cómo falla el neoliberalismo. Sus principios y valores más básicos hacen agua porque destrozan vidas y sociedades. Pero lo aterrador es ver cómo todos asumimos sus mentiras con sumisión y pasividad, permitiéndonos odiar con suficiencia a quien nos habla de utopías. Porque no queremos ni oír siquiera esa palabra.

lunes, 1 de diciembre de 2008

Mejora y progreso


De las verdades más aclamadas en los últimos tiempos, dentro y fuera de la universidad, figura que el progreso intelectual se lograría mediante la canalización de ciertos impulsos egoístas arraigados en nuestra naturaleza. Se trataría exactamente del mito capitalista del sujeto que se realiza compitiendo por unos recursos o premios que no están a disposición de todo el grupo humano de que se trate. Así pues, como dice el personaje de Michael Douglas en Wall Street, si mal no recuerdo, es la ambición la que dinamizaría a las personas, sacándolas de su pereza y poniéndolas a luchar entre sí. Se supone que de esta lucha nacería bienestar para todos. Por tanto, el motor que nos movería para mejorar y aumentar el nivel de conocimiento científico en la sociedad (por centrarnos en el mundo de la academia) habría de ser un combinado de ambición y competitividad, por la que cada cual buscaría hacerse con ciertos premios ofrecidos a los más luchadores, los más tenaces y los más astutos.
Bueno, esto es un modelo de funcionamiento del sujeto y de la sociedad que parece avalar el más generalizado y razonable sentido común. Pero de un tiempo para acá, en medio del contexto competitivo que se ha impuesto en la sociedad y la universidad, a veces, he podido detenerme y preguntarme si este camino es el verdaderamente correcto. En principio, y están las Olimpiadas para demostrarlo, la excelencia y la autosuperación la logramos en esa especie de combate legalmente regulado que es ya cualquier institución educativa. Uno daría las clases lo mejor posible, por ejemplo, para destacar, ganar más dinero, más estabilidad laboral, obtener un mayor rango o recibir el reconocimiento institucional. Pero cuando esto se piensa despacio, uno encuentra que hay algo que no cuadra.
En primer lugar: ¿verdaderamente es sólo el egoísmo lo que nos mueve? Que sólo nos mueve el mero interés individual, la búsqueda de un alimento espiritual o material para afirmar nuestro ego, contra los demás, es cuestionable y ha sido cuestionado. Por decir fechas y lugares, baste el ejemplo del que hablo en la anterior entrada entre otros que tengo en mente. Para eso sirve la memoria histórica, por cierto. En efecto, se puede cuestionar esa visión por la que la humanidad consiste en un conglomerado de átomos o burbujas que buscando su interés exclusivamente individual prosperan. Esto puede no ser cierto. Sin tener que llegar a los pocos casos de heroísmo y auténtica solidaridad que puede dar nuestra especie, hemos de recordar que hay autores que han destacado el imprescindible papel de la alteridad y el diálogo (existencial), de los demás, para la propia realización. Nos hacemos con los demás, no contra los demás. Y este otro o tú al que debemos el ser no es un mero ente o cosa, sino una persona, no un enemigo o un rival. Pero antes de entrar en moralizaciones, recordemos que también, la pedagogía y la didáctica demuestran las bondades del aprendizaje cooperativo y la colaboración entre las personas para superar obstáculos y crecer en un sentido amplio. Hay decenas de investigaciones y casi nadie lo discute a nivel teórico… aunque como es característico de nuestra escisión vital entre lo teórico y lo práctico, a efectos prácticos no demostramos creer los beneficios de la colaboración en la sociedad y la salud humana que demuestra la ciencia.
Porque podemos dar la vuelta a las cosas. Me explico, antes referí el ejemplo de las Olimpiadas, y a él de nuevo me remito. Pero en esta ocasión deseo traer a colación las imágenes, que dieron la vuelta al mundo, de unos competidores en los juegos paralímpicos de hace cuatro años que, ante la angustia del deportista que había caído al suelo en una carrera, se detuvieron. Se olvidaron de su interés en ganar la carrera. Y en un valiente acto de progreso y creatividad se apearon del tren de la misma lógica que los había condenado y marcado como atletas paralímpicos, o sea, marginados en el mundo del deporte, incapacitados para lograr las mejores marcas absolutas. Se salieron de esta lógica y ayudaron al que se había caído. Acabaron entrando todos juntos en la meta y agarrados de las manos. En fin, una lección de estilo de vida y sociedad alternativo, una creativa propuesta cultural.
En medio de la vorágine neoliberal de divisiones y subdivisiones y escalas y rangos y rankings que supuestamente garantizan la excelencia humana, a veces también me detengo y recuerdo, asombrado, la lección de aquellos atletas. Su propuesta de una humanidad menos laberíntica, fría y enfermiza que la nuestra, anhelada desde la sabia marginalidad de los “incapacitados”. Una humanidad acaso más eficaz que la nuestra y más práctica. Ello me lleva a sospechar que puede haber gato encerrado en esta firme convicción que a todos nos cala los huesos, la de que funcionamos bien cuando somos ambiciosos y competidores, como átomos o burbujas que defienden su espacio vital a costa del espacio vital de los demás. Porque somos lobos, nos dicen. Una sociedad de lobos convencidos de que somos y siempre seremos lobos… mientras el silencio de los corderos clama por lo que nos hemos dejado en el camino.