domingo, 15 de febrero de 2009

Religión y poder.


Leyendo a Foucault, en los primeros capítulos de su Historia de la locura, se manifiesta hasta qué punto lo religioso se alió, en la época burguesa, con el orden social. Las casas de acogida, medio hospitales y medio prisiones, se concebían en la Europa de la naciente Ilustración como zonas de exclusión, donde lo anormal era introducido en la rutina del orden y la moral burguesas. Se trataba de un poder que al tiempo que corregía, culpabilizaba a los excluidos por el hecho de serlo, ya fueran pobres, ladronzuelos, huérfanos, madres solteras, desertores, enfermos, locos, etc. Leyendo las páginas del filósofo francés esta mañana, junto con un reportaje en un periódico sobre los movimientos involucionistas que parten en estos días del Vaticano, me he sentido sinceramente incómodo. Uno a veces tiene la sensación de que de considerarse cristiano, ha de hacerlo a pesar de la Iglesia más oficialista que es, después de todo, la Iglesia. En el siglo XIX el mundo católico perdió a los desharrapados en la época de las luchas obreras (como ahora pierde a los jóvenes), aliándose con los poderes oficiales de la economía que condenaba al hambre a millones de desgraciados. Se llegó a decir que el pobre existía o bien para expiar no sé qué culpa, o para fomentar a los ricos que puedan ejercer la caridad salvadora de sus almas. El enfoque de la pobreza por parte de la Iglesia parece que fue, en líneas generales, muy poco solidario con los pobres. Forzando con inteligencia teológica el mensaje subversivo del fundador Jesús de Nazaret y la cristología acorde con el mismo, durante siglos, ha apostado por un abordaje del problema social de la pobreza que en realidad poco hace por resolverlo. La auténtica fraternidad y el hacer propio el sufrimiento del pobre deberían conducir a luchar por evitar su sufrimiento, de manera efectiva, como uno lucha cuando es víctima de injusticia. La actitud paternalista que denuncia Foucault da la pista acerca de los motivos profundos de dicha tergiversación. Se trata, como siempre, del poder. El poder convierte un mensaje revolucionario en esclavo de sus propios intereses, es decir, la religión de ideologiza y toma partido por el inmovilismo social que procura tantos beneficios a una Iglesia acomodada con los poderes de este mundo. Pero lo cierto es que la conciencia se lava con el beaterío que no resuelve nada. Jesús no fue, por supuesto, ningún "capillita". Pero esto lo ha ido olvidando un refinado pensamiento, olvido que puede explicarse desde la crítica a las ideologías del marxismo, el psicoanálisis, la sociología. Esto es lo que hace la Teología de la Liberación. Es una teología incómoda y perturbadora como lo fueron el propio Jesús o los profetas, pero creo que coherente en lo esencial. No es marxista, como se dice, sino que es una teología que ha escuchado al marxismo y a la filosofía, que es distinto. Hace suya con humildad y sabiduría la crítica de los maestros de la sospecha para purificar el verdadero contenido de la fe, que en definitiva, es más práctico que teórico. Es más cómodo servir a Dios con la teoría, la moderación y el consenso con los poderes de este mundo, apelando a la mansedumbre en relación con los pecadillos de quienes literalmente, como los poderes romanos de entonces, crucifican al mundo.

Un ejemplo de la desviación hacia una exaltación del sufrimiento en lugar de un sufrimiento acarreado en la lucha contra el sufrimiento (el martirio) es la polémica en Italia acerca de la joven en coma mantenida en no-vida artificialmente. En ningún sitio de los evangelios ni en las epístolas veo claro que haya que sufrir por sufrir. Desde luego, Jesús no actuó así. Jesús sí sufrió, pero de una manera muy concreta y clamando hasta el final contra el sinsentido de todo sufrimiento (Elí, Eli, lama sabaftaní). La persona que es caritativa no quiere que nadie sufra, incluido el hecho de morir sin dolor y dignamente.

Otro ejemplo del beaterío, tan útil ideológicamente, es la interpretación de la humildad y la mansedumbre. Yo conozco personalmente a individuos buenos, capaces de amar, llenos de empatía y compasión con los demás, que irradian humanidad y buenos sentimientos. Pero al mismo tiempo, no consienten la injusticia. La padecen y la combaten enérgicamente al mismo tiempo, como hizo Jesús.

Creo que las religiones, por lo menos las proféticas, no deben olvidarse de los pobres. De hecho, las tres nacieron como reivindicaciones de mundos más justos. Y nunca nos olvidemos de páginas tan perturbadoras para las buenas conciencias como las de Foucault, que denuncian el abuso ideológico y la alianza de éstas con los poderes más vergonzosamente terrenales, aun investidas con un halo de sacristía y espiritualidad tan interior como inútil. Ser humilde y conciliador no es dar la razón al verdugo, sino estar, hasta la muerte y el sufrimiento si es preciso, con la víctima. Ésta es, dice Jon Sobrino, la verdadera espiritualidad. Es en este punto en el que en una próxima entrada hablaré de un término controvertido que hay que usar con cuidado: el martirio. Que la salvación esté en los pobres quiere decir que la identificación de la Iglesia debe ser con ellos, haciendo de ellos su partido, para denunciar todo lo que, como el neoliberalismo, deshumaniza y mata.

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