jueves, 19 de febrero de 2009

New York, New York


Hay un cuento de Edgar Allan Poe titulado, según creo recordar, “El hombre de la multitud”, en el que se relata la rutina de un caminante insomne, que día y noche recorre calles, tiendas, tabernas, el puerto, antros, fiestas, cementerios… en una suerte de persecución infatigable y angustiosa de las multitudes. No se dice nada de él, no se sabe más que eso, su vocación de sombra, de doble de las muchedumbres anónimas que agotan las ciudades. Su caminar se acompasa con la rueda pertinaz y cansina del día y de la noche, en su balanceo sin principio ni fin. Las jornadas brillan efímeras una tras otra, como los fotogramas de una película que repite incansable la misma ilusión, los mismos fantasmas. No hay pausa ni descanso en el termitero de la perpetua vigilia, aunque es una vigilia que parece el sueño y que se confunde con él, en una danza de sonámbulos. Vigilia y sueño. El tiovivo gira y el hombre de las multitudes en el relato de Poe afirma una silenciosa angustia. En su cercanía con los demás, a quienes busca minuto a minuto, manifiesta una lejanía. En la masa, la distancia entre él y los otros es patente. El hombre es arrastrado en un frenesí de átomos al que quisiera asemejarse. Rueda solo por las calles, maldito como su inventor, adicto a los excesos y a la grotesca tragedia de la borrachera. Nadie sabe de dónde vino, ni si su marcha tiene fin. Su habitar el mundo es una suerte de fusión anónima en la que parece diluirse. El hombre de las multitudes acaso se destruye queriendo atisbar el pozo que no tiene fondo, sin volumen, plano como el papel, de una sencilla geometría de cristales. En el pozo sin fondo se ve a sí mismo porque no ve a nadie. Sólo ve masas. Sólo ve océano.
Poe nos arroja a esta pesadilla semejante a la de otro cuento, el de la infinita agonía del Señor Valdemar, atrapado entre la vida y la muerte. De la misma manera el horror de ser fugaz y al mismo tiempo eterno componen estas tramas soñadas en la era de las máquinas y de los sacrificios masivos, de los grandes genocidios y de los grandes imperios, de las fuerzas y las manos invisibles que aniquilan el alma. La existencia en ese siglo es para muchos esta mecánica búsqueda sin objetivo, este plano de la nada, este holocausto en el que el hombre se aniquila. Poe representa la intuición que genialmente llevó a cabo Kafka. ¿La suerte del hombre moderno? ¿Simplemente, la suerte del hombre? Quizás Poe, como el autor checo, admita varios niveles de lecturas: psicológico, social, metafísico, teológico. Pero en cualquier caso, sus lentes amplifican ese vacío de las multitudes en el que, paradójicamente, morimos para olvidar que morimos.

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